El silencio de la celda 402 se rompió de una manera que Valentina jamás esperó.
No fue con gritos, ni con el golpe metálico de las porras contra los barrotes. Fue con las primeras notas de un piano.
La melodía comenzó suave, melancólica, filtrándose por los altavoces del pasillo que normalmente solo vomitaban órdenes y alarmas. Era el Nocturno en Do sostenido menor de Chopin.
Valentina, que estaba sentada en el suelo abrazando sus rodillas, levantó la cabeza de golpe. Su respiración se detuvo.