En la Sala de Calderas, el ruido era ensordecedor, pero el silencio de La Reina logró imponerse sobre el rugido de las máquinas.
El aire olía a gasoil quemado y a óxido. Bajo la luz amarillenta de un tubo fluorescente que parpadeaba agónicamente, la mujer que una vez gobernó el patio con puño de hierro pasaba las páginas de un libro de contabilidad clandestino. Su nariz, rota y grotescamente hinchada bajo las vendas sucias, le dificultaba la respiración, produciendo un silbido agudo cada vez qu