Al día siguiente, el sol brillaba con una ironía cruel sobre el patio de cemento.
Valentina salió del aislamiento, parpadeando ante la luz. Se paró sola en el centro del patio. Había ganado respeto por su brutalidad en la cocina, sí, pero el respeto es frágil. Aún no era la dueña.
El murmullo de las reclusas cesó. El mar de uniformes grises se partió en dos, como las aguas ante un depredador mayor.
Una mujer de unos treinta años avanzó hacia ella. Su uniforme estaba ajustado a medida, prohibido