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Capítulo 68: La gala de los lobos y el baño de lujo.

Palacio de Congresos de Moscú, 21:47 h.

Gala anual de la “Fundación Volkov” la tapadera perfecta para que toda la Bratva se ponga el traje y se haga fotos sin que nadie llame a la policía.

La sala es un mar de smokings negros y vestidos caros brillantes y escotados. Champán francés, caviar del bueno, bandeja de los mejores quesos y un cuarteto de cuerda tocando algo que suena a dinero viejo.

Entonces entran ellos.

Primero Viktor: traje negro hecho a medida, camisa negra abierta un botón de más, la cicatriz de la ceja resaltando bajo las luces. Parece el diablo disfrazado de millonario, sin olvidar el tatuaje de telaraña en su mano que contrasta marcadamente con su piel y las luces del evento.

Y a su lado… Sofía.

Vestido rojo sangre, largo hasta el suelo pero con una abertura lateral que sube hasta el nacimiento del muslo. Escote profundo, espalda al aire, el pelo recogido en un moño alto que deja el cuello al descubierto. Los diamantes negros que él le regaló brillan como estrellas malas.

El cuerpo que le dejó la maternidad lo elogia y adora con todo e imperfecciones que Viktor ahora las ve perfecta, cada rollo y esas caderas que de ampliaron ahora le forma una figura voluminosa y más que agarrar.

En cuanto cruza la puerta, la sala entera se calla dos segundos. Luego empiezan los murmullos:

—Joder, esa es la reina…

—¿Esa es la madre del heredero? Dios mío…

—Volkov está jodido… y feliz de estarlo.

Viktor le pone la mano en la cintura baja, posesivo, y le susurra al oído:

—Si alguien te mira más de tres segundos seguidos, le arranco los ojos.

Sofía sonríe, con suficiencia.

—Tú mira cómo me miran y disfruta, amor. Esta noche soy la atracción principal.

Y lo es.

Durante dos horas, Viktor no la suelta ni un metro.

Baila con ella pegado, bebe con ella pegado, habla con ella completamente como un chicle en el tacón de ella. Cada vez que algún capo o oligarca se acerca demasiado, Viktor le lanza una mirada que podría congelar vodka.

A las 23:12, Sofía se inclina y le muerde el lóbulo.

—Necesito ir al baño— susurró en su oído haciéndole sentir cosquillas.

Él arquea una ceja.

—¿Sola?

—Contigo— ella lo mira fijamente, un pícaro y deliciosos entendimiento y tácito.

Cinco minutos después desaparecen por un pasillo lateral custodiado por dos guardias que, al verlos ver venir, giran la cabeza como si de repente el techo fuera fascinante.

Baño privado de lujo: mármol negro, espejos dorados, luz tenue y pestillo que Viktor cierra con un clic.

En cuanto la puerta se cierra, Sofía lo empuja contra ella, se sube la falda del vestido hasta la cintura y le rodea la cintura con las piernas, estampa sus labios contra los de Viktor en un beso profundo y desordenado.

—Rápido y sucio susurra contra su boca.

Viktor gruñe, se baja la cremallera del traje y la empala de una sola estocada contra la puerta.

El baño retumba con cada golpe.

Ella le clava las uñas en la nuca, él le muerde el hombro para no rugir.

—Joder, ese vestido… te lo voy a romper— jadea él.

—Cómprame otro— responde ella, apretándolo dentro.

Se vienen casi a la vez, mordiéndose la boca para no gritar. Veinte minutos exactos. Ni uno más, ni uno menos.

Se arreglan como pueden: ella se baja el vestido, se pasa los dedos por el pelo; él se sube la cremallera, se ajusta la pajarita.

Después de unos minutos salen del baño tan campantes. Los dos guardias siguen mirando al techo como si estuvieran rezando.

De vuelta en la gala, nadie se atreve a decir nada… pero todo el mundo sabe. El olor a s*xo caro, los labios hinchados de Sofía y el labial algo corrido, la marca fresca de dientes en el cuello de Viktor.

Un viejo capo se acerca con dos copas y sonríe con picardía.

—Volkov, te has perdido el discurso del alcalde.

Viktor coge la copa, le pasa el brazo por la cintura a Sofía y responde sin inmutarse:

—Mejor discurso he tenido yo en el baño, gracias.

La sala entera estalla en carcajadas contenidas.

Sofía se pega a él, le besa la comisura de la boca y susurra solo para sus oídos:

—Esta noche, cuando lleguemos a casa, te ato a la cama con este vestido y te monto hasta que digas mi nombre en todos los idiomas que sabes.

Viktor sonríe, oscuro y feliz.

—Trato, reina. Pero primero baila conmigo otra vez… que quiero que todo Moscú vea que eres mía.

Y bailan pegados, entre luces y miradas de envidia, mientras el cuarteto toca un vals lento y medio Moscú suspira deseando ser ellos.

El vals termina y la orquesta ataca un tango lento, oscuro, perfecto para ellos. Viktor la coge de la mano, la pega a su cuerpo y empiezan a moverse como si el resto del mundo se hubiera apagado.

Ella se deja llevar hacia atrás, el vestido rojo se abre por la abertura y deja ver toda la pierna hasta la cadera. Él la recoge la tela con una mano, la aprieta contra su muslo y la guía con la otra en la cintura baja. Cada paso es s*xo con ropa. Cada mirada es una promesa.

Los flashes de los fotógrafos rebotan en los espejos. Mañana saldrán en todas las revistas "La reina roja y su lobo."

Pero ahora mismo solo existen ellos dos.

En un giro, Sofía le susurra al oído, apenas rozándole los labios:

—¿Sabes lo que más me gusta de este vestido?

—Dime.

—Que debajo no llevo nada… y que cuando salgamos de aquí vas a destrozármelo en el coche.

Viktor aprieta más la mano en su cintura, la erección ya evidente contra su vientre.

—Reina, si sigues hablando así no llegamos al coche. Te f*llo en la escalera de servicio delante de los camareros.

Ella se ríe bajito, le muerde el cuello justo donde la marca del baño aún está fresca.

—Contrólate, rey destronado. Todavía tenemos que sonreír a la prensa.

Pero no pueden.

A las 00:37, cuando la gala empieza a decaer, Viktor la coge de la mano y la saca por una puerta lateral. El pasillo está vacío salvo por los dos guardias que, al verlos, vuelven a mirar al techo como buenos profesionales.

En vez de ir al coche, Viktor la empuja contra la pared del pasillo, le sube la pierna hasta su cadera y la besa como si quisiera comérsela viva.

—Aquí mismo— gruñe.

—Aquí mismo— aceptó ella... obviamente.

Se besan con hambre, manos por todas partes, el vestido subiéndose, la cremallera de él bajando. Justo cuando él está a punto de entrar, oyen pasos. Un grupo de tres oligarcas borrachos doblan la esquina y se quedan petrificados al verlos.

Viktor no se separa. Solo gira la cabeza y les lanza una mirada que podría matar.

—Desaparezcan.

Los tres salen corriendo como si hubieran visto al diablo.

Sofía se ríe contra su boca.

—Eres un animal.

—Tu animal.

Terminan contra la pared: rápido, salvaje, sin quitarse casi nada. Ella con la pierna enroscada en su cintura, él embistiendo fuerte, tapándole la boca con la mano para que no grite. Se vienen casi en silencio, temblando, mordiéndose para no hacer ruido.

Después se arreglan entre risas ahogadas, se limpian con el pañuelo de seda de Viktor y salen por la puerta trasera.

El Mercedes los espera con el motor encendido.

Dimitri al volante, cara de "ya sé lo que han hecho, no pregunten".

En el coche, Sofía se sienta a horcajadas sobre Viktor en el asiento trasero, el vestido rojo subido hasta la cintura, y empiezan la tercera ronda del camino a casa.

—Conductor, sube la mampara— ordena Viktor, voz ronca. Dimitri obedece sin decir ni mu, pero se le escapa una sonrisita.

Durante los cuarenta minutos de trayecto, la mampara tintada sube y baja tres veces porque cada vez que terminan, vuelven a empezar.

Sofía termina con el vestido roto por la costura lateral, Viktor con la camisa desabrochada y marcas de uñas nuevas por todo el pecho.

Cuando llegan al ático, Dimitri abre la puerta y murmura:

—Bienvenidos a casa, jefes. Y… enhorabuena por la gala.

Los dos se ríen, despeinados y felices.

Suben en el ascensor privado. En cuanto las puertas se cierran, Sofía se arrodilla otra vez, se lo saca y se lo mete entero mientras suben cincuenta plantas.

—Para que llegues relajado— dice con la boca llena.

Viktor se agarra a las paredes y gime su nombre como una oración. Cuando llegan arriba, él la coge en brazos, la lleva al dormitorio y tira el vestido rojo destrozado al suelo.

—Mañana compras otro— gruñe mientras la tumba en la cama.

—Mañana compras diez— responde ella, abriendo las piernas.

Y pasan el resto de la noche f*llando como si fuera la última vez: lento, duro, tierno, sucio, llorando de placer y riéndose de lo ridículamente enamorados que están.

A las cinco de la mañana, exhaustos, sudorosos y con el cuerpo lleno de marcas, se quedan abrazados bajo las sábanas de seda.

Viktor le besa la frente, la nariz, los labios.

—Te amo, reina.

—Y yo a ti, rey destronado.

Alexei... bueno, había descansado toda la noche sin ser interrumpido, incluso después de tanto escándalo de sus papás, él duerme plácidamente en su habitación, sin saber que le están haciendo un hermanito. Moscú duerme abajo. Y arriba, en el ático más alto, la pareja más peligrosa y más enamorada de Rusia se duerme enredada, oliendo a champán, a s*xo y a victoria absoluta.

Al día siguiente, las fotos de la gala inundan las redes: "Sofía Volkov, la reina que conquistó Moscú con un vestido rojo".

Pero solo ellos saben que la verdad, la reina conquistó algo mucho más grande… y lo tiene atado a su cama, feliz y rendido para siempre.

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