La Mansión Valente se alzaba contra el cielo nocturno como una fortaleza inexpugnable. Sus muros de piedra oscura parecían absorber la luz de las farolas, proyectando una sombra alargada sobre el camino de grava.
Fernando López detuvo su modesto sedán junto a la flota de autos de lujo de la entrada. Apagó el motor, pero sus manos permanecieron aferradas al volante un momento más, blancas por la presión.
—Es ahora o nunca —se dijo a sí mismo, respirando hondo para calmar el martilleo en su pecho