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Capítulo 85: La boda civil y votos privados con recompensa.

En el ayuntamiento de San Petersburgo, en una linda mañana soleada de primavera, llegó la boda civil rápida antes de la religiosa grande, solo familia cercana, Dimitri como testigo, Alexei en brazos de doña María con trajecito de marinero.

Sofía de blanco inmaculado, el vestido ajustado marcando la pancita de casi cinco meses, velo corto con mantilla española, radiante como una novia renacida. Viktor de negro impecable, con el traje hecho a medida, la barba recortada, sus ojos grises brillando solo para ella.

El juez lee los artículos legales, rutina rápida.

—¿Aceptas, Sofía, a Viktor Volkov como tu esposo?

—Sí, acepto.

—¿Aceptas, Viktor Volkov, a Sofía como tu esposa?

—Sí, acepto. Por y para siempre.

Intercambio de anillos, el diamante negro en su dedo, alianza de platino en el de él.

—Entonces, con el poder que me conceden, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Viktor de inmediato la besa profundamente, volcando todo su verdadero amor, apasionado, con su mano apoyada en su vientre, lengua rozando, con el deseo contenido delante de todos.

Doña María chilla, llora, aplaude.

—¡Viva los novios! ¡Mi niña casada y preñada!

Alexei grita —¡Ma-má! ¡Pa-pá!

En el mini evento, hicieron videos y fotos, con champán sin alcohol para Sofía. De vuelta al hotel suite privada para descanso antes de la religiosa grande mañana.

Doña María se lleva a Alexei a su habitación contigua “¡La abuela lo duerme con nanas!”.

Y la puerta queda cerrada, sólo ellos dos dentro de esas cuatro paredes que son las únicas testigos de presenciar lo que estaba apunto de suceder. Viktor cierra con pestillo, y su mirada la recorre con el vestido blanco aún puesto.

—Esposa mía… y de blanco por fin.— Sintió un orgullo masculino de sentirse afortunado por llamarla con ese título lleno de significado.

La empuja contra la pared, le sube el vestido despacio, su mano siempre desciende a su vientre lleno.

—Votos privados ahora, señora Volkov.

Le baja las bragas, y se arrodilla ante ella, le abre las piernas y la amor profundo, su lengua danzando en todos los recovecos de ella, dándole atención principalmente en su perla brillante hasta que ella tiembla contra la pared.

—Voto de f*llarte cada día como si fuera el primero.

Sofía gime sin pudor y agarra el pelo de Viktor.

—Voto de montarte hasta que supliques, marido mío.

La levanta, la lleva a la cama, le quita el vestido con cuidado lo dobla como reliquia, queda desnuda con la barriga brillando.

Entra despacio, pose del misionero, con la mano en el vientre.

—Voto de adorarte embarazada… cada curva, cada gemido.

Se mueve profundo, suave al principio, fuerte después. Ella le entierra las uñas en su espalda.

—Voto mandarte incluso casada… porque sigues siendo mi rey destronado.

Aceleran, los dos sudando, gimiendo votos sucios.

—Voto llenarte cada noche… hasta que tengamos diez hijos.

—Voto apretarte hasta que ruegues misericordia.

Se corren como nunca antes lo habían hecho, ella gritando su nombre y él derrumbándose contra la pancita. Después ambos se quedan jadeando y él besando el vientre.

—Esposa… de blanco te tomé suave hoy. Mañana en la catedral… te f*llo con el vestido puesto.

Ella ríe con travesura y diversión, entonces le muerde el cuello.

—Trato, esposo. Pero silencioso… que mamá duerme al lado.

Segunda ronda... obviamente que sí, ella estando encima de él, cabalgando lento, con la panza rebotando suavemente, los dos tapándose la boca para no gritar.

Y vuelven a venirse con gusto, ambos con los ojos en blanco, sintiendo una locura cada vez que llegan hasta el punto más álgido, imposible parar.

Una tercera más después de media hora, dentro de la ducha juntos, él por detrás contra la pared, agua caliente, mano en la pancita protegiendo de que no se vaya a golpear con los azulejos.

—Voto compensarte cada día de espera.

Y ambos se corren otra vez, exhaustos.

Se meten en la cama desnudos, él cucharita detrás, mano en el vientre.

—Mañana la religiosa grande… y noche de bodas oficial.

Ella suspira feliz y satisfecha.

—Y yo voto hacerte gritar mi nombre hasta que San Petersburgo tiemble.

Se duermen abrazados, con el vestido blanco colgado y la alianza brillando. Marido y mujer por fin. La suite del hotel en San Petersburgo está en penumbra, solo la luz de la luna entrando por los ventanales altos reflejándose en el vestido blanco colgado como una promesa inmaculada.

Viktor y Sofía duermen enredados, él cucharita detrás con la mano grande cubriendo la pancita redonda, ella con la espalda pegada a su pecho tatuado, la alianza nueva rozando su piel cada vez que respira.

Pero Viktor no duerme profundo.

Despierta a media noche, la mira dormir y los recuerdos vuelven suaves, no dolorosos ya. Recuerda esa primera noche; ella virgen, asustada, él brutal por rabia y deseo ciego.

La sangre en las sábanas blancas de entonces, las lágrimas de ella, el “mía” posesivo sin amor.

Y ahora… sábanas blancas otra vez, pero manchadas de placer consentido, de amor profundo. Le besa el hombro desnudo, baja la mano entre sus piernas por instinto, la encuentra húmeda incluso dormida.

Sofía se remueve, abre un ojo travieso en la oscuridad.

—Marido mío… ¿no duermes?

Él gruñe bajito contra su nuca, dedos rozándola suave.

—No puedo. Verte de blanco todo el día… me tiene loco.

Ella empuja el culo hacia atrás, sintiendo su dureza.

—Pues f*llame de blanco en sueños… silencioso, que mamá duerme al lado.

Se gira despacio por la pancita, queda boca arriba, le guía la mano.

—Aquí… despacio… hazme sentir esposa de blanco.

Viktor se sube con cuidado, entra lento, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos en la penumbra.

—De blanco te tomé por primera vez con violencia… ahora te tomo con amor.

Se mueve suave, profundo, una mano en su pecho, la otra en la pancita. Sofía gime bajito, le tapa la boca con la mano cuando él acelera.

—Shhh… voto silencio nupcial… pero fuerte dentro.

Él obedece y la embiste más rápido y profundo pero sin ruido, los dos temblando, sudorosos en la noche fresca. Se corren casi sin sonido; ella apretándolo tanto que duele rico, él mordiéndose el labio para no rugir, derramándose caliente dentro.

Después, jadeando bajito, él besando la pancita.

—Perdóname esa primera noche otra vez… susurra.

Ella le acaricia la cara.

—Perdonado mil veces, amor. Esa noche nos rompió… pero nos construyó esto.

Le besa la alianza en el dedo.

—De blanco virgen a blanco esposa embarazada. Círculo cerrado.

Se quedan así, él todavía dentro un rato, disfrutando el calor. Hablan susurros de la gran boda mañana: catedral llena, doña María gritando “viva”, Alexei con arras, votos que harán llorar a todos.

—Mañana voto delante de Dios lo que voto ahora en privado— dice él, moviéndose suave otra vez.

—F*llarte cada día como si fuera el primero.

Ella ríe bajito, aprieta alrededor.

—Y yo voto mandarte incluso con anillo… porque sigues arrodillándote feliz.

Segunda ronda lenta, misionero cuidadoso con la pancita entre ellos, besos profundos, gemidos ahogados en la boca del otro. Se corren otra vez, temblando, él besando lágrimas de placer en sus mejillas.

Después, exhaustos de verdad, se duermen con la mano de él en el vientre, sintiendo una patadita del bebé como bendición.

Al amanecer, doña María toca la puerta.

—¡Arriba, recién casados civiles! ¡Desayuno andaluz y luego a la catedral! ¡Que mi niña de blanco va a hacer historia!

Se levantan riendo, ducha rápida con tercera ronda rápida contra la pared, él por detrás, mano tapando sus gemidos. En el desayuno; churros traídos de España, jamón, fruta para la embarazada. Doña María los mira sospechosa.

—Tenéis cara de no haber dormido… ¿eh?

Viktor y Sofía se miran cómplices.

—Jet lag, mamá— miente ella, guiñando un ojo a su marido.

Alexei ríe, manchando todo. La gran boda religiosa espera. Y la noche de bodas oficial… con vestido blanco manchado de placer para siempre.

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