El patio de El Muro dejó de ser una prisión para convertirse en un anfiteatro romano. El aire se detuvo. Cientos de reclusas formaron un círculo de silencio sepulcral, observando el duelo que decidiría el nuevo orden.
La Reina, con el rostro enmascarado por la sangre que brotaba de su nariz rota, empuñaba el cuchillo de cocina con la furia ciega de una monarca derrocada. Sus ojos azules, antes gélidos y arrogantes, ahora eran pozos de odio puro.
Valentina estaba de pie frente a ella. No tenía a