Inicio / Mafia / COMPRADA POR EL JEFE DE LA MAFIA / Capítulo 244: Donde el amor comete la mayor locura.
Capítulo 244: Donde el amor comete la mayor locura.

El taxi frenó antes de lo esperado.

No por destino.

Por decisión del conductor.

—Hasta aquí llego— murmuró, mirando por el retrovisor con cierta incomodidad—. Esa zona no es… normal.

Sofía no discutió.

Ni tenía tiempo para hacerlo.

Pagó sin contar bien el dinero, abrió la puerta con torpeza y bajó con la bebé apretada contra su pecho, envuelta en mantas que apenas lograban protegerla del frío cortante de Moscú.

El aire le pegó como una bofetada.

Pero no se detuvo.

No podía.

La mansión estaba ahí.

A lo lejos.

Oscura.

Imponente.

Como si la misma noche la protegiera.

Y Sofía… caminó.

Paso a paso.

Con el cuerpo debilitado.

Con el dolor aún vivo.

Con el corazón latiendo tan fuerte que parecía romperle el pecho.

Pero avanzó.

Porque ya no había vuelta atrás.

Dentro de la mansión…

Krasnova ya no estaba sentada.

Ahora caminaba.

Lento.

Medido.

Como si estuviera esperando algo que ya sabía que iba a llegar.

—Es interesante…— murmuró—. Muy interesante.

Viktor la observaba con el ceño fruncido.

—¿Qué estás haciendo?

Ella no respondió directamente.

Se acercó a una de las ventanas altas, apartando apenas la cortina con dos dedos.

Y entonces…

Sonrió.

—Mira…— susurró.

Viktor no quería.

Pero lo hizo.

Y cuando vio…

El mundo se le vino abajo.

—No…— salió de su boca, apenas un hilo de voz.

Porque ahí estaba.

Sofía.

Caminando hacia la entrada.

Con la bebé en brazos.

Sola.

Maldita sea… sola.

El pulso de Viktor se disparó.

Todo en su cuerpo reaccionó al mismo tiempo.

—¿Qué hiciste?— gruñó, girándose hacia Krasnova.

Pero ella… se veía encantada.

—Yo no hice nada— respondió con calma—. Eso es lo mejor de todo.

Se giró hacia él.

—Ella vino sola.

Eso…

Fue peor.

Mucho peor.

Porque significaba una sola cosa.

Lo conocía.

Sabía lo que haría.

Y lo siguió.

—Déjala ir— dijo Viktor, avanzando un paso—. Esto es entre tú y yo.

Krasnova lo miró como si hubiera dicho algo adorable.

—¿Entre tú y yo?— repitió—. Viktor… ya no entiendes cómo funciona esto.

Se acercó lentamente.

—Ella es parte del trato ahora.

—No— respondió él, firme—. Nunca lo fue.

—Lo es desde que cruzó esa puerta.

Y como si sus palabras fueran una señal…

Un golpe seco resonó en la entrada.

El sonido del metal.

De la puerta.

De la realidad alcanzándolos.

Sofía ya estaba ahí.

---

El interior de la mansión era frío.

Demasiado limpio.

Demasiado silencioso.

Cada paso de Sofía resonaba más de lo que debería.

Pero no dudó.

No miró atrás.

No pensó en lo que estaba haciendo.

Porque si lo hacía… tal vez se rompía.

La bebé se movió levemente.

Un pequeño sonido.

Un recordatorio.

Y eso… la sostuvo.

—Tranquila…— susurró, besando la manta—. Mamá está aquí…

Avanzó.

Uno de los hombres intentó detenerla.

Pero Krasnova alzó una mano desde el fondo.

—Déjala pasar.

Y nadie más se interpuso.

Porque en ese lugar…

Solo una persona decidía.

---

Cuando Sofía entró al salón principal…

Lo vio.

Y todo lo demás dejó de importar.

Viktor.

De pie.

Entero.

Pero no libre.

Sus ojos se encontraron.

Y en ese segundo…

Todo pasó al mismo tiempo.

El alivio.

El enojo.

El miedo.

El amor.

Todo.

—¿Qué estás haciendo aquí?— fue lo primero que dijo él, avanzando un paso, pero deteniéndose al instante.

Porque no podía acercarse más.

No sin permiso.

Y eso lo estaba matando.

Sofía respiró hondo.

Una vez.

Dos.

Y respondió.

—Lo mismo que tú.

Directo.

Sin rodeos.

Krasnova observaba.

Fascinada.

—Oh… esto es mejor de lo que esperaba— murmuró.

Pero ninguno de los dos le prestó atención.

Porque para ellos…

Solo existían el uno para el otro.

—Te dije que no te metieras en esto— dijo Viktor, la voz cargada.

—Y tú me mentiste— respondió ella sin titubear.

Golpe bajo.

Directo.

Y merecido.

Viktor apretó los dientes.

—Sofía…

—No— lo cortó—. No ahora.

Avanzó un paso más.

La bebé se movió entre sus brazos.

Y entonces…

Krasnova intervino.

—Así que… tú eres la esposa.

Sofía giró lentamente la cabeza.

Y la vio.

De verdad.

Por primera vez cara a cara… sabiendo exactamente quién era.

Y no retrocedió.

—Y usted… la abuela.

El silencio que siguió…

Fue denso.

Porque esa palabra…

Tenía peso.

Tenía historia.

Tenía heridas.

Krasnova sonrió.

Pero esta vez…

No fue una sonrisa ligera.

Fue… distinta.

—Interesante— murmuró—. Muy interesante.

Sus ojos bajaron.

Directo a la bebé.

—¿Y eso…?

Sofía ajustó su agarre.

Protegiéndola instintivamente.

Pero no la ocultó.

—Su nieta.

La palabra cayó.

Y esta vez…

Sí golpeó.

Porque no era una provocación.

Era un hecho.

Uno que nadie había puesto sobre la mesa… hasta ahora.

Krasnova la miró fijamente.

—No tienes idea de lo que estás diciendo.

—Sí la tengo— respondió Sofía con calma sorprendente—. Y por eso estoy aquí.

Viktor negó levemente.

—No… no, Sofía, no hagas esto…

Pero ella no lo miró.

No todavía.

Porque si lo hacía… dudaba.

Y no podía darse ese lujo.

—Usted quiere algo— continuó Sofía—. Venganza, control, lo que sea… pero lo quiere de él.

Señaló a Viktor con la mirada.

—No de mí.

Krasnova entrecerró los ojos.

—Sigue.

—Pero yo sí puedo ofrecer algo que usted no tiene.

Silencio.

Atención.

—Familia.

Esa palabra…

Cortó el aire.

—Ridículo— murmuró Krasnova, pero no con la misma seguridad de antes.

—¿Lo es?— Sofía inclinó apenas la cabeza—. Entonces ¿por qué vino hasta mi casa? ¿Por qué no lo mató cuando pudo? ¿Por qué jugar?

Eso…

Fue un golpe limpio.

Porque era verdad.

Y ambas lo sabían.

—Porque quiere algo más— continuó Sofía—. Algo que ni usted misma ha dicho en voz alta.

Krasnova no respondió.

Pero no la interrumpió.

Y eso… ya era una respuesta.

Sofía respiró hondo.

Y dio el siguiente paso.

El más peligroso.

—Si quiere una nieta…— dijo, bajando la mirada hacia la bebé un segundo antes de volver a alzarla—. aquí la tiene.

El mundo se detuvo.

Literalmente.

—Sofía, no— la voz de Viktor salió quebrada.

Pero ella siguió.

—Puede verla— añadió—. Puede conocerla. Puede… ser parte de su vida.

Cada palabra… más pesada que la anterior.

—Pero nos deja en paz.

Silencio.

Profundo.

Tenso.

Irreal.

Krasnova no se movió.

No habló.

No respiró, parecía.

Solo… miraba.

A Sofía.

A la bebé.

A Viktor.

Y algo… cambió.

No fue grande.

No fue evidente.

Pero pasó.

—¿Me estás ofreciendo… un lugar en tu familia?— preguntó finalmente, en voz baja.

Sofía no dudó.

—Sí.

—Después de todo lo que hice.

—Sí.

—Después de lo que pienso hacer.

Una pausa.

Sofía sostuvo su mirada.

—También.

Eso…

No tenía lógica.

No tenía sentido.

No era estrategia.

Era… otra cosa.

Y por eso…

Funcionó.

O al menos…

La hizo dudar.

Y en ese juego…

Una duda… era una grieta.

Y una grieta…

Podía romperlo todo.

Viktor miraba a Sofía como si no la reconociera.

No por desconocida.

Sino por lo que estaba haciendo.

Por hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

Y eso…

Lo destruyó… y lo salvó al mismo tiempo.

Porque entendió algo en ese instante.

Ella no vino a rescatarlo.

Vino a pelear a su manera.

Y su manera…

Era más peligrosa que cualquier arma.

Porque no atacaba el cuerpo.

Atacaba… el alma.

Y ahora…

Krasnova tenía que decidir.

Si seguía siendo el monstruo que todos conocían…

O si, por primera vez en décadas…

Aceptaba algo que no podía controlar.

El silencio que quedó después de la propuesta de Sofía no fue un silencio vacío, sino uno cargado, denso, como si el aire mismo se hubiera vuelto más pesado y difícil de respirar. Krasnova no se movía, no parpadeaba siquiera con normalidad, y eso en alguien como ella ya era una señal de que algo había hecho ruido por dentro.

No era debilidad, ni mucho menos bondad repentina, pero sí era una interrupción en su lógica habitual, una pequeña grieta en esa estructura fría y calculadora que había sostenido durante años. Sus ojos, que antes analizaban con distancia casi científica, ahora se detenían un segundo más de lo necesario en la bebé envuelta en mantas, en ese pequeño rostro ajeno a todo, completamente inocente, completamente fuera de ese juego sucio que ella misma había construido.

Viktor lo notó, y ese fue el primer indicio real de que Sofía no había entrado ahí a perder, aunque su propuesta sonara descabellada. Él no se movía, pero cada músculo de su cuerpo estaba en tensión absoluta, listo para reaccionar, para interponerse, para romper ese frágil equilibrio si veía una mínima amenaza directa.

Sin embargo, también sabía que cualquier movimiento brusco podía arruinarlo todo, porque esto ya no era una confrontación física, era algo mucho más delicado, mucho más peligroso: un choque de voluntades donde Sofía estaba apostando todo sin protección alguna. Y eso lo desesperaba, porque la conocía lo suficiente para entender que no estaba improvisando, que no estaba hablando por impulso; estaba tomando una decisión consciente, una locura bien pensada, una de esas que nacen del amor pero que también pueden destruirlo todo si fallan.

Krasnova finalmente se movió, pero no hacia ellos de forma agresiva, sino con una lentitud casi reflexiva, como si cada paso necesitara ser aprobado por algo interno que no estaba del todo alineado con lo que solía ser. Se detuvo a una distancia prudente, lo suficientemente cerca para ver mejor, lo suficientemente lejos para no parecer vulnerable, y su mirada bajó otra vez hacia la bebé.

No había ternura en su expresión, pero sí algo distinto, algo que no encajaba con la imagen de la mujer que había dejado cuerpos en la nieve con una sonrisa satisfecha. Era más bien curiosidad… una curiosidad peligrosa, porque cuando alguien como ella se interesa de verdad, las consecuencias no suelen ser simples.

—¿De verdad crees que esto cambia algo?— preguntó al fin, con una voz más baja, menos teatral, pero no por eso menos afilada.

Sofía sostuvo la mirada sin titubear, ajustando apenas el agarre sobre su hija, no como gesto de miedo sino como un recordatorio físico de por qué estaba ahí. Su cuerpo seguía resentido, el cansancio le pesaba en los huesos, pero su voz salió firme, sorprendentemente estable para alguien que acababa de dar a luz y que había cruzado media ciudad para plantarse frente a una mujer capaz de destruirlos a todos.

—No cambia lo que ya hizo —respondió—, ni lo que usted cree que quiere hacer. Pero sí puede cambiar lo que viene después.

Krasnova ladeó ligeramente la cabeza, como si esa respuesta la hubiera intrigado más de lo que esperaba. No era una súplica, no era un ruego desesperado, y eso rompía el patrón. Estaba acostumbrada a que le pidieran, a que le suplicaran, a ver miedo puro reflejado en los ojos de los demás. Sofía no estaba jugando a eso, y eso la obligaba a moverse en un terreno que no dominaba del todo.

—Hablas como si tuvieras poder aquí —dijo finalmente, aunque sin la burla habitual.

—No lo tengo —admitió Sofía sin rodeos—, pero tampoco lo necesito para decir la verdad.

Ese tipo de respuestas eran peligrosas, porque no daban espacio para manipulación fácil. Viktor, que había pasado años en ese mundo, lo entendía mejor que nadie, y por eso mismo su preocupación crecía en lugar de disminuir. Sabía que Krasnova no era alguien que reaccionara de forma predecible, que podía interpretar esa honestidad como una debilidad… o como algo digno de conservar. Y esa incertidumbre era lo que hacía que todo estuviera al borde de romperse.

Krasnova desvió la mirada un instante, caminando lentamente hacia un lado como si necesitara reorganizar sus propios pensamientos, algo que en ella era casi inaudito. Sus dedos rozaron la superficie de una mesa cercana, donde aún reposaba el frasco con aquella sustancia transparente, ese recordatorio silencioso de que, en cualquier momento, todo podía terminar de la forma más simple y cruel posible. Pero no lo tomó, no lo usó, y ese pequeño detalle no pasó desapercibido para ninguno de los dos.

—Familia… —repitió en voz baja, como si probara la palabra en la boca después de mucho tiempo sin usarla—. Es curioso que pienses que eso es lo que me falta.

Sofía no se apresuró a responder, dejando que esa frase se asentara, porque intuía que ahí había algo más profundo de lo que parecía. Cuando habló, lo hizo con cuidado, pero sin suavizar la verdad.

—No creo que le falte —dijo—, creo que lo perdió… o decidió que no valía la pena.

Eso sí fue un golpe directo, uno que Viktor sintió incluso antes de ver la reacción. Los ojos de Krasnova se endurecieron por un instante, una sombra cruzó su expresión, pero no explotó, no respondió con violencia como habría hecho con cualquier otra persona. En lugar de eso, la observó con más intensidad, como si intentara descifrar de dónde salía ese valor, esa forma de hablarle sin adornos ni miedo aparente.

—Tienes una forma muy peligrosa de hablar —murmuró.

—Y usted una forma muy peligrosa de escuchar —replicó Sofía.

Eso, contra todo pronóstico, provocó una leve curva en los labios de Krasnova, algo que no llegaba a ser una sonrisa completa, pero que tampoco era desprecio. Viktor no podía creer lo que estaba viendo, porque la dinámica había cambiado sin que se diera cuenta exactamente cómo. Ya no era una presa frente a un depredador; era otra cosa, algo más extraño, más inestable, donde Sofía había logrado colocarse en una posición que no era de poder, pero tampoco de sumisión.

—Si aceptara esto —dijo Krasnova finalmente, volviendo a mirarla directamente—, ¿qué crees que pasaría?

Sofía no dudó.

—Que dejaría de estar sola.

La respuesta fue simple, casi demasiado, pero ahí estaba la clave. No había promesas grandiosas, no había condiciones imposibles, solo una verdad desnuda que, por alguna razón, parecía pesar más que cualquier amenaza. Viktor sintió cómo algo se le apretaba en el pecho, porque entendía lo que Sofía estaba haciendo mejor que nadie: no estaba negociando desde la lógica del poder, estaba atacando desde el único lugar donde alguien como Krasnova podía ser vulnerable… aunque fuera en una mínima fracción.

Krasnova guardó silencio nuevamente, pero esta vez no era el mismo silencio de antes. Era uno más largo, más profundo, uno en el que claramente estaba considerando algo que no encajaba con sus planes iniciales. Sus ojos volvieron a la bebé, y por un segundo, apenas un segundo, su expresión se suavizó de una forma casi imperceptible, como si un recuerdo lejano hubiera cruzado su mente sin permiso.

Viktor no se movió, Sofía tampoco, y el mundo pareció sostener la respiración junto con ellos. Porque en ese punto, todo dependía de una decisión que no podía predecirse, una decisión que no se basaba en lógica pura ni en estrategias calculadas, sino en algo mucho más inestable. Y eso era lo más peligroso de todo, porque cuando alguien como Krasnova duda, no significa necesariamente que vaya a elegir el bien… solo significa que el resultado ya no es seguro.

Y en esa incertidumbre, en ese filo delgado donde todo podía inclinarse hacia la salvación o hacia la destrucción, Sofía se mantuvo firme, sosteniendo a su hija, sosteniendo su decisión, sosteniendo incluso a Viktor sin tocarlo, porque en ese momento, más que nunca, él dependía de ella tanto como ella de él, y ambos lo sabían sin necesidad de decirlo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP