Valentina se quedó sola en el baño, tambaleándose, viendo cómo su sangre se mezclaba con el agua sucia en el desagüe. Había ganado. Por poco. Pero había ganado.
Mientras Valentina sangraba en una celda, afuera, bajo los flashes de las cámaras, Nicolás Valente interpretaba el papel de su vida.
Estaba a cargo de las exequias de Beatriz. Vestido de luto riguroso, con gafas oscuras, recibía las condolencias de la alta sociedad. En público, era el viudo devastado. En privado, era el titiritero.
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