El despacho de Fernando López era un caos de jurisprudencia y humo de cigarrillo. Pilas de expedientes se acumulaban sobre el escritorio de roble, cada uno representando un intento fallido, una apelación rechazada o un recurso de amparo archivado.
El abogado Leal, un hombre de cincuenta años con el rostro curtido por décadas de litigar contra el sistema corrupto, cerró la carpeta que tenía en las manos con un sonido seco, definitivo.
—No hay más agujeros, Fernando —dijo Leal, quitándose las gaf