Início / Mafia / COMPRADA POR EL JEFE DE LA MAFIA / Capítulo 242: Cuando la verdad despierta a todos.
Capítulo 242: Cuando la verdad despierta a todos.

La mañana no llegó tranquila.

Llegó pesada.

Como si la casa entera supiera que algo se había roto… y que nadie había escuchado el sonido a tiempo.

La mansión Ivanov, que normalmente respiraba calma en esas horas tempranas, estaba envuelta en un silencio extraño. No era paz. Era ese tipo de quietud que aparece antes de que todo se desordene.

Los niños seguían dormidos.

Ajeno.

Protegidos… por ahora.

Pero los adultos…

No.

El primero en moverse fue Lukas.

No había dormido bien.

De hecho, apenas había dormido.

Su mente no dejaba de repetir la misma imagen una y otra vez: Viktor saliendo solo, sin escolta, sin decir nada, con esa expresión que no era rabia… ni prisa…

Era algo peor.

Decisión.

Y eso…

Eso no era buena señal.

Se pasó una mano por el rostro, exhalando con fuerza, y terminó de levantarse del sofá donde había decidido quedarse después de aquella noche extraña en el pasillo con Olga. El recuerdo le cruzó por la cabeza un segundo… su tropiezo, la cercanía, esa conversación incómoda… y su propia estupidez pensando cosas que no debía.

Sacudió la cabeza.

No era momento para eso.

Porque algo estaba mal.

Y lo sabía.

Salió al pasillo.

El silencio seguía ahí.

Pero no por mucho.

En otra habitación, Olga también abrió los ojos, no fue un despertar normal.

Fue ese tipo de despertar en el que el cuerpo se adelanta a la mente, como si algo interno gritara “levántate”.

Se quedó unos segundos mirando el techo.

Respirando.

Sintiendo.

Y entonces…

Lo entendió.

Algo no estaba bien.

Se incorporó lentamente, acomodándose la ropa, y salió al pasillo justo cuando Lukas doblaba la esquina.

Se miraron.

Un segundo.

Ese segundo incómodo.

Ese segundo que decía muchas cosas sin decir nada.

Pero esta vez…

No hubo espacio para tonterías.

—Algo pasó— dijo él, directo.

Olga frunció el ceño.

—Lo sé.

Y eso fue suficiente.

No tardaron en cruzarse con Irina, que venía desde la otra ala de la casa, ajustándose el suéter, todavía con el cabello algo desordenado.

—¿Por qué siento que nadie durmió bien?— murmuró.

—Porque probablemente nadie debía hacerlo— respondió Olga con seriedad.

Irina las miró a ambos.

Y entonces…

Notó algo.

—¿Dónde está el señor Viktor?

Silencio.

Pesado.

Lukas fue el primero en responder.

—Se fue.

Las palabras cayeron.

Secas.

Sin adornos.

—¿Cómo que se fue?— preguntó Irina, ahora completamente despierta.

—Solo— añadió Lukas. —De madrugada. Yo lo vi salir.

Olga sintió un golpe en el pecho.

—¿Dijo algo?

—Nada.

—¿A dónde iba?

Lukas negó.

—Pero…— dudó un segundo. —No se veía bien.

Esa frase…

Esa maldita frase…

Encajó demasiado bien.

Porque todos sabían lo que significaba.

—No…— susurró Olga, llevándose una mano a la cabeza. —No, no, no…

Irina la miró.

—¿Qué pasa?

Olga cerró los ojos un segundo.

—Eso significa que ya tomó una decisión.

Y cuando Viktor Ivanov tomaba una decisión así…

No era algo pequeño, era algo definitivo.

—Hay que avisarle a los demás— dijo Lukas.

Y no hubo discusión.

Porque ya no era un tema individual.

Era de todos.

Carl fue el siguiente en enterarse.

Y no reaccionó bien.

—¡¿CÓMO QUE SE FUE SOLO?!— su voz retumbó en la sala apenas bajó las escaleras, todavía con la camiseta mal puesta y el cabello completamente desordenado.

Elena venía detrás.

Más silenciosa.

Pero no menos afectada.

—Explícate— exigió Carl, mirando directamente a Lukas.

Y Lukas lo hizo.

Todo.

Desde el momento en que lo vio salir… hasta esa sensación que no podía quitarse.

Carl apretó los dientes.

—Ese idiota…— murmuró.

Pero no lo dijo con desprecio, lo dijo con miedo.

Elena bajó la mirada un segundo.

Y luego habló.

—Fue por ella.

No era pregunta, era afirmación, y nadie la contradijo.

En ese momento, el sonido de un teléfono rompió el ambiente.

Olga reaccionó de inmediato, era el suyo, lo sacó.

Miró la pantalla.

—Ana.

Contestó.

—¿Sí?

La voz al otro lado no tardó en responder.

—Olga…— la voz de Ana sonaba cansada… pero firme. —¿Viktor está ahí?

Ese simple detalle… ya lo decía todo.

Olga cerró los ojos un segundo. —No.

Silencio al otro lado, corto, pero suficiente.

—Se fue— añadió Olga.

—Lo sé.

Eso hizo que todos levantaran la mirada.

—¿Cómo que lo sabes?— preguntó Irina.

—Porque Sofía también lo sabe— respondió Ana.

Y esa frase… cayó como una bomba.

—¿Sofía está bien?— preguntó Elena de inmediato, avanzando un paso.

—Acaba de dar a luz— respondió Ana.

Silencio total.

Ni una respiración.

—¿Qué?— murmuró Carl, completamente desconcertado.

—La bebé está bien— añadió Ana rápidamente. —Las dos están bien… pero…

Ese “pero”…

Nadie quería escucharlo.

—Sofía quiere ir tras él.

Ahí se rompió todo.

—Ni se le ocurra— soltó Carl de inmediato.

—No va a poder detenerla— respondió Ana. —Ya la conocen.

Sí.

La conocían.

Y eso era exactamente lo preocupante. En ese mismo momento, otra línea se activó.

Dimitri.

No había estado en la mansión, pero tampoco estaba desconectado.

—Ana— su voz entró directa, sin rodeos. —¿Qué está pasando?

Ana suspiró.

—Viktor se adelantó.

Silencio.

Pesado.

—Maldita sea…— murmuró Dimitri al otro lado.

—Sofía ya dio a luz— añadió ella.

Otro silencio.

Más profundo.

—¿Y aun así quiere ir?

—Sí.

Dimitri exhaló con fuerza.

—Entonces no hay tiempo.

Su tono cambió, se volvió operativo, frío.

Enfocado.

—Escúchame bien— dijo. —Nadie se mueve solo. Nadie hace locuras. Esa mujer no es un objetivo cualquiera.

—Lo sabemos— respondió Ana.

—No— corrigió Dimitri. —No lo saben.

Esa diferencia…

Era importante.

—Voy para allá— añadió. —Y cuando llegue… vamos a hacer esto bien.

Pero incluso mientras lo decía… sabía, sabía perfectamente… que ya iban tarde.

En la mansión, el ambiente ya no era el mismo.

Ya no había calma, ya no había rutina, solo una verdad, todos estaban dentro de esto ahora.

Sin excepción.

Carl se pasó las manos por el rostro.

—Ese imbécil nos dejó fuera a propósito…

—Para protegerlos— dijo Elena en voz baja.

—¡No se protege así!— respondió él.

Pero en el fondo… sabía que sí, que ese era exactamente el tipo de cosa que Viktor haría.

Olga permanecía en silencio, pero su mente iba rápido, demasiado rápido, recordando, uniendo.

Y entonces… habló.

—Si fue donde creemos… no fue a pelear.

Todos la miraron.

—Fue a entregarse.

Y esa frase… fue la que terminó de encender el miedo real.

Porque ahora sí… ya no era una sospecha, era una posibilidad concreta, y mientras todos empezaban a moverse… a organizarse, areaccionar… había algo que ninguno podía ignorar.

El tiempo, porque en alguna parte de Moscú…

Viktor Ivanov ya estaba frente a Krasnova, y en otra… Sofía acababa de traer una vida al mundo…con la firme intención de no dejar que la suya se apagara, ycuando esos dos caminos chocaran…

No iba a haber forma de salir intactos, ni para ellos, ni para nadie.

El silencio que quedó después de esa última frase no fue vacío.

Fue denso.

Pesado.

Como si el aire mismo se hubiera vuelto más difícil de respirar. Nadie hablaba… pero todos estaban pensando lo mismo.

Viktor no fue a negociar.

Fue a entregarse.

Y eso cambiaba todo.

Carl fue el primero en moverse otra vez, incapaz de quedarse quieto.

Caminó de un lado a otro, pasándose las manos por el cabello, apretando la mandíbula con fuerza.

—No… no, esto no puede ser así— murmuró. —No puede decidir eso solo, maldita sea…

Elena lo observaba, su expresión no era de enojo, era de comprensión… mezclada con miedo.

Porque ella también lo conocía.

Y sabía que sí.

Que podía.

—Carl…— dijo en voz baja. —Si él cree que es la única forma de mantenernos a salvo…

—¡Pues se equivoca!— la interrumpió él, girándose de golpe. —Porque no lo está haciendo mejor, lo está empeorando todo.

Pero su voz… temblaba.

No de rabia.

De impotencia.

Porque había una verdad incómoda detrás de todo eso.

Viktor no estaba huyendo, estaba enfrentando.

A su manera.

La peor posible.

Olga permanecía cerca de la ventana, con los brazos cruzados, mirando hacia el exterior como si pudiera ver más allá de los muros, más allá de la ciudad… hasta llegar directamente a donde él estaba.

Su mente no dejaba de trabajar, cada detalle, cada conversación, cada gesto de los últimos días.

Todo encajaba ahora.

Demasiado bien.

—Él ya lo tenía decidido…— murmuró.

Irina la miró.

—¿Desde cuándo?

Olga tardó en responder.

—Desde que entendió quién era ella de verdad.

El nombre no hacía falta.

Krasnova.

Ese nombre ya se había instalado en todos.

Como una sombra.

Como una presencia constante… incluso cuando no estaba ahí.

—Entonces esto no es impulsivo…— dijo Irina, más para sí misma que para los demás.

—No— respondió Olga—. Esto es premeditado.

Y eso…

Eso lo hacía aún peor.

El teléfono de Olga volvió a vibrar.

Dimitri.

Esta vez no era Ana.

Contestó de inmediato.

—Habla.

—Estoy a diez minutos— dijo él, sin rodeos. —Quiero que todos estén listos cuando llegue.

—¿Listos para qué exactamente?— preguntó Carl desde el fondo, alzando la voz lo suficiente para que se escuchara.

Dimitri no dudó.

—Para lo que venga.

Esa respuesta no tranquilizó a nadie.

Pero era la única real.

—¿Sofía?— preguntó Olga.

Hubo una pausa breve.

—Sigue en la clínica— respondió Dimitri. —Pero no va a quedarse ahí mucho tiempo.

Olga cerró los ojos un segundo.

—Lo sé.

—Entonces escuchen bien— continuó él. —Nadie se separa. Nadie actúa por su cuenta. Esa mujer juega con ventaja… y no podemos darle más.

—¿Y Viktor?— preguntó Irina.

Otra pausa.

Más pesada.

—Si sigue vivo… lo vamos a sacar.

Si.

Sigue.

Vivo.

Nadie comentó eso.

Pero todos lo escucharon.

En la clínica…

El ambiente era completamente distinto.

Más controlado.

Más ordenado.

Pero no menos tenso.

Sofía estaba recostada, con la bebé en brazos, envuelta en mantas suaves, respirando tranquila, ajena a todo lo que estaba ocurriendo afuera.

Ana había terminado de revisar todo.

Físicamente, ambas estaban bien.

Milagrosamente bien, pero emocionalmente… eso era otra historia. Sofía no hablaba mucho, pero tampoco estaba ausente.

Estaba… enfocada.

Demasiado.

Sus dedos se movían lentamente sobre la pequeña espalda de la bebé, trazando patrones inconscientes, como si necesitara asegurarse constantemente de que estaba ahí.

De que era real.

—Deberías descansar— dijo Ana con suavidad, acercándose.

Sofía negó apenas.

—No puedo.

—Acabas de dar a luz.

—Y él acaba de ir a entregarse.

Ana apretó los labios.

No había forma de discutir contra eso.

—Sofía…

—No me digas que me calme— la interrumpió, sin levantar la voz, pero con una firmeza que no dejaba espacio. —No ahora.

Ana suspiró.

Se sentó a su lado.

—Dimitri ya viene en camino.

Sofía asintió levemente.

—Bien.

—Quiere organizar todo antes de actuar.

Eso sí hizo que Sofía girara la cabeza.

—No hay tiempo para organizar.

—Siempre lo hay— respondió Ana. —Y es lo que nos mantiene vivos.

Sofía la miró.

Y por un segundo… se vio la lucha, entre la razón… y el impulso.

—Si vamos sin pensar…— continuó Ana. —No solo lo perdemos a él. Nos perdemos todos.

Esa frase… golpeó fuerte, porque era verdad.

Maldita verdad, Sofía bajó la mirada hacia su hija.

Su expresión se suavizó.

Pero no perdió fuerza.

—Entonces piensen rápido.

Ana no pudo evitar una pequeña sonrisa.

—Eso lo hará Dimitri.

De vuelta en la mansión… el tiempo se sentía diferente.

Más corto.

Más urgente.

Carl ya estaba vestido completamente, caminando hacia la puerta como si fuera a salir en cualquier momento.

Elena lo detuvo.

—No vas a ir solo.

—No pienso quedarme aquí esperando— respondió él.

—Y no lo harás— dijo ella. —Pero no vas a hacer lo mismo que Viktor.

Eso lo frenó.

Solo un segundo.

Pero suficiente.

—No lo compares conmigo— murmuró.

—No lo hago— respondió Elena. —Solo te estoy recordando que ahora no eres tú solo.

Sus manos bajaron instintivamente hacia su abdomen.

Y Carl la miró, ahí estaba, la razón, otra, una más.

El peso de todo, exhaló con fuerza.

—Maldita sea…

Pero no discutió más.

Irina ya estaba organizando cosas.

Ropa.

Botiquines.

Documentos.

Todo lo que pudiera ser necesario, porque si algo tenía claro… era que esto no iba a resolverse rápido.

—Prepárense para moverse— dijo, más práctica que nunca.

Olga asintió, pero su mente… seguía en otro lado.

Y sin darse cuenta… sus ojos buscaron a Lukas.

Él estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, completamente serio.

Ya no había rastro del chico incómodo de la noche anterior.

Ahora parecía… otra cosa, más firme más presente.

—Tú vienes— dijo Olga de pronto.

Lukas levantó la mirada. —¿Disculpa?

—Vienes con nosotros.

Él no dudó. —Claro.

Y eso… le sacó una pequeña reacción, casi invisible, pero ahí estuvo, porque no preguntó.

No dudó, solo aceptó y en medio de todo ese caos… ese pequeño detalle… no pasó desapercibido, el sonido de un vehículo acercándose rompió la tensión.

Dimitri.

Finalmente.

La puerta se abrió con fuerza, y su presencia llenó el espacio al instante.

Directo.

Serio.

En control.

Su mirada recorrió a todos rápidamente, evaluando, midiendo, entendiendo.

—Bien— dijo. —Escuchen.

No perdió tiempo.

—Tenemos una sola oportunidad de hacer esto bien.

Se acercó más.

—Krasnova no es solo una mujer con recursos. Es paciente. Es inteligente. Y ya demostró que no necesita fuerza para destruir.

El frasco.

El recuerdo volvió a todos.

—Eso significa que no vamos a entrar como idiotas a su terreno— continuó. —Vamos a pensar.

—Mientras él está allá solo— soltó Carl.

Dimitri lo miró.

—Y si entras corriendo… lo único que vas a lograr es darle exactamente lo que quiere.

Silencio.

Carl apretó los dientes, pero no respondió, porque sabía… que tenía razón.

—¿Y Sofía?— preguntó Olga.

—Va a intentar ir— respondió Dimitri. —Eso es seguro.

—Entonces tenemos que detenerla— dijo Irina.

—No— corrigió Dimitri. —Tenemos que llegar antes que ella.

Esa diferencia… era clave, en la clínica… Sofía ya se estaba moviendo, despacio, pero decidida.

Ana la miró.

—Ni lo intentes.

—No me voy a quedar— respondió Sofía, acomodando mejor a la bebé.

—No puedes ni caminar bien.

—Entonces caminaré mal.

Ana soltó una pequeña risa incrédula.

—Eres imposible.

Sofía la miró.

—Y tú lo sabías antes de que me trajeras aquí.

Eso…

Le ganó.

Ana negó con la cabeza.

—Dame al menos diez minutos.

—Cinco.

—Diez.

—Ocho.

Ana suspiró.

—Ocho.

Y eso fue todo, el acuerdo silencioso, el punto medio entre locura y lógica, el tiempo corría para todos, en direcciones distintas, pero hacia el mismo lugar, porque ya no había forma de evitarlo.

Viktor.

Sofía.

Krasnova.

Dimitri.

Todos.

Se estaban moviendo y cuando finalmente se encontraran… no iba a haber espacio para errores, ni para segundas oportunidades.

Porque esta vez… no era solo una pelea, era el final de algo, o el comienzo de algo peor.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App