La mañana en la mansión Silva era inusualmente tranquila. El sol de Bogotá se filtraba por los ventanales del comedor, iluminando los jarrones de cristal que Carmen mantenía siempre con flores frescas, una costumbre que heredó de su padre.
Carmen estaba sentada en la mesa del jardín, vistiendo una bata de seda negra. Frente a ella, La Cobra, vestida con ropa deportiva, servía dos vasos de jugo de naranja recién exprimido.
—Hiciste bien en no ir hoy a la oficina temprano —dijo La Cobra, dándole