Mundo ficciónIniciar sesiónTorre Volkov, martes 03:14 a.m.
La ciudad duerme, pero el ático no. Un estruendo brutal sacude la planta 47. Cristales estallan, alarmas silenciosas se activan, luces rojas parpadean. Viktor se despierta de golpe, el instinto antes que el cerebro. Sofía ya está de pie, desnuda, pistola en la mano la guarda en la mesilla desde que nació Alexei. Otro disparo. Esta vez más cerca. La puerta del dormitorio vuela en pedazos. Cuatro hombres enmascarados entran con fusiles. Uno grita en ucraniano: ¡El niño y la mujer vivos, a Volkov muerto! Viktor se lanza sobre Sofía, la cubre con su cuerpo y rueda con ella al suelo mientras las balas destrozan la cama king size. Plumas y astillas vuelan. Alexei llora desde su habitación, al otro lado del pasillo, los llantos del niño resuenan por todo el piso. Viktor ruge como un animal herido. —¡A por el niño, ahora! Sofía ya está corriendo desnuda por el pasillo, pistola en alto. Viktor la sigue, coge el Kalashnikov escondido bajo el armario. Llegan a la nursery. Dos atacantes ya están dentro. Uno levanta la cuna con Alexei llorando dentro. El otro apunta. Viktor no piensa. Se lanza delante de la cuna justo cuando la ráfaga sale. Tres balas le rozan el costado izquierdo, una le atraviesa el músculo del hombro, hace que su equilibrio flaquee y caiga de rodillas en un ruido sordo, sangre caliente empapando el suelo. Pero sigue vivo, y furioso, demasiado furioso, como una bestia apunto de romper las cadenas que lo atan. Dispara desde el suelo, dos ráfagas cortas. Los dos atacantes caen como sacos. Sofía entra como un demonio. Salta sobre el tercero que venía por detrás, le clava el cañón de la pistola en la sien y aprieta el gatillo sin dudar. El cuerpo cae con un ruido bajo. El cuarto intenta huir. Ella lo alcanza de una bala en la nuca. El silencio se extiende por varios segundos mientras todos intentan procesar el acontecimiento. Solo el llanto de Alexei y la respiración rota de Viktor. Sofía corre hacia la cuna, coge al niño en brazos, lo aprieta contra su pecho desnudo manchado de sangre ajena. —Shhh, mi vida, ya está, mamá está aquí… Viktor se arrastra hasta ellos, deja el arma, extiende la mano temblando y acaricia la cabecita del bebé. —Estamos bien… estamos bien… Pero la sangre no para de salir de su hombro. Dimitri y los guardias llegan al fin, armas en alto, caras pálidas. —¡Médico! ¡Ahora!— Ordenó Sofía con urgencia y los ojos desenfocados por la preocupación. Media hora después, el ático parece un campo de batalla: casquillos por el suelo, paredes agujereadas, médicos corriendo. Viktor está tumbado en el sofá del salón, camisa arrancada, herida vendada a presión, la bala salió limpia, pero perdió sangre y está pálido, pero lo suficientemente consciente. Sofía, vestida con una camiseta de Viktor puesta y Alexei dormido contra su pecho gracias a un sedante suave, se arrodilla a su lado. Las manos le tiemblan por primera vez en años. —Me has asustado, idiota…— susurra, con la voz temblorosa. Viktor sonríe débilmente, y con su mano sin fuerzas le toma la mano de ella con sangre ajena. —Tenía que proteger la cuna… no iba a dejar que nadie te tocara… ni a él. Ella llora sin vergüenza, lágrimas cayendo sobre su pecho tatuado. —Nunca más, ¿me oyes? Nunca más te pones delante de una bala por mí.— La voz de Sofía sale atropellada por la tensión de sus labios y el nudo en la garganta que no le deja hablar bien. Él le acaricia la mejilla con el pulgar. —Siempre. Cada p*ta vez. Hubo un momento de silencio. Solo el pitidos de máquinas y el respirar tranquilo de Alexei. Viktor respira hondo, busca algo en el bolsillo del pantalón roto y saca una cajita negra empapada en sangre. La abre con dedos temblorosos. Dentro: un anillo de platino con un diamante negro enorme. Se arrodilla como puede, dolorido, sangrando, en el suelo lleno de casquillos y cristales rotos. —Sofía… reina mía… madre de mi hijo… amor de mi jodida vida… La mira con los ojos grises llenos de lágrimas y sangre. —Cásate conmigo. Ahora. Hoy. Mañana. Cuando quieras. Pero cásate conmigo. Porque casi nos matan y no pienso morirme sin que seas mi mujer. Sofía lo mira. La sangre, el miedo, el amor… todo explota dentro de ella. Se inclina, le besa la boca manchada de pólvora y susurra contra sus labios: —Sí, Viktor. Sí, joder. Sí. Él llora como un niño, le pone el anillo temblando. Le queda perfecto. Se abrazan los tres Sofía, Viktor herido y Alexei dormido en medio del caos, rodeados de casquillos, sangre y médicos que apartan la mirada para darles intimidad. Dimitri, desde la puerta, sonríe con los ojos húmedos que rápidamente se seca con los nudillos. —Enhorabuena, jefes... bueno, casi, pero felicidades, se lo merecen. Viktor, todavía débil, levanta la cabeza y sonríe con sangre en los dientes. —Llama a doña María. Dile que su yerno está vivo… y que su hija ya dijo que sí. Sofía se ríe entre lágrimas, lo besa otra vez. Y así, entre sangre, balas y llanto de bebé, nace la promesa más bonita que jamás hicieron: Casarse. Vivir. Ser familia para siempre. El anillo ya está en su dedo. Sofía lo besa con lágrimas y sangre, Alexei duerme contra su pecho, Dimitri sigue sonriente desde la puerta… y entonces Viktor se tambalea. Primero un mareo leve, luego siente que la vista se le nubla, y la mano que sostiene la de Sofía se afloja. —Viktor… ¿amor? Él intenta sonreír, pero la cara se le pone gris. —Me… mareo un poco… La sangre vuelve a brotar bajo el vendaje improvisado. El hombro se ha hinchado, la piel está caliente, el pulso se le acelera demasiado rápido. Sofía palidece. —¡Dimitri! ¡Está perdiendo mucha sangre otra vez! El médico de urgencia que ya estaba en el ático se arrodilla, le abre la venda: la arteria subclavia está rozada, no salió limpia como pensaron. Hay hemorragia interna. —Necesita quirófano ya. Si no, lo perdemos. El mundo se detiene. Sofía ahoga un grito con el alma que se le va a los pies y se inclina hacia un eje, Alexei sintiendo la angustia de su madre y la conexión con su padre, se despierta de repente y empieza a llorar. Dimitri no pregunta, se quita la chaqueta, se agacha y carga a Viktor en brazos como si fuera un niño grande. —¡Coche! ¡Hospital más cercano! ¡Ya! Bajan los cincuenta pisos en el ascensor de servicio. Sofía va detrás, descalza, con Alexei en brazos y la pistola todavía en la mano, los ojos rojos de rabia y miedo. En la calle, dos vehículos Maybach blindados esperan con las puertas abiertas. Dimitri mete a Viktor en el asiento trasero, se sienta con él y le presiona la herida con su propia camisa. —Quédate conmigo, hermano. No te atrevas a dejarla ahora que ha dicho que sí. Viktor intenta reír, pero solo sale sangre por la comisura. —Dile… que la espero… en el altar… Y se desmaya. El convoy vuela por Moscú a 200 km/h, sirenas policiales abriendo paso nadie se atreve a parar a los Volkov. Llegan al hospital privado en nueve minutos. Equipo de trauma ya está en la puerta. Camilla, luces, gritos de —¡Varón 38 años, herida por arma de fuego, pérdida masiva de sangre! Sofía corre detrás, Alexei llorando en brazos de una enfermera que Dimitri le entrega. Ella entra hasta la misma puerta del quirófano, pero la paran. —No puede pasar, señora Volkov. Se queda allí, de pie en el pasillo, desnuda bajo la camiseta enorme de Viktor, manchada de sangre, el anillo nuevo brillando en su dedo tembloroso. Dimitri la abraza fuerte, por primera vez sin saber qué decir, la piel de ella se sentía helada, las manos como las de un muerto. —Va a salir, jefa. Tiene que salir. Pasan cuatro horas eternas. Sofía no se mueve del pasillo, no come, no bebe, no duerme. Solo mira la puerta roja de quirófano y aprieta el anillo como si fuera un talismán. A las 07:28 la puerta se abre. El cirujano sale quitándose la mascarilla, agotado pero sonriendo. —Está estable. La bala rozó la arteria, pero la hemos reparado. Ha perdido mucha sangre, pero es fuerte como un toro. Despertará en unas horas. Sofía se derrumba de rodillas, llora como nunca ha llorado en su vida. Dimitri la levanta, la abraza, los dos lloran juntos, y era obvio, Viktor no solo era un simple compañero ya, era un hermano, un hijo para la madre de Sofía, un compañero para ella, y padre para Alexei y próximo a ser esposo. Pasaron las horas hasta el día siguiente a las 14:12 h. PM. Habitación VIP, luz suave entrando por los ventanales. Viktor abre los ojos lentamente, con la mirada clavada en el techo recordando todo lo que habi pasado. Todo le duele, pero está vivo. La primera imagen que ve: Sofía sentada en la cama, Alexei dormido en su regazo, ella con la mano entrelazada con la suya y el anillo brillando. Él sonríe débil. —Hola… futura esposa. Sofía se inclina, le besa la frente, las lágrimas cayendo otra vez. —Hola, futuro marido. Me has dado el susto de mi vida, pendej*. Viktor mira el anillo en su dedo, luego a ella. —¿Sigue en pie el sí? Ella se ríe entre sollozos. —Más que nunca. Pero primero te pones bueno. La boda puede esperar… pero yo no pienso soltarte nunca más. Él cierra los ojos, aliviado, y aprieta su mano. —Trato… reina. Dimitri entra con café y un ramo enorme de rosas rojas. —Bienvenido, jefe. Y enhorabuena… aunque casi te mueres por un anillo. Viktor suelta una risa ronca. —Valió la pena. Sofía le acaricia la mejilla. —Cuando salgas de aquí, nos casamos. En San Petersburgo, con mi madre gritando y flamenco. Y esta vez no acepto un no por respuesta. Él sonríe, cierra los ojos otra vez. —Sí, jefa. Y se duerme tranquilo, sabiendo que ha ganado la guerra más importante de todas.






