Mundo ficciónIniciar sesiónÁtico, sábado por la mañana, 08:03 a.m.
La cocina huele a café recién hecho, blinis calentitos y a victoria temprana de Sofía. Alexei está en su trona nueva, con babero de ositos y la cara llena de puré de plátano. Viktor, en bóxers y con el torso tatuado todavía marcado de la noche anterior, le da avioncitos con la cuchara mientras hace ruiditos ridículos. —Abreee la boquita, malysh (pequeño)… ¡avión Volkov aterrizando! Alexei se ríe, abre grande y… de repente suelta la cuchara, mira fijamente a Sofía que está sirviendo café en camiseta oversized de Viktor y dice, clarito, con voz de ángel mafioso: —Ma...má. Silencio total. Sofía se queda congelada con la cafetera en la mano. Los ojos se le llenan de lágrimas en 0,2 segundos. —¿Ha dicho… mamá? Alexei, encantado con la reacción, lo repite más fuerte y con palmada incluida: —¡Ma-mááá! Sofía suelta un gritito, deja la cafetera de cualquier manera y corre a abrazarlo, besándole toda la carita manchada de plátano. —¡Mi vida! ¡Mi rey! ¡Has dicho mamá primero! Viktor se queda ahí, cuchara en el aire, cara de póker que poco a poco se transforma en drama teatral nivel Oscar. —… —... —... —¿Papá? —pregunta él, inclinándose hacia el niño con esperanza máxima esperando segundos que le ofrece el destino esperanzador. —¿...Ni un tata? Alexei lo mira, sonríe… y vuelve a gritar: —¡Mamá! Viktor se lleva la mano al pecho como si le hubieran disparado. —Traición. Traición absoluta. Se gira hacia Sofía con cara de niño al que le quitaron el juguete. —¿Nueve meses cargándolo, paseándolo con cólicos, cambiando pañales a las cuatro de la mañana… y dice "mamá" primero? Sofía se ríe tanto que se le saltan las lágrimas. —Ay, pobrecito mi rey destronado… ¿te han herido en el orgullo? Viktor cruza los brazos, fingiendo enfado máximo. —Ofendidísimo. Todo el día. No me hables. Me voy a mi cueva a lamer mis heridas de padre ignorado. Y así empieza el drama Volkov. Durante todo el día: - En el desayuno se sienta en la otra punta de la mesa y come mirando hacia la nada con la mirada perdida. - Cuando Sofía le pasa el café, lo coge sin mirarla y murmura "gracias… mamá", como si estuviera en un naufragio mental sintiéndose con un vacío existencialista que todavía no podía creer. - En la sala, Alexei gateando hacia él: Viktor lo levanta, le hace pedorretas y le susurra "di papá, cabroncito, di papá". Alexei: «¡Ma-mááá!» Viktor: cara de funeral. A las 18:00 Sofía ya no puede más de la risa. Lo encuentra en el gimnasio privado descargando furia en el saco de boxeo, sudado, serio, con el ego hecho trizas. Se acerca por detrás, le rodea la cintura y le besa la espalda tatuada. —¿Todavía enfadado, mi amor? —Profundamente herido —responde él sin parar de golpear—. Mi propio hijo me ha cambiado por la t*ta. Sofía le da la vuelta, se arrodilla despacio delante de él gimnasio con espejos por todas partes, obviamente y le baja los pantalones de deporte de un tirón. —Entonces deja que mamá te consuele… Viktor se queda quieto, respiración agitada. Sofía lo mira desde abajo, sonrisa traviesa. —Hoy no hablas, hoy solo... disfruta. Y cuando te vengas… me vas a decir "gracias, mamá". Él suelta un gruñido mitad risa mitad rendición. Ella se lo mete entero hasta la garganta, lento, profundo, mirándolo a los ojos todo el rato. Sus manos en la base, lengua jugando, saliva, ruiditos húmedos que retumban en el gimnasio vacío. Viktor se agarra al saco de boxeo para no caerse, tira la cabeza hacia atrás y gime su nombre como una oración. Sofía acelera, lo lleva al borde dos veces y para. La tercera vez no lo deja escapar: lo traga hasta el fondo mientras él se corre con un rugido ronco, temblando entero apretando los glúteos hasta tensarse y sentir calambre. Cuando termina, Sofía se levanta, se limpia la comisura de su boca con el pulgar y lo mira victoriosa. —¿Mejor, bebé? Viktor, todavía jadeando, la agarra por la cintura y la pega a él. —Mucho mejor… mamá. Los dos se ríen. Se besan con sabor a Viktor único en almizcle y a perdón. Desde el pasillo se oye a Alexei balbuceando feliz: "¡Mamá! ¡Mamá!" Viktor suspira dramático contra su boca. —Ese bodoque me debe una… y pienso cobrársela con intereses cuando diga "papá". Sofía le muerde el labio. —Trato. Pero hasta entonces… sigues siendo mi bebé favorito. Y lo arrastra al suelo del gimnasio para la segunda ronda de "consuelo". El suelo del gimnasio está frío, pero ninguno siente nada más que el calor del otro. Viktor la tiene boca arriba sobre la colchoneta de tatami, las piernas de Sofía enroscadas en su cintura, los dos todavía temblando del segundo round. Sudor, risas entrecortadas y el olor a almizcle y unión flotando en el aire. Él le besa la clavícula, lento, como si quisiera grabarse cada centímetro. —¿Sigue doliendo el orgullo, papi ofendido? —Un poquito —admite Viktor, fingiendo drama—. Pero tu boca acaba de hacer milagros de sanación. Sofía le araña la espalda, juguetona. —Entonces vamos a por la tercera cura, que tu hijo sigue sin decir "papá" y yo quiero verte completamente curado antes de la cena. Él se ríe contra su cuello y empieza a moverse otra vez, despacio, profundo, sin prisa. Esta vez es tierno, casi reverente. Cada embestida es un "te quiero" sin palabras. Pero justo cuando Sofía está a punto de correrse por tercera vez, la puerta del gimnasio se abre de golpe. —¡Jefa, firma urgente en los contra…! Dimitri se queda congelado en el marco, carpeta en mano, con cara de haber visto un fantasma o dos cuerpos desnudos f*llandø como animales. Viktor y Sofía se quedan también congelados, él todavía dentro de ella, los dos jadeando. Tres segundos de silencio absoluto. Luego Dimitri da media vuelta, rojo como un tomate, y grita hacia el pasillo sin mirar: —¡NADA! ¡FALSA ALARMA! ¡NO ENTRO! Cierra de un portazo tan fuerte que retumba en todo el ático. Viktor y Sofía se miran… y estallan en carcajadas. —¡Mierda, lo ha visto todo! —gime Viktor entre risas, sin salir de ella. —¡Ha visto tu trasero tatuado en primer plano! —responde Sofía, llorando de la risa. Se separan como pueden, se levantan, se ponen lo ponen de cualquier manera. Sofía se pone la camiseta de Viktor le llega hasta medio muslo y él se sube los pantalones sin calzoncillos. Salen al pasillo todavía riéndose como adolescentes pillados. Dimitri está apoyado en la pared, cara de trauma, mirando al carpeta apretada contra el pecho como escudo. —Lo siento, jefa… de verdad que llamé dos veces, pero con la música… —No pasa nada, Dimitri —dice Sofía, conteniendo la risa—. Pero a partir de hoy: tres golpes fuertes y esperas cinco minutos. ¿Entendido? Dimitri asiente rápido, todavía rojo. —Entendido. Cinco minutos. O diez. O una hora. Lo que haga falta. Viktor le da una palmada en el hombro. —Y borra esa imagen de tu cabeza, amigo. O te mato. Dimitri traga saliva. —Ya pediré cita para terapia, jefe. Los tres se ríen. Sofía coge la carpeta, firma los contratos sin leerlos total, confía en Dimitri y se la devuelve. —Listo. Y gracias por el susto, nos ha venido bien para el cardio. Dimitri se va casi corriendo. Viktor y Sofía vuelven al salón cogidos de la mano. Alexei está en su parque, gateando feliz, balbuceando "mamá-mamá-mamá" como si nada. Viktor lo mira con fingido enfado. —¿Ves, pequeño traidor? Hasta Dimitri ha visto más acción que tú diciendo "papá". Sofía se sienta en el suelo, lo atrae hacia ella y lo sienta entre sus piernas. —Ven aquí, mi bebé grande. Te queda una cura más antes de la cena. Le baja la cremallera otra vez, se lo acaricia lento mientras Alexei juega a medio metro. —¿En serio? ¿Con el niño delante? —Está de espaldas y tiene ocho meses. Relájate. Y se lo monta despacio, sentada en el suelo, con Viktor de espaldas al sofá y ella encima, moviéndose en círculos perezosos mientras le tapa la boca con la mano para que no gima demasiado alto. Viktor no puede evitar poner los ojos en blanco y apretarse contra ella, deja caer la cabeza hacia atrás en el espaldar del sofá, y cierra los ojos. Él se corre en silencio, mordiéndole la palma, temblando entero. Después se quedan abrazados los tres: Alexei gateando encima de ellos, Sofía y Viktor jadeando bajito, riéndose contra el cuello del otro. —Te juro que cuando diga "papá" voy a llorar como una magdalena —susurra Viktor. —Y yo te voy a consolar otra vez… pero esta vez en la ducha, sin testigos— murmuró ella en su oído. Se besan lento, con sabor a familia, a sexo y a futuro. Y en algún lugar del pasillo, Dimitri marca en su móvil un recordatorio nuevo: "Regla oficial nº 1: tres golpes + 5 minutos de espera antes de entrar en cualquier habitación. Regla nº 2: nunca mirar directamente al culo del jefe."






