Mundo ficciónIniciar sesiónLa mansión de Krasnova no hacía ruido.
Ni siquiera el viento parecía atreverse a rozar sus paredes. Todo era demasiado… controlado. Demasiado perfecto. Y en medio de ese orden enfermizo, Viktor permanecía de pie, inmóvil, como si ya hubiera cruzado una línea de la que no se regresa. Krasnova lo observaba con una calma casi irritante, sentada nuevamente en su silla, con ese frasco girando entre sus dedos como si fuera un simple adorno… y no un arma capaz de derribar a cualquiera con un solo descuido. —Todavía puedes arrepentirte— murmuró ella con ligereza, aunque en sus ojos no había rastro de que realmente esperara eso. Viktor ni se movió. —No vine a eso. —Ya lo sé— respondió ella, inclinando apenas la cabeza—. Viniste a entregarte. Silencio. Uno que no necesitaba confirmación. —Qué curioso…— continuó Krasnova—. Pensé que los hombres como tú morían luchando… no rindiéndose. —No me estoy rindiendo— dijo Viktor con voz baja, firme—. Estoy eligiendo. Eso… La hizo sonreír. De verdad. —Ah…— soltó suavemente—. Eso sí es más interesante. Se levantó despacio, caminando alrededor de él como si analizara una pieza rara, algo que valía la pena observar antes de decidir qué hacer. —Elegir…— repitió—. Qué palabra tan peligrosa. Se detuvo frente a él. Cerca. Demasiado cerca. —Porque elegir implica aceptar las consecuencias. Viktor sostuvo su mirada. —Las acepto. Ella lo estudió. Un segundo. Dos. Tres. Buscando una grieta. Una duda. Algo. Pero no encontró nada. Y eso… La fascinó. —Entonces hablemos claro— dijo finalmente, separándose un poco—. Tú… por todos ellos. Directo. Simple. Brutal. —Sí. No hubo vacilación. No hubo negociación. Solo una respuesta. Y eso… cambió el aire en la habitación. Porque ya no era un juego ligero. Ahora era real. Krasnova dejó de caminar. Se quedó quieta. Pensando. —Podría matarte ahora mismo— dijo con total naturalidad—. Y aun así… no cumplir nada de lo que pides. —Lo sé. —Podría hacerte sufrir durante días… semanas… y luego ir por ellos igual. —También lo sé. Eso la hizo fruncir el ceño apenas. —Entonces… ¿por qué estás aquí? Esa pregunta… Era la única que importaba. Viktor respiró hondo. Una vez. Y habló. —Porque si hay una mínima posibilidad… aunque sea la más pequeña… de que los dejes en paz a cambio de mí… entonces vale la pena. No fue dramático. No fue grandioso. Fue simple. Honesto. Y por eso… pesó más. Krasnova lo miró en silencio. Más tiempo del que había mostrado antes. —Qué patético…— murmuró finalmente. Pero no sonó como burla. Sonó… pensativa. —Y aun así…— añadió—. Qué… fascinante. Se giró lentamente, caminando hacia su escritorio, dejando el frasco sobre la superficie con cuidado. —Tu problema, Viktor…— dijo sin mirarlo—. Es que llegaste con la idea equivocada. Él frunció el ceño. —¿Cuál? Ella se giró. Y sonrió. —Que tú decides el trato. Silencio. Duro. Frío. —Aquí…— continuó—. Yo pongo las condiciones. Viktor no respondió. Pero su cuerpo… se tensó. —Tú te ofreces…— dijo ella—. Bien. Lo acepto. Eso… No era lo que esperaba. Pero tampoco lo tranquilizó. —Pero no a cambio de libertad— añadió. Ahí estaba. La trampa. —Entonces, ¿qué quieres? Krasnova avanzó otra vez. Sus pasos suaves, medidos. —Quiero tiempo— dijo—. Quiero ver… cuánto resistes. Sus ojos brillaron apenas. —Quiero que vivas sabiendo que ellos siguen ahí… vulnerables… mientras tú no puedes hacer nada. Eso… Fue peor que la muerte. Mucho peor. La mandíbula de Viktor se apretó. —No. Ella alzó una ceja. —¿No? —No vine a ser tu entretenimiento. —Oh, pero ya lo eres— respondió con calma—. Desde que entraste por esa puerta. Silencio. Tenso. —Mátame— dijo Viktor de pronto. Directo. Sin rodeos. —Y termina con esto. Krasnova lo observó. Y luego… Rió. No fuerte. Pero sí real. —¿Y perderme todo el espectáculo?— negó suavemente—. No… eso sería un desperdicio. Se acercó más. —Además…— susurró—. ¿De verdad crees que tu muerte los salvaría? Esa duda… Fue peligrosa. Porque Viktor no respondió. Y ella lo notó. —Exacto…— murmuró—. No puedes estar seguro. Se apartó. Volviendo a su posición. —Así que no… Viktor Ivanov— dijo con suavidad—. No vas a morir hoy. Y eso… Fue peor que cualquier sentencia. En la clínica, Sofía ya estaba de pie. Mal. Inestable. Pero de pie. Ana la miraba con una mezcla de frustración y admiración. —Te vas a caer. —Entonces me levanto— respondió Sofía, ajustando mejor la manta de la bebé contra su pecho. Su cuerpo aún dolía. Cada paso era un recordatorio. Pero no le importaba. No ahora. —El auto está listo— dijo Ana al fin. Porque sabía… Que no iba a detenerla. Sofía asintió. Y empezó a caminar. Despacio. Pero sin detenerse. Porque en su mente solo había una cosa. Llegar. Antes de que fuera demasiado tarde. En la mansión Ivanov, Dimitri ya daba órdenes. Cortas. Precisas. —Dos vehículos. —Nada de rutas directas. —Quiero comunicación constante. Todos se movían. Carl cargando lo necesario. Irina organizando. Olga revisando. Lukas… atento. Listo. Ya no había dudas. Ya no había tiempo para discusiones. Esto ya estaba en marcha. —Nos adelantamos a la clínica— dijo Dimitri—. Si Sofía se mueve… la interceptamos. —No la vas a detener— dijo Olga. Dimitri la miró. —No. Una pausa. —Pero puedo asegurar que no vaya sola. Eso… Era lo más cercano a un acuerdo. Y mientras todos se movían… Mientras los caminos empezaban a cruzarse… Mientras el tiempo se volvía enemigo… En la mansión de Krasnova… Viktor entendía algo. Algo que no había considerado del todo. Esto… No iba a ser un intercambio. No iba a ser rápido. No iba a ser limpio. Esto era un juego largo. Cruel. Y él… Acababa de entrar en él voluntariamente. Y lo peor… No era lo que le harían. Era no saber… Cuándo empezarían con los demás. Porque esa incertidumbre… Esa espera… Era exactamente lo que ella quería. Y por primera vez en mucho tiempo… Viktor no tenía el control. Ni un poco. Y esa falta de control… era algo que Viktor no conocía. No de verdad. Podía haber estado en situaciones límite antes, sí, había sido acorralado, traicionado, herido… pero siempre, siempre, incluso en el caos más absoluto, había tenido algo: margen de maniobra. Un as bajo la manga. Una salida. Aquí no. Aquí no había puertas ocultas. No había aliados esperando en las sombras. No había plan B. Solo él… y ella. Y eso se sentía como caer en un vacío sin fondo. Krasnova lo observaba con una atención casi clínica, como si cada microexpresión en su rostro fuera información valiosa, como si cada tensión en sus músculos le contara una historia que ella estaba descifrando en tiempo real. —Estás pensando demasiado— comentó con suavidad, regresando a su silla y acomodándose con elegancia—. Eso suele jugar en contra. Viktor no respondió de inmediato. Pero sí habló al final. —Estoy evaluando. Ella sonrió. —No— negó levemente—. Estás intentando recuperar control… y eso ya no es posible aquí. Silencio. Porque… tenía razón. Y admitirlo, aunque fuera internamente, le pesó más de lo que le hubiera gustado. —Dime algo— continuó ella, apoyando un codo en el reposabrazos—. ¿Ella sabe que estás aquí? Esa pregunta… No era inocente. Viktor levantó la mirada. —No. —Qué decepción— murmuró Krasnova—. Me habría encantado ver su reacción en tiempo real. El aire se tensó apenas. —Déjala fuera de esto. —¿Fuera?— repitió ella con una ligera risa—. Mi querido Viktor… ella es el centro de esto. Eso… Le encendió algo por dentro. —No. La palabra salió más firme. Más peligrosa. Y eso… le gustó a Krasnova. —Ahí está— dijo con satisfacción—. Ese es el hombre del que tanto escuché. Se inclinó un poco hacia adelante. —El problema es… que ese hombre ya no toma decisiones aquí. Viktor apretó la mandíbula. Pero no se movió. No iba a caer en provocaciones. No ahora. No cuando cada reacción podía ser usada en su contra. —Sabes…— continuó ella con tono casi reflexivo—. Cuando mataste a Anastasia… pensé que eras simplemente otro hombre impulsivo, cegado por emociones. El nombre… Pesó. Aún ahora. —Pero no…— añadió—. Con el tiempo entendí que eras algo más peligroso. Lo miró directo. —Eras alguien capaz de cambiar. Eso… No sonó como halago. Sonó como advertencia. —Y las personas que cambian…— murmuró—. Son impredecibles. Se recostó otra vez. —Y lo impredecible… siempre merece ser observado. Viktor no dijo nada. Pero algo dentro de él se acomodó. Porque entendió algo importante. Ella no solo quería venganza. Ella quería entender. Quería ver hasta dónde llegaba. Hasta dónde podía romperlo. Hasta dónde podía doblarlo… sin quebrarlo del todo. Y eso abría una grieta. Pequeña. Pero existente. El tiempo empezó a pasar… raro. Sin medida clara. Sin reloj visible. Sin referencias. Solo luces artificiales y ese silencio pesado que hacía que cada pensamiento sonara más fuerte de lo normal. A Viktor no lo habían atado. No lo habían encerrado. Pero tampoco era libre. Dos hombres permanecían cerca, siempre a distancia prudente, vigilando sin parecer invasivos. Eso… era más incómodo que cualquier cadena. Porque significaba una cosa: No lo veían como alguien que pudiera escapar. Lo veían como alguien que… ya había elegido quedarse. Y eso… Era exactamente lo que había hecho. Se movió finalmente, caminando un par de pasos, observando el lugar con calma aparente. Detalles. Salidas. Posiciones. Costumbres. Todo lo que pudiera servir. —Sigues pensando como antes— dijo la voz de Krasnova desde atrás. No se sobresaltó. —Los hábitos no desaparecen tan fácil. —Ni deberían— respondió ella, acercándose lentamente—. Sería aburrido si lo hicieran. Se detuvo a su lado. Mirando en la misma dirección que él. —Pero aquí hay una diferencia importante— añadió. Viktor giró apenas la cabeza. —¿Cuál? Ella sonrió. —Que tú estás solo. Esa palabra… Golpeó. Pero no por lo evidente. Sino por lo que implicaba. Porque no era solo estar físicamente solo. Era estar sin respaldo. Sin red. Sin margen de error. —No— dijo Viktor finalmente—. No estoy solo. Krasnova ladeó la cabeza. Interesada. —Explícate. Él no la miró. Pero su voz fue firme. —Tengo algo que tú no entiendes. Silencio. —¿Ah, sí? —Sí. Una pausa. Y entonces: —Motivo. Eso… La hizo reír. Pero esta vez… más suave. Más… curiosa. —Todos tienen un motivo, Viktor. —No como el mío. Ella lo observó con más atención. —¿Y cuál es la diferencia? Viktor giró finalmente hacia ella. Y por primera vez desde que llegó… No había cálculo en su mirada. Solo verdad. —Que yo no tengo problema en perder… si ellos ganan. Eso… La hizo callar. No por mucho. Pero sí lo suficiente para que el silencio dijera algo. Porque ahí había algo que no podía manipular tan fácil. Algo que no podía romper con simples palabras. Y eso… Era peligroso. Para ella. Pero también para él. Porque ese tipo de determinación… No siempre lleva a finales felices. Mientras tanto, la ciudad seguía latiendo afuera. Indiferente. Como si nada de esto estuviera pasando. Como si no hubiera una familia moviéndose en desesperación. Como si no hubiera un hombre entregándose por todos. Como si no hubiera una mujer… recién parida… cruzando Moscú con una bebé en brazos y una sola idea en la cabeza. Sofía. El taxi avanzaba rápido, pero no lo suficiente. Nunca lo suficiente. Cada semáforo… Cada giro… Cada segundo… Era una tortura. La bebé se movía levemente entre sus brazos, pequeña, cálida, viva. Y eso… Le daba fuerza. —Aguanta…— murmuró apenas, no sabía si a la bebé… o a ella misma—. Ya casi… Su cuerpo protestaba. El dolor seguía ahí. Pesado. Constante. Pero su mente lo ignoraba. Porque había algo más fuerte que cualquier dolor físico. El miedo. No el miedo paralizante. No. El miedo que empuja. Que obliga. Que arrastra. Ese. Y Sofía… lo conocía demasiado bien. En la mansión Ivanov, el ambiente era todo menos tranquilo. Dimitri ya estaba en movimiento. Teléfono en mano. Coordinando. —La encontraron— dijo finalmente, cortando la llamada y mirando a los demás—. Va hacia el distrito norte. Carl se pasó una mano por el rostro. —Claro que va hacia allá… Olga no dijo nada. Pero su expresión lo decía todo. Sabía. Todos sabían. —Nos movemos ya— ordenó Dimitri. Y nadie discutió. Porque ya no había espacio para dudas. De vuelta en la mansión de Krasnova… El aire había cambiado. No de forma evidente. Pero sí… sutil. Como si algo se estuviera acercando. Como si una pieza más estuviera a punto de entrar en el tablero. Krasnova lo sintió. Y sonrió apenas. —Parece…— murmuró—. Que la noche aún tiene sorpresas. Viktor frunció levemente el ceño. —¿A qué te refieres? Ella no respondió de inmediato. Solo lo miró. Con ese brillo en los ojos que ya empezaba a ser demasiado familiar. —A que…— dijo finalmente—. Tal vez no viniste solo después de todo. El corazón de Viktor… se tensó. No. No podía ser. No debía. Pero algo dentro de él… Ya lo sabía. Y por primera vez desde que entró ahí… Sintió miedo real. No por él. Por ella.






