El autobús de traslado del servicio penitenciario se detuvo con un chirrido de frenos hidráulicos frente a las puertas de acero reforzado de El Muro. Llovía, una llovizna fina y persistente que convertía el polvo del patio en un barro grisáceo.
Valentina bajó del vehículo, encadenada de pies y manos.
Hace meses, cuando llegó por primera vez, bajó temblando, con los ojos llenos de lágrimas y terror. Hoy, bajaba con la cabeza erguida. El uniforme naranja le quedaba holgado, producto de las semana