Mundo ficciónIniciar sesiónDespués de aquella reunión y aventura familiar, Viktor, Sofía y el pequeñín regresaron de nuevo de aquel leve respiro, el regreso fue tranquilo, calmado, y muy cómodo.
De nuevo en la Torre Volkov, lunes a las 09:17 a.m. Viktor está en su despacho revisando los números del trimestre cuando Dimitri entra sin llamar, algo raro en él y cierra la puerta y pone un sobre negro sobre el escritorio. —Es de los saudíes. El mismo contacto que usábamos antes de… todo. Viktor arquea una ceja. —¿Qué quieren ahora? —Quinientos millones de dólares por reabrir la ruta de armas del Mar Negro. Solo un año. Dicen que “el viejo rey” sigue teniendo buena fama y que el mercado está seco. Viktor abre el sobre. Dentro hay un contrato ya redactado, una foto de un arsenal nuevo y una nota manuscrita: "Volkov, el mundo necesita hombres como tú otra vez. Firma y serás más rico que nunca. Tu mujer no tiene por qué saberlo." Viktor suelta una carcajada seca. Coge el contrato, lo dobla en cuatro y lo tira a la papelera. Luego saca el mechero de oro que le regaló Sofía y le prende fuego delante de Dimitri. —Diles que el viejo rey está muerto. Y que la nueva reina corta huevos por menos. Dimitri sonríe de medio lado. —¿Se lo cuentas tú o lo hago yo? —Yo. Y me va a costar una p*lla… literal— respondió Viktor con los ojos fijos. Planta 50, despacho de Sofía, 09:45 a.m. Ella está dando el pecho a Alexei mientras firma con la otra mano la adquisición de dos clubes nocturnos en San Petersburgo. Viktor entra sin llamar, cierra con pestillo y se queda de pie frente al escritorio. —Tengo que contarte algo. Sofía levanta la vista, nota la tensión en sus hombros y sonríe lenta. —Habla. Él le enseña el vídeo que grabó Dimitri: el contrato ardiendo en la papelera. Y le repite palabra por palabra la oferta. Cuando termina, Sofía se queda callada tres segundos. Alexei suelta el pezón con un “pop”, eructa y se duerme feliz contra su pecho. —¿Quinientos millones? —Sí. —Y lo rechazaste. —Obvio. Sofía deja al bebé con cuidado en el moisés portátil, se levanta, rodea el escritorio y se para delante de él. Le agarra la corbata y tira hasta que sus narices casi se tocan. —Buen chico —susurra—. Ahora date la vuelta y pon las manos a la espalda. Viktor obedece al instante. Sofía saca de su cajón unas esposas de cuero negro forradas de terciopelo, las compró hace semanas pensando exactamente en este momento y se las pone con un clic seco. —Hoy no tocas. Hoy solo recibes. Lo empuja hasta el sofá de cuero blanco del despacho, lo sienta y se sube a horcajadas. Le baja la cremallera con dientes y lengua, lo saca ya duro como piedra y lo mira a los ojos mientras se lo lleva hasta más no poder, de una sola vez, solo para lubricarlo. Viktor gime, tira de las esposas, pero no puede moverse. Sofía se quita las bragas de encaje negro, se las mete en el bolsillo de la camisa de él y se sienta encima de una sola vez, hundiéndose hasta la base. —Joder… —Silencio —ordena ella, empezando a moverse lento, torturador. Le agarra la cara con las dos manos y lo obliga a mirarla. —Escúchame bien, Viktor Volkov. Tú ya no vendes muerte. Tú vendes paz para tu hijo. Y cada vez que rechaces una oferta como esta… te voy a premiar así… hasta que aprendas que mi cºñº vale más que cualquier billón. Empieza a cabalgar más rápido, fuerte, profundo. Él solo puede jadear, mirar cómo sus tetas rebotan dentro de la blusa abierta, sentir cómo lo aprieta cada vez que sube y baja. Sofía le muerde el cuello, le chupa el lóbulo, le susurra cochinadas en ruso y en español para avivar más las llamas que lo consumen. —Eres mío… mío… mío… Viktor se corre primero, con un gruñido ahogado contra su hombro, derramándose dentro mientras ella sigue moviéndose para alargar el placer. Solo cuando él ya está temblando y suplicando, Sofía se deja ir también, apretándolo tan fuerte que casi le duele, mordiéndole el hombro para no gritar. Después se queda sentada encima, respirando contra su cuello. —¿Entendido el mensaje, amor? —Cristalino, reina —responde él, voz rota. Sofía le quita las esposas, le masajea las muñecas y le da un beso suave en la marca roja. —Buen chico. Ahora ve y dile a Dimitri que prepare el jet. Nos vamos a San Petersburgo el finde que viene. Mi madre quiere ver a su nieto otra vez… y yo quiero comprarme un vestido blanco que te deje sin aliento. Viktor sonríe como idiota. —¿Eso es un…? —Es un "veremos" con fecha cercana, rey destronado. Portate bien y quizá sea un "sí" antes de que acabe el año. Se levanta, se arregla la falda y sale del despacho dejando a Viktor con la polla fuera, esposas en la mano y la sonrisa más grande del mundo. Él se mira en el reflejo del ventanal y se ríe solo. Quinientos millones rechazados… y nunca se sintió tan rico en toda su vida. Viktor se queda ahí, todavía sentado en el sofá de cuero blanco, la polla fuera, la camisa arrugada y el corazón latiéndole como si hubiera corrido una maratón. Se mira las marcas rojas de las muñecas, se ríe solo y se las besa una a una, como si fueran medallas. Después se arregla despacio, guarda las esposas en el bolsillo interior de la chaqueta, no vaya a ser que las necesite más tarde y sale al pasillo con cara de quien acaba de ganar la lotería sin comprar boleto. Dimitri lo espera apoyado en la pared, brazos cruzados, ceja arqueada. —¿Sobreviviste? —Y con nota —responde Viktor, enseñándole las marcas de las muñecas—. Me ha ascendido a “buen chico oficial”. Dimitri suelta una carcajada rara en él. —Nunca pensé que viviría para ver al gran Volkov esposado y feliz por ello. —Cállate o te pongo de niñera permanente. Suben juntos al ascensor privado. Viktor se mira en el espejo de acero: mordisco fresco en el cuello, labios hinchados, ojos brillantes. Se pasa la mano por el pelo y suspira satisfecho. —Dimitri… prepara el jet para el viernes. Rumbo San Petersburgo. —¿Otra vez la suegra? —Otra vez la suegra. Y esta vez voy con la esperanza de volver con un “sí” en el bolsillo… o al menos con otro par de esposas nuevas. Dimitri sonríe de oreja a oreja. —Entendido, jefe. ¿Traigo el chaleco antibalas por si doña María sigue con lo de la tijera de podar? —Tráelo. Pero esta vez creo que me va a dar un abrazo en vez de un corte—, dijo Viktor. Planta 50, cinco minutos después. Sofía está de nuevo en su despacho, Alexei dormido en el moisés, firmando los últimos papeles con una sonrisa que no le cabe en la cara. Viktor entra sin llamar, se arrodilla delante de ella, literalmente de rodillas y apoya la cabeza en su regazo. —¿Qué haces, loquito?— dijo ella con diversión y cariño. —Darte las gracias por hacerme el hombre más feliz del planeta aunque todavía no lleves mi anillo. Ella le acaricia el pelo, suave. —Te lo ganarás, amor. Paso a paso. Primero San Petersburgo, mi madre quiere ver cómo has engordado al niño… y luego veremos si te mereces el “sí”. Viktor levanta la cabeza, la mira con esos ojos grises que todavía brillan de orgasmo. —¿Y qué tengo que hacer para merecerlo ya? —Seguir rechazando ofertas de quinientos millones. Seguir levantándote a las cuatro de la mañana cuando Alexei llore. Y seguir dejándome esposarte cada vez que me porte mal. Él sonríe, travieso. —Trato. Pero la próxima vez las esposas las pongo yo. —Veremos —repite ella, con esa palabra que ya sabe volverlo loco. Se inclina y lo besa lento, profundo, con sabor a victoria y a futuro. Cuando se separan, Viktor se queda de rodillas un segundo más. —Sofía… —Dime. —Gracias por hacerme mejor de lo que nunca fui. Ella le acaricia la mejilla. —Y tú gracias por dejarme hacerlo. Se levantan. Él coge al bebé en brazos con una ternura que antes no existía en su diccionario y lo besa en la frente. —Vamos a comer, pequeño zar. Tu madre acaba de ascender a tu padre a “perrito doméstico nivel experto”. Sofía se ríe, le da una palmada suave en el culo y los tres salen juntos del despacho. En el pasillo, los empleados los ven pasar: la reina con tacones de aguja, el rey destronado con el heredero en brazos y una marca de mordisco fresca en el cuello. Nadie dice nada. Todos bajan la mirada con respeto… y con una sonrisa contenida. Porque en la Torre Volkov ya no se teme al rey. Se teme y se desea a la reina que lo tiene esposado, feliz y comiendo de su mano. Y Viktor, mientras camina hacia el ascensor con su familia, piensa que nunca, jamás, cambiaría quinientos millones, ni quinientos billones por esto. Por ella. Por ellos. Por seguir siendo su buen chico el resto de su vida.






