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Capítulo 45: Celos enfermizos y confesiones.

La mansión en las afueras de Nueva York se había convertido en un nido de tensiones contenidas tras las semanas de reposo forzoso para Sofía, con Viktor alternando entre reuniones mafiosas y momentos de posesión absoluta sobre ella, su frialdad exterior contrastando con la vulnerabilidad que mostraba en la intimidad.

El embarazo avanzaba con precaución, los médicos confirmando que el bebé se estabilizaba gracias al reposo, pero Viktor no bajaba la guardia, multiplicando guardias y limitando visitas como si cualquier sombra pudiera amenazar lo que ahora consideraba su legado.

Leonid Kuznetsov, el socio guapo con quien habían forjado alianzas precarias contra los chechenos, llamaba con frecuencia para actualizar sobre contraataques, pero sus conversaciones con Viktor siempre llevaban un filo sutil, especialmente cuando mencionaba a Sofía en passing, avivando celos que Viktor disimulaba mal.

Esa tarde, mientras Sofía descansaba en el salón con un libro en las manos, Viktor entró con el teléfono aún en la mano, su expresión endurecida por la llamada recién terminada con Leonid.

—Ese bastardo piensa que puede coquetear contigo a través de mí—, gruñó él, tirando el teléfono sobre la mesa con un golpe sordo que hizo vibrar el cristal.

Sofía levantó la vista, su mano instintivamente posándose en su vientre, y lo miró con una sonrisa calmada que lo desarmaba siempre.

—Viktor, Leonid solo pregunta por mi salud porque sabe que soy tu aliada en los planes. No seas paranoico, mi rey. Ven aquí, siéntate conmigo y dime qué te dijo exactamente.

Él dudó un segundo, su mandíbula tensa, pero se acercó, sentándose a su lado y rodeando su cintura con un brazo posesivo, su mano demorándose en la curva de su vientre.

—Dijo que luces radiante en las fotos que Dimitri envió, que una reina como tú merece protección especial. ¿Protección? Como si yo no te diera todo. Ese idiota quiere meterse donde no debe, Sofía. Dime la verdad, ¿te atrae su coqueteo? ¿Ese rubio con su yate y sus sonrisas falsas?"

Sofía rió bajo, girándose para besarlo en la mandíbula, un toque sugerente que lo hizo tensarse.

—Oh, Viktor, ¿celoso de Leonid? Él es guapo, sí, con esos ojos verdes y esa forma de hablar que hace sentir especial a cualquiera, pero tú eres el que me tiene aquí, el que me hace gemir tu nombre en la oscuridad. ¿Quieres que te lo demuestre ahora mismo, mi posesivo mafioso? Ven, toquemos un poco, solo para recordarte quién manda en mi corazón.

Él gruñó, su mano subiendo por su muslo bajo el vestido, pero se detuvo con un esfuerzo visible, recordando las órdenes del doctor.

—No, Sofía, no podemos... el bebé. Pero joder, me matas con palabras como esas. Si Leonid te toca aunque sea con la mirada, lo mato. Eres mía, solo mía.

Ella lo besó profundo, sus labios demorándose en los de él para calmarlo.

—Y tú eres mío, Viktor. Olvídate de él. Dime, ¿qué planes tiene para los chechenos? Quiero ayudar, como siempre.

Él suspiró, relajándose un poco, y le contó sobre el próximo contraataque en el puerto, sus palabras fluyendo mientras ella sugería ajustes, su alianza intelectual fortaleciéndose en medio de los celos que lo carcomían.

La noche trajo más confesiones, con Viktor entrando al dormitorio después de una llamada tardía con Dimitri, encontrando a Sofía despierta en la cama, su camisón de seda ajustado a las curvas que el embarazo empezaba a realzar.

—No puedo dormir sin ti, Sofía—, admitió él, quitándose la camisa y metiéndose a su lado, su brazo rodeándola como si temiera que desapareciera.

—Hoy Leonid preguntó por ti de nuevo, dijo que si necesitas algo, él puede proporcionarlo. ¿Qué mie*da significa eso? ¿Piensa que no te doy lo suficiente? Dime, ¿qué quieres que le responda? ¿Que te tengo encerrada porque no confío en nadie más que en mí para protegerte?.

Ella se giró hacia él, sus dedos trazando líneas en su pecho cicatrizado, un toque que lo hizo jadear.

—Viktor, dile que estoy bien, que mi hombre me cuida como nadie. Pero si quieres la verdad, tus celos me ponen... caliente. Me hace sentir deseada, como si fueras a romper el mundo por mí. Ven, abrázame más fuerte, cuéntame qué harías si alguien intentara quitármete.

Él la apretó contra su pecho, su voz ronca cargada de posesión, —Los mataría a todos, Sofía. Te necesito aquí, conmigo, con nuestro hijo. No soporto la idea de que Leonid o cualquiera te mire como yo te miro. Prométeme que no coqueteas con él, que eres solo mía.

Ella besó su cuello, murmurando contra su piel.

—Solo tuya, Viktor. Pero si me dejas ayudar más en los planes, te mostraré cuánto. Mañana, déjame hablar con Dimitri, tengo ideas para flanquear a Anastasia.

Él gruñó aprobación, besándola profundo, el deseo reprimido bullendo entre ellos sin cruzar la línea, pero dejando promesas para cuando el doctor diera el visto bueno.

Al día siguiente, los celos enfermizos de Viktor se manifestaron durante una reunión en la oficina, donde Leonid llegó con informes sobre almacenes recuperados de los chechenos.

Mientras discutían estrategias, Leonid miró a Sofía con esa sonrisa torcida, —Sofía, tus ideas del último plan fueron brillantes. Si Viktor te deja, podrías unirte a una reunión conmigo solo para brainstormear. Tengo un yate perfecto para pensar en paz.

Viktor se tensó visiblemente, su mano cerrándose en un puño bajo la mesa, —Cállate, Leonid. Sofía no va a ninguna parte contigo. Sus ideas son para mí, para nosotros. Si quieres brainstorm, hazlo aquí, delante de mí.

Sofía intervino con calma, tocando el brazo de Viktor para calmarlo.

—Leonid, gracias, pero Viktor tiene razón. Trabajamos juntos. Ahora, dime, ¿qué hay de las rutas del este? Podríamos usar un cebo para atraer a Anastasia.

Leonid rió, —Como digas, reina. Pero si cambias de idea, mi oferta sigue en pie.

Viktor lo miró furioso, —Fuera de aquí antes de que te mate. Y no la llames reina, eso es mío—.

Leonid salió con una sonrisa, dejando a Viktor solo con Sofía, quien lo besó para disipar los celos, —Mi posesivo, ven, abrázame. Leonid no es nada comparado contigo. Dime, ¿qué harás para recordármelo?—. Él la levantó en brazos, llevándola al sofá, sus besos urgentes pero controlados, —Te mostraré todo cuando el doctor lo permita, pero por ahora, sabe que te necesito más que al aire.

Viktor se quedó durmiendo abrazándola, su mano en su vientre, confesando en susurros.

—No puedo perderte, Sofía. Eres mi mundo.

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