En ese momento, la puerta se abrió de nuevo suavemente.
No era leal. Era La Cobra.
Llevaba el cabello recogido en una coleta sencilla y usaba una blusa que Fernando le había comprado el día anterior. En sus manos traía una bandeja con un vaso de jugo de naranja y unos sándwiches.
Se movía con cautela, como si todavía esperara que alguien le gritara por entrar sin permiso.
—Hola... —dijo ella con su voz ronca—. Toqué, pero no respondiste.
Fernando levantó la vista, saliendo de su espiral de pens