El corte en el brazo de Valentina, cosido con hilo de pescar y precisión quirúrgica por La Cobra, palpitaba bajo la tela áspera del uniforme. No era solo una herida; era un recordatorio constante de la nueva moneda de cambio en El Muro: el dolor. Quien podía soportarlo, sobrevivía. Quien podía infligirlo, gobernaba.
El entrenamiento comenzó inmediatamente, lejos de las miradas de las cámaras de seguridad, en los puntos ciegos que solo los veteranos conocían: los estrechos cuartos de limpieza qu