Carmenza entró segundos después, cerrando la puerta. Se quitó la chaqueta del uniforme, manchada de hollín, y se sentó en su trono de cuero.
—Dime qué hiciste —amenazó Carmenza, su voz baja y peligrosa—. O te juro que pagarás por el resto de tu vida en el agujero más oscuro de este lugar.
Valentina levantó el rostro. Había llegado el momento de su mejor actuación.
—Directora, yo solo estaba limpiando —sollozó, dejando que el miedo real al aislamiento se filtrara en su voz—. Los envases estaban