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Capítulo 86: Segunda boda, la original.

En la Catedral de San Isaac, San Petersburgo, el mediodía está radiante de primavera. La catedral está llena; oligarcas, Bratva limpia, amigos, familia lejana, periodistas en la puerta.

Alexei de arras con trajecito blanco, cargado en los brazos de su abuela caminando por el pasillo central con los anillos en una almohadita, doña María casi llora con todo y mocos pero se contuvo, guiando al pequeño con cuidado.

Sofía entra del brazo de Dimitri que hace de “padre” porque el suyo ya no está, el vestido blanco inmaculado, velo con mantilla española, pancita de cinco meses marcada como símbolo de vida y redención. Todo el mundo contiene la respiración.

Viktor espera en el altar, con su traje elegante negro riguroso, sus ojos grises brillando con lágrimas contenidas. Cuando la ve de blanco, se arrodilla un segundo, solo para ella.

El sacerdote ortodoxo empieza la ceremonia; coronas, cirios, cantos en eslavo, y por supuesto, los votos matrimoniales.

Viktor habla primero, con su voz ronca pero firme.

—Sofía… reina mía, madre de mis hijos, la que me rompió y me salvó.

Prometo amarte cada día como si fuera el primero. Protegerte, obedecerte cuando mandes porque sigues siendo la jefa, arrodillarme feliz es un honor con el que contaré por el resto de mi vida. De la violencia de aquella noche a la ternura de esta… te amo con todo lo que soy ahora. Limpio. Tuyo. Para siempre.

A Sofía se le llenan los ojos de lágrimas contenidas, era imposibles no derramar unas cuantas, por fin sintió que los fantasmas del pasado le dejaban de apretar los hombros, y se contuvo porque en su día, ella debía sonreír sea como sea.

—Viktor… mi rey destronado que se arrodilló por mí. Prometo mandarte, perdonarte, desearte cada noche. De esclava a esposa, de inocencia perdida a amor encontrado. Te amo con la pancita que crece, con Alexei que camina, con el futuro que construimos... tuyo y mío para siempre, mi amor.

El sacerdote los corona y los declara marido y mujer ante Dios.

—Puede besar a la novia.

Viktor le levanta el velo con la mayor delicadeza y reverencia y se inclina para besarla profundamente y lleno de pasión y amor duradero, su mano descansa en su vientre redondo, sus labios se frotan entre sí por el deseo contenido delante de todos pero que quema.

Doña María grita de felicidad—¡Viva los novios!— y todo el mundo aplaude, llora y ríe con júbilo.

Salen de la catedral bajo arroz y pétalos, con fotos virales instantáneas. Luego llega la fiesta en palacio privado; flamenco mezclado con música rusa, paella con caviar, jamón volando, vodka y vino y... una que otra música vallenata del Caribe colombiano por recuerdos de Sofía, y que ningún ruso entendía, pero que era agradable de escuchar recordando su juventud.

Doña María bailando sevillanas con oligarcas y esos pasos prohibidos del reggaetón, Alexei es cargado en brazos de todos.

Y ya después de toda esa fiesta alocada... ahora sí llegó la noche de bodas en suite nupcial, la parte más esperada de los nuevos esposos, la nueva unión de verdad.

Las puertas quedan cerradas, sin interrupción de nadie, sólo ellos dos y una cama King. Viktor cierra con pestillo, y la mira con ese vestido blanco que ella aún trae puesto y que lo vuelve tan loco como la primera vez que la vió.

—Esposa mía… mía por fin, mi mujer, mi amada, mi todo.

La empuja contra la puerta, le sube el vestido, y le quita las bragas con reverencia.

—Voy a manchar este blanco con placer toda la noche.

Él se arrodilla y le dedica atención, adorándola ahí, su boca contra su carne caliente y húmeda, introduce dos dedos suyos hasta que encuentra su punto dulce y la hace arquear de felicidad.

Luego la lleva a la cama, dejando el vestido subido hasta debajo de los pechos, entonces sin más, entra duro pero cuidadoso de la pancita.

—De blanco te tomo como marido… fuerte, profundo, tuyo.

Y así, la monta toda la noche; misionero con pancita entre ellos, por detrás con cojines, ella encima cabalgando hasta que él suplica, probaron en todas las posiciones posibles con cuidado de proteger al bebito en su vientre.

El vestido blanco termina manchado de placer, arrugado, y perfecto, como una obra de arte. Se vienen como mil veces, gritando, riendo, llorando de amor.

Al amanecer, están exhaustos y sudados, él apoya su cabeza en su vientre, dejando suaves besos, su enorme mano posando con los dedos abiertos saboreando la piel de ella, la panza hinchada, y lo más bonito de ver, su anillo de matrimonio en el dedo anular como un esposo recién casado.

—La mejor noche de bodas… de blanco manchado.

Ella se ríe con diversión y le muerde el cuello dejando marca de esposa y dueña.

—Y la primera de muchas, esposo mío.

Ambos se duermen abrazados y apretados entre sí, con el vestido blanco en el suelo como trofeo.

Marido y mujer ante el mundo.

La suite nupcial en San Petersburgo es un caos delicioso de blanco manchado; el vestido tirado en el suelo como bandera de victoria, sábanas revueltas, velas consumidas de la cena romántica que ni tocaron porque prefirieron devorarse mutuamente.

Viktor despierta a las tres de la mañana con Sofía todavía pegada a él, desnuda, la pancita redonda presionada contra su costado, la alianza brillando en su dedo cada vez que la luna la ilumina.

No puede resistirse.

La ve como un malvavisco calentito que parece nunca haber sido probado y abierto su envoltorio, le costaba cada gramo, cada bendito gramo para controlarse, pero lo que está apuntando al sur no lo deja pensar con claridad, y con cuidado baja la cabeza una vez más, y se pega como una sanguijuela hambrienta por más.

Sofía gime en sueños, sus sueños oníricos que empiezan a desvanecerse lentamente cuando siente la succión, y se despierta de a poco.

—Esposo mío… ¿otra vez? Ya van cinco…

Él gruñe contra su carne caliente, pero no se desprende del todo.

—Noche de bodas oficial… y no voy a parar hasta que salga el sol.

La lame hasta que ella se viene una vez más, susurrando su nombre como una plegaria, arqueando la espalda, y las piernas temblando al no aguantar por mucho tiempo. Luego la gira boca abajo con cojines bajo el vientre, entra por detrás despacio.

—Eres mía para adorar, mi amor, mi esposa hermosa, la madre de mis hijos.

Se mueve profundo, fuerte pero cuidadoso, y lleva su mano entre sus piernas acariciando la perla que llevará a Sofía a la locura.

—Cada día, cada noche, todos los días, voy a adorarte como la reina que eres… te amo, te deseo, te obedezco cuando mandes, mi amor.

Ella empuja hacia atrás, gimiendo.

—Ah~... sí mi amor, yo también, voy a montarte cada mañana… eres mío, rey limpio, mío para siempre.

Cada segundo que pasaba, ambos aceleran el movimiento, los dos sudando a mares pero a ninguno le importó, la cama crujiendo en protesta pero nadie hizo nada para evitar esta unión de cuerpos, el vestido blanco en el suelo el único testigo dentro de estas cuatro paredes.

Viktor ya no aguanta más y procede a llenarla de nuevo, sintiendo la presión de ella desde dentro, ambos sienten el deleite divino, luego se unos segundos se desploman dándose un abrazos y Viktor acaricia su vientre hinchado con una sonrisa sin aliento.

—Pequeño… tus padres están locos de amor.

Sofía se ríe suavemente con calidez, y se gira para verlo por completo, se sube encima con cuidado.

—Ronda seis… para cabalgarte hasta que supliques.

Lo monta lento al principio con cuidado de que el vientre no se mueva mucho de tanto haberse movido ya antes, con los pechos llenos balanceándose, él agarrándola de las caderas.

—Reina… joder… eres perfecta así, embarazada de mi descendencia…

Ella acelera, marcando un ritmo un poco más agitado mientras jadea sin aliento, apretándolo con fuerza desde dentro hasta que él ruge y se viene otra vez, Sofía lo sigue después, poniendo los ojos en blanco de felicidad y se sacude ligeramente estallando de alegría.

Se derrumba encima de Viktor, presionando su vientre hinchado con los abdominales de él.

—cuatro meses más y tendremos otro… y después... voy a llenarte otra vez después.

Ella le muerde el cuello marcando siempre en el mismo lugar.

—Así es, amor… pero primero disfruto esta pancita por ahora, luego veremos si... tenemos más.

Se quedan así, él acariciando el vientre, sintiendo pataditas.

—Gracias por el blanco, Sofía. Por cerrar el ciclo. Por perdonarme lo qué sucedió en esa noche y darme... una oportunidad más para compensar cuanto te amo de verdad y que haría lo que fuese para verte feliz cada día.

Ella le besa los ojos, la punta de la nariz y luego sus labios lentamente.

—Gracias a tí, mi amor, por comprenderme, por cumplir con esos tres meses del monasterio y volver más limpio. Por arrodillarte y pedir disculpas. Por amarme con todo lo que tienes para dar.

Se quedan hablando hasta el amanecer; planes de luna de miel los tres en isla privada, nombres para el bebé al final deciden Nikolai Antonio, ruso y andaluz, promesas de s*xo diario incluso con niños.

—Quizá ir a una playa y justamente por ahí entre las palmeras, adorarte como es debido, bajo el sol y aroma a mar y... conchas marinas...

Ambos se ríen de las ocurrencias del otro, tanta locura pero amándose tal cual como son.

—Si encuentro unas lianas cercanas, voy atarte las muñecas y montarte como jinete hasta que relinches como un caballo.

Se ríen a carcajadas nuevamente y luego se besan, y para finalizar, una ronda siete rápida en la ducha al amanecer; él contra la pared, ella de espaldas, agua caliente, y Viktor protegiendo su vientre hinchado, viniendo al mismo tiempo y gritando sin ya poder contener tanta dicha.

Salen envueltos en albornoces, el vestido blanco recogido como recuerdo manchado, el desayuno en la cama traído por servicio; caviar, fruta, chocolate para untar en la pancita y lamer.

Doña María llama a la puerta al mediodía.

—¡Recién casados! ¡Bajen a comer con la familia! ¡Que la abuela quiere mimar a la novia de blanco!

Se visten riéndose los dos, Sofía con vestido ligero que marca la pancita, y Viktor con camisa abierta, ambos bajan a la fiesta post-boda; brunch con todos, fotos y abrazos. Doña María no puede evitar soltar lágrimas otra vez.

—¡Mi niña de blanco casada y preñada! ¡El mejor yerno del mundo!

Alexei corre hacia ellos, se sube a los brazos de papá. La familia completa, feliz y redimida. Y la noche de bodas… solo es el principio de una vida de votos cumplidos cada día.

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