—¡Nadie se mueve! —gritó Eitan, su dedo presionando el gatillo, listo para matar al patriarca si Nicolás daba la orden.
La cena elegante se había convertido en un campo de batalla mexicano.
Nicolás ni siquiera miró las armas que le apuntaban. Sus ojos, negros y dilatados por la adrenalina, estaban fijos en los de Ferrán. No había miedo en él. Solo una determinación suicida.
—Pruébame, Augusto —susurró Nicolás, con una calma aterradora—. Da la orden. Vamos a ver quién queda de pie para heredar e