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Capítulo 233: Cuando huir parece la única salida.

La mansión estaba en silencio, pero no era un silencio de descanso… era ese silencio raro, pesado, como si las paredes mismas estuvieran escuchando, esperando, guardando algo que todavía no terminaba de explotar. Afuera, Moscú seguía viva, ruidosa, indiferente, pero dentro… dentro todo se sentía contenido, como si el tiempo estuviera caminando con cuidado para no romper nada.

La puerta principal se abrió con un golpe seco.

Dimitri entró sin anunciarse, sin quitarse siquiera el abrigo, con ese aire de quien no trae buenas noticias y tampoco piensa maquillarlas. Caminó directo, cruzando el vestíbulo con paso firme, hasta encontrar a Viktor en la sala principal, de pie, mirando hacia la ventana, como si pudiera ver más allá de la ciudad… como si estuviera intentando encontrar respuestas en algún punto invisible.

No se giró de inmediato.

—Llegaste— dijo simplemente.

No fue pregunta.

Dimitri se detuvo a unos metros. —Sí.

El silencio fue corto y pesado.

—Habla.

Viktor seguía de espaldas, pero su postura lo decía todo. Estaba tenso. Cansado. Al límite.

Dimitri no dio vueltas. —La sustancia… es real. Y es peor de lo que pensábamos.

Eso hizo que Viktor girara lentamente. Sus ojos estaban distintos. Más oscuros.

—Explícate.

Dimitri avanzó un poco más, metiendo la mano en el bolsillo como si aún sintiera el peso del frasco aunque ya no lo tuviera encima.

—No es un simple somnífero. Es una mezcla. Varias bases. Cada una con efectos distintos… y juntas, pueden hacer mucho más que dormir a alguien.

Viktor frunció el ceño. —¿Cuánto más?

Dimitri lo miró directo.

—Depende de la dosis… pero lo suficiente como para que alguien no despierte nunca.

Silencio.

Viktor pasó una mano por su rostro, exhalando con fuerza.

—Perfecto… jodidamente perfecto.

Dimitri continuó.

—El tipo que lo creó… no trabajaba solo. Eran varios. Todos murieron.

—¿Cómo?

—Exposición.

Viktor soltó una risa seca, sin humor. —Qué irónico.

—Los papeles con la fórmula completa… fueron robados.

Eso sí lo hizo reaccionar de verdad.

—¿Robados?

—Sí. Y nadie sabe por quién.

Los segundos pasaron lento, y entonces…

—Pero eso no es lo peor— añadió Dimitri.

Viktor ya lo estaba sintiendo.

—Dímelo de una vez.

Dimitri no suavizó nada.

—El último frasco que tenía ese tipo… lo vendió... a Yuri.

El aire se volvió denso, todavía más esado, casi insoportable.

Viktor se quedó quieto, completamente quieto, como si su cuerpo necesitara un segundo extra para procesarlo… pero su mente ya iba mucho más adelante.

—Claro…— murmuró, casi para sí mismo —claro que sí… ¿por qué no?

Se alejó un par de pasos, pasando la mano por su cabello, desordenándolo, caminando sin rumbo fijo dentro de la sala.

—Entonces ahora esa vieja tiene acceso a una cosa que puede dormir a cualquiera en segundos… y tal vez algo peor si aprende a usarlo bien.

Dimitri no respondió, no hacía falta por supuesto.

Viktor se detuvo de golpe. —¿Sabes qué es lo peor de todo esto?

Lo miró.

—Que no tengo ni idea de cómo joderla.

La frustración en su voz ya no estaba contenida.

—No la vemos venir, no sabemos dónde está, no sabemos cuánto sabe, no sabemos qué tiene… ¡y mientras tanto ella entra a mi casa como si nada!

Golpeó la mesa con el puño.

Seco.

Fuerte.

—¡Como si nada, Dimitri!

El eco retumbó en la sala, y Dimitri lo dejó soltarlo, porque lo necesitaba.

—Se acercó a Sofía— continuó Viktor, ahora con la voz más baja pero más cargada. —La tuvo en frente. Pudo haberla matado… y no lo hizo.

Eso era lo que más le dolía.

—Eso no es improvisado. Eso es… juego.

Dimitri asintió levemente.

—Te está midiendo.

—No— corrigió Viktor, negando con la cabeza. —Me está arrastrando.

Viktor soltó algo que ni él mismo había considerado en voz alta hasta ese momento.

—Deberíamos irnos.

Dimitri no reaccionó de inmediato.

—¿Qué?

—Irnos— repitió Viktor, ahora mirándolo directo. Salir del país. Desaparecer un tiempo. Alaska, Canadá, lo que sea… un lugar donde esa mujer no tenga alcance inmediato.

Dimitri lo observó con atención.

—¿Hablas en serio?

—Más que nunca— respondió Viktor sin dudar. —Esto ya no es un negocio, no es una pelea entre mafiosos… esto es personal, Dimitri. Y cuando alguien juega así… no hay reglas.

Se acercó más.

—Tengo a Sofía embarazada. Tengo niños en la casa. Tengo gente que no pidió estar metida en esto… y esa vieja ya cruzó la puerta una vez.

Silencio.

—No pienso esperar a que lo haga otra vez.

Dimitri cruzó los brazos, pensativo. —¿Y huir va a solucionar algo?

Viktor apretó la mandíbula. —Va a ganar tiempo.

—¿Para qué?

Esa pregunta cayó pesada.

Porque Viktor… no tenía respuesta clara. —Para pensar— dijo al final. —Porque ahora mismo…

Se llevó la mano a la sien. —Estoy bloqueado.

Eso sí era raro y peligroso.

Viktor no era de los que se quedaban sin jugadas.

—No veo el camino— continuó, más bajo. —No veo por dónde atacarla. No sé dónde está parada… y cada paso que damos parece que ya lo hubiera previsto.

Dimitri lo observó en silencio unos segundos.

Evaluando y midiendo. —Te está sacando de tu terreno— dijo finalmente.

Viktor soltó una risa amarga. —Ya lo logró.

Silencio otra vez, pero esta vez… distinto, más frío, más estratégico.

Dimitri dio un paso al frente. —Entonces no huyas.

Viktor lo miró, serio. —¿Ah no?

—Muévete— corrigió Dimitri. —No es lo mismo.— levanta la mirada y lo mira fijamente. —Si te vas como si estuvieras escapando… ella gana.

Otro segundo.

—Pero si te mueves… si cambias el tablero… entonces la obligas a reaccionar.

Viktor entrecerró los ojos. —¿Y qué propones?

Dimitri no respondió de inmediato.

Pero cuando lo hizo…

Su voz fue firme.

—Dejar de esperar a que ella aparezca… y empezar a hacer que no tenga opción más que hacerlo.

El silencio que siguió… ya no era de frustración.

Era de peligro. Porque por primera vez desde que todo empezó… No estaban pensando en sobrevivir. Estaban empezando a pensar… en cazar. Y eso… lo cambiaba todo.

La tensión seguía flotando en el aire como una cuerda demasiado estirada, a punto de romperse, cuando el sonido de un vehículo deteniéndose frente a la mansión cortó de golpe el hilo invisible que sostenía la conversación entre Viktor y Dimitri. No fue un sonido cualquiera; fue uno cargado de vida, de movimiento, de algo completamente opuesto a la oscuridad que acababan de estar analizando.

Ambos alzaron la mirada casi al mismo tiempo, como si sus cuerpos reaccionaran antes que sus pensamientos, y por un instante ese peso que tenían encima se vio obligado a retroceder, aunque fuera solo un poco.

Viktor fue el primero en moverse, girando el rostro hacia la entrada con una mezcla de sorpresa y alivio que no se molestó en ocultar. Dimitri, por su parte, exhaló por la nariz, relajando apenas los hombros, porque incluso en medio del caos, había presencias que lograban cambiar el ambiente sin esfuerzo.

La puerta se abrió sin demasiada ceremonia, y lo primero que entró fue Carl, con el cabello aún desordenado, la camisa ligeramente arrugada y esa expresión que mezclaba cansancio extremo con una emoción contenida que no sabía ni cómo manejar. Detrás de él, Elena sostenía al bebé con cuidado, envuelto en una manta que apenas dejaba ver su pequeño rostro, y a su lado Ana caminaba con esa seguridad tranquila que parecía sostenerlo todo, como si nada pudiera salirse de control mientras ella estuviera presente.

El aire cambió.

No fue algo dramático ni ruidoso, pero sí lo suficiente como para que la tensión que antes parecía imposible de romper… simplemente se diluyera, como humo que se dispersa cuando abres una ventana.

—Vaya…— murmuró Dimitri, avanzando un par de pasos, y aunque saludó a todos con un leve gesto de cabeza, su mirada se detuvo directamente en Ana, recorriéndola rápido, casi evaluando, como si quisiera asegurarse de que estaba bien, de que no había pasado nada en el trayecto, de que todo seguía en orden dentro de lo poco que podían controlar.

—¿Todo bien?— preguntó, sin rodeos, pero con un tono que suavizaba la preocupación.

Ana asintió con una pequeña sonrisa, cansada pero firme.

—Todo bajo control. Llegamos sin problemas… aunque este— dijo, mirando de reojo a Carl con una leve curva divertida en los labios —casi no sobrevive al estrés.

Carl soltó una risa corta, pasándose la mano por el rostro.

—Oye, dame un poco de crédito… que casi tengo un hijo en pleno vuelo y ahora otro fuera de la clínica, déjame respirar un segundo.

Elena negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír, acomodando mejor al bebé entre sus brazos, y en ese gesto había algo distinto, algo más suave, más presente, como si cada segundo ahora tuviera un peso emocional que antes no dejaba salir.

Dimitri se acercó un poco más a Ana, bajando la voz apenas.

—¿Nadie los siguió? ¿Nada raro?

Ella negó con firmeza.

—Nada. Todo tranquilo. Demasiado, diría yo.

Ese “demasiado” no pasó desapercibido, pero ninguno profundizó. No en ese momento.

Mientras tanto, Viktor había dado un paso atrás, observando la escena con una expresión que se suavizaba poco a poco. Por unos segundos había olvidado todo lo que acababan de discutir, todo lo que lo tenía al borde del colapso mental, porque verlos ahí… vivos, juntos, con un bebé en brazos… le recordaba exactamente por qué estaba peleando todo esto.

Y eso le dio algo que hacía unos minutos no tenía.

Aire.

—Bueno…— dijo finalmente, soltando una leve risa por lo bajo —supongo que esta casa necesitaba un poco más de caos, ¿no?

Carl lo miró con una sonrisa cansada.

—Ni te imaginas.

Viktor negó con la cabeza, acercándose un poco más, pero sin invadir el espacio del bebé.

—Me alegra verlos bien… de verdad.

Y no era una frase vacía.

Se notaba.

Luego, como si de repente recordara en dónde estaban y quiénes faltaban, chasqueó la lengua suavemente.

—Voy a avisar.

Dimitri alzó una ceja.

—¿A quién?

Viktor ya se estaba girando.

—A Sofía…— respondió, con una sonrisa que ya no tenía nada de tensión —y a Doña María… que seguro en cinco minutos convierte esto en una fiesta con comida para veinte personas.

Carl soltó una risa.

—Eso sí que no lo dudo.

—Y a los niños— añadió Viktor mientras comenzaba a caminar —porque si no los despiertan ahora… cuando se enteren después, nos van a armar un escándalo.

Sin esperar respuesta, se dirigió hacia las escaleras, subiéndolas con paso rápido, casi ansioso, como si necesitara compartir esa noticia lo antes posible, como si ese pequeño momento de alegría fuera algo que debía multiplicarse antes de que la realidad volviera a caer encima.

No tardó mucho.

Apenas unos minutos después, se escucharon pasos apresurados arriba, una puerta abriéndose, voces, y luego… Sofía apareció.

Bajó casi corriendo, pero con ese cuidado instintivo que ahora tenía en cada movimiento por su embarazo, sosteniéndose ligeramente del pasamanos sin siquiera darse cuenta de que lo hacía. Sus ojos buscaban, urgentes, y cuando finalmente encontró a Elena… todo lo demás desapareció.

—¡Elena!— exclamó, acercándose sin dudar, pero frenando justo a tiempo para no chocar contra ella, llevando las manos hacia sus brazos con una mezcla de emoción y delicadeza.

La abrazó con cuidado, inclinándose lo suficiente para no incomodar al bebé, y en ese gesto había tanta calidez, tanto alivio, que Elena simplemente cerró los ojos un segundo, recibiéndolo.

—¿Pero por qué tan rápido?— preguntó Sofía, separándose apenas para mirarla mejor. —Pensé que te quedarías más tiempo en la clínica.

Elena sonrió, cansada pero sincera.

—Fue decisión mía… y de este testarudo— dijo, mirando a Carl. —No quería quedarme más tiempo del necesario.

Carl levantó las manos en defensa.

—Oye, yo solo apoyé la moción.

Elena rodó los ojos, pero luego volvió a mirar a Sofía.

—Además…— añadió con un tono más bajo —con todo lo que está pasando… preferí volver a casa.

Sofía entendió más de lo que Elena dijo en voz alta, pero no lo señaló. Solo asintió, suavizando la expresión.

—Hiciste bien.

Luego bajó la mirada hacia el bebé, y sus ojos cambiaron completamente, llenándose de una ternura inmediata.

—¿Y él?— preguntó en voz baja, como si el simple volumen pudiera despertarlo.

Elena acomodó un poco la manta, dejando ver mejor su pequeño rostro.

—Está perfecto… fuerte… y con un carácter que ya promete.

Sofía sonrió, llevando una mano a su vientre casi por reflejo.

—Otro más para hacer travesuras con los demás…

En ese momento, Doña María apareció desde el fondo del pasillo como si hubiera sido invocada por la palabra “bebé”, con las manos en la cintura y los ojos brillando de emoción.

—¡Ay, pero miren eso!— exclamó, acercándose sin perder tiempo. —¡Otro angelito en la casa!

Se inclinó apenas, mirando al pequeño con una sonrisa enorme.

—Esto sí merece celebración… ¡ya mismo me pongo a cocinar algo como Dios manda!

Nadie la detuvo y nadie se atrevió.

Porque todos sabían que eso no era una sugerencia… era un hecho.

Y mientras ella desaparecía hacia la cocina con esa energía imparable, el ambiente terminó de transformarse por completo. Las risas comenzaron a aparecer, las conversaciones se mezclaron, el cansancio seguía ahí, claro, pero ahora compartido, acompañado, suavizado por la presencia de todos.

Incluso Viktor, que hacía apenas unos minutos estaba considerando huir del país, se permitió quedarse quieto un momento, observando la escena, dejando que ese pequeño respiro se instalara en su pecho.

Porque sí… La amenaza seguía ahí. Krasnova no había desaparecido, el peligro era real, pero por ahora… por unos minutos al menos… había algo más fuerte llenando la casa.

Y eso… era exactamente lo que necesitaban para no perder la cabeza antes de tiempo.

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