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Capítulo 232: Donde el lujo esconde veneno.

La noche en Moscú caía con ese peso elegante y peligroso que parecía cubrirlo todo con una capa de mentira bien vestida. Dimitri no dijo una sola palabra cuando el vehículo se detuvo frente al bar. Desde afuera, el lugar era exactamente lo que prometía: decadente, sucio, con luces parpadeantes que parecían a punto de morir, un par de borrachos en la entrada y un letrero medio roto que no inspiraba ni confianza ni curiosidad. Un sitio al que nadie importante iría… y precisamente por eso, era perfecto.

Pero Dimitri no era ningún idiota.

—Aquí es— murmuró Sergei, ajustándose el cuello del traje oscuro que contrastaba con el entorno miserable.

—Claro que es aquí— respondió Boris con un dejo de sarcasmo, mirando alrededor—. Donde huele mal… siempre hay algo podrido escondido.

Dimitri soltó un leve suspiro por la nariz, acomodándose la máscara blanca que cubría la mitad de su rostro. El antifaz no era un capricho. Era una regla. Una señal. Una advertencia. Ahí abajo nadie tenía nombre, nadie tenía historia… solo negocios.

—Recuerden a qué vinimos— dijo finalmente, con voz baja pero firme—. Nada de distracciones. Nada de juegos. Buscamos información, no problemas.

Boris soltó una risa baja.

—En un lugar así… es lo mismo.

Dimitri no respondió. Simplemente abrió la puerta.

El contraste fue inmediato.

El olor a alcohol barato desapareció. El ruido vulgar se apagó. Y en su lugar, un ambiente completamente distinto los envolvió. El interior del bar era… limpio. Demasiado limpio. Luces cálidas, madera pulida, música suave de fondo, y gente… bien vestida. No eran clientes normales. Nadie ahí lo era.

Un hombre alto, trajeado, se acercó sin perder tiempo.

—Invitación.

Dimitri sacó una tarjeta negra sin decir palabra. El hombre la observó apenas un segundo antes de asentir.

—Síganme.

Sin preguntas. Sin rodeos.

Cruzaron el bar, pasando entre mesas donde las conversaciones eran susurros y las miradas evitaban encontrarse. Nadie quería recordar rostros. Nadie quería ser recordado.

Al fondo, una puerta.

El hombre la abrió.

Y el verdadero mundo se reveló.

Una escalera descendente, iluminada con luces tenues, como si cada paso hacia abajo los alejara más de la realidad. Dimitri bajó primero, seguido por Sergei y Boris. El sonido cambió otra vez. Fichas, risas controladas, copas chocando… dinero moviéndose.

Mucho dinero.

Cuando llegaron al final, otra puerta.

Y al abrirse…

El casino clandestino se desplegó ante ellos en todo su esplendor.

Era enorme.

Demasiado grande para existir debajo de algo tan miserable.

Candelabros elegantes, mesas de juego impecables, mujeres y hombres vestidos como si estuvieran en una gala de alto nivel. Todo brillaba. Todo respiraba lujo. Pero debajo de esa belleza… había algo más.

Algo sucio.

Algo peligroso.

Dimitri avanzó con calma, sus ojos recorriendo cada rincón, analizando salidas, rostros, movimientos. Sergei se quedó un paso detrás, atento. Boris, como siempre, parecía relajado… pero sus ojos no dejaban de moverse.

—Hermoso lugar para vender muerte— murmuró Boris.

—Concéntrate— respondió Dimitri.

Un hombre con traje gris se acercó, sonrisa perfecta, ojos vacíos.

—Bienvenidos— dijo con una voz suave. —¿Primera vez aquí?

—No— respondió Dimitri sin titubear. —Pero hace tiempo que no venía.

El hombre asintió, como si eso fuera suficiente.

—Entonces ya sabe cómo funciona. Aquí no se hacen preguntas innecesarias… pero siempre hay alguien dispuesto a responder las correctas.

Dimitri inclinó apenas la cabeza.

—Busco a alguien que vende… sustancias especiales.

El hombre sonrió un poco más.

—Aquí todos venden algo especial.

—Esto no es común— añadió Dimitri, sacando discretamente el pequeño frasco envuelto que habían preparado como referencia. —Inhalación. Efecto inmediato. Pérdida de conciencia sin daño aparente… pero con potencial de algo más.

El hombre no tocó el frasco. Solo lo miró.

Y por primera vez… su sonrisa se volvió real.

—Ah…— murmuró. —Así que están buscando eso.

Sergei y Boris intercambiaron una mirada rápida.

Dimitri no se movió.

—Entonces sabes de qué hablo.

—Sé… lo suficiente— respondió el hombre. —Pero no soy quien puede ayudarles directamente.

—¿Quién entonces?

El hombre giró levemente la cabeza, señalando con discreción hacia el fondo del salón, donde una zona más privada estaba delimitada por cortinas oscuras y guardias que no fingían ser decoración.

—Allá.

Dimitri siguió la mirada.

—Pero les advierto— añadió el hombre, volviendo a mirarlo. —Si van a hablar con él… más les vale saber exactamente qué están haciendo. Porque ese tipo de “producto”… no lo maneja cualquiera.

Boris sonrió de lado. —Perfecto. No vinimos a comprar perfumes.

El hombre soltó una leve risa. —Eso espero.

Dimitri guardó el frasco nuevamente. —Gracias.

—No me agradezca todavía— respondió el hombre. —Allá abajo… los errores no se perdonan.

Dimitri no respondió. Simplemente comenzó a caminar hacia la zona indicada.

Cada paso se sentía más pesado.

Más… tenso.

Porque algo le decía… que estaban más cerca de lo que querían. Y al mismo tiempo… más dentro de algo de lo que tal vez no podrían salir tan fácilmente.

Mientras avanzaban, Sergei se inclinó apenas hacia Dimitri. —¿Crees que sea el mismo?

Dimitri no apartó la mirada del frente. —No lo sé.

Boris, por el otro lado, murmuró con una media sonrisa:

—Pero si lo es… entonces esa vieja no está jugando.

Dimitri entrecerró los ojos.

—Nunca lo estuvo.

Y sin detenerse…

Cruzaron la línea invisible que separaba el juego… de algo mucho más serio.

Algo que olía… peligrosamente parecido a guerra.

La cortina se cerró tras ellos con un susurro pesado, como si el propio lugar decidiera aislar lo que estaba a punto de ocurrir. El ambiente cambió de inmediato; el lujo del casino quedaba atrás y aquí… aquí no había espectáculo, solo intención. Fría, directa, peligrosa. Un espacio reducido, casi claustrofóbico, donde el aire olía a químicos, a metal, a algo que no debía respirarse sin pensarlo dos veces.

Apenas dieron dos pasos, una voz surgió desde la penumbra.

—Uno solo.

No fue una sugerencia.

Fue una orden.

El hombre estaba sentado al otro lado de la mesa de madera desgastada, iluminado apenas por una lámpara colgante que dejaba su rostro a medias en sombra. Delgado, ojeroso, con dedos manchados y una quietud inquietante. No parecía un mafioso. No parecía un comerciante.

Parecía un científico… de los que cruzan líneas sin mirar atrás.

Dimitri no se detuvo, pero tampoco avanzó de inmediato.

Sergei y Boris intercambiaron una mirada breve… y sin decir nada, casi al mismo tiempo, sacaron un grueso fajo de billetes cada uno. El sonido del papel al acomodarse fue seco, contundente. No era una oferta… era una declaración.

No lo iban a dejar solo.

Los dos se posicionaron apenas medio paso detrás de Dimitri, sólidos, firmes.

El hombre observó el gesto en silencio, hasta que pasó un segundo... dos... y luego… sonrió apenas.

—Supongo que… hoy estoy de buen humor.

No discutió más.

Levantó la mano, indicando que se acercaran.

—Pero no me gusta repetir condiciones.

Dimitri avanzó sin titubear, los otros dos con él. Cada paso hacía crujir levemente el suelo, y mientras más se acercaban, más evidente se volvía el entorno: tubos de ensayo, matraces, sustancias de colores apenas visibles en frascos mal etiquetados, instrumentos improvisados, fórmulas garabateadas en hojas arrugadas pegadas a las paredes. No era un laboratorio limpio.

Era un taller de creación… y de errores.

Llegaron frente a la mesa, una sola silla.

Dimitri no se sentó.

—Busco información— dijo directo.

El hombre ladeó la cabeza, curioso. —Todos buscan algo aquí.

Dimitri sacó el frasco, esta vez sin ocultarlo, y lo colocó sobre la mesa con un leve golpe seco.

—Esto.

El hombre lo miró y su expresión cambió, no fue sorpresa, fue de reconocimiento, lento, silencioso, oeligroso.

Extendió la mano, tomó el frasco con cuidado, lo giró ligeramente bajo la luz.

—Mhm…

Un asentimiento leve. —Sí… lo conozco.

Sergei se tensó apenas y Boris dejó de moverse por completo.

Dimitri no apartó la mirada. —Entonces habla.

El hombre soltó una pequeña risa nasal. —Impaciente… me gusta.

Apoyó el frasco nuevamente sobre la mesa. —Sí, lo conozco… pero no como crees.

Dimitri entrecerró los ojos. —Explícate.

El hombre se recostó en la silla, cruzando los dedos.

—Yo lo creé.

La tensión se hizo palpable en la sala oscura, el silenció reinó un buen rato.

—Pero no solo— añadió enseguida.

Boris murmuró por lo bajo: —Claro… nunca es tan simple.

El hombre lo ignoró.

—Éramos varios. Cada uno trabajaba con un componente distinto. Diferentes bases, diferentes efectos. Mi parte…— levantó una mano, señalándose con cierta ironía —fue la más “suave”.

Dimitri no dijo nada, pero su mirada se afiló.

—Una planta— continuó el hombre. —Rara. Difícil de encontrar. Tiene la capacidad de adormecer el sistema muscular… incluso el cerebro. No mata. Solo… apaga.

Sergei frunció el ceño. —Eso no suena tan inofensivo.

—No lo es— respondió el hombre con calma. —Porque cuando lo mezclas con los otros componentes… deja de ser solo un sedante.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Se convierte en algo mucho más interesante.

Dimitri apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Dónde están los otros?

El hombre guardó silencio un segundo, y luego... sonrió.

Pero esta vez no había nada amable en eso.

—Muertos.

Dijo sin anestesia, así de simple, el aire se volvió sumamente frío, como si hubieran invocado esos mismos espíritus de sus compañeros, pero me apenas unos segundos.

—¿Cómo?— preguntó Dimitri, aunque ya intuía la respuesta.

El hombre levantó el frasco. —Demasiada exposición.

Lo giró entre sus dedos.

—No calcularon bien. Respiraron más de lo que debían… y el cuerpo simplemente… se rindió. Se durmieron.

Hizo una pequeña pausa.

—Para siempre.

Boris soltó un suspiro bajo. —Bonita forma de morir…

—Eficiente— corrigió el hombre.

Dimitri no reaccionó al comentario. —Entonces tú eres el único que queda.

El hombre negó lentamente. —No exactamente.

Se levantó de la silla, caminando despacio alrededor de la mesa, como si necesitara moverse para ordenar sus pensamientos.

—Quedan rastros. Ideas. Notas incompletas. Pero lo verdaderamente valioso…

Se detuvo. —Los papeles originales…

Dimitri sintió cómo algo se tensaba en su interior.

—Fueron robados.

Y eso... prácticamente fue como echar un balde de agua helada, Dimitri internamente queda exasperado, irritado, un revoltijo de emociones negativas, porque, joder... siempre que están buscando solucionar algo, no llegan a ningún lado, carajo.

Sergei apretó la mandíbula. —¿Quién?

El hombre se encogió de hombros. —Si lo supiera… no estaría aquí.

Se acercó nuevamente a la mesa. —Lo único que sé… es que quien los tiene… no sabe completamente lo que tiene entre manos.

Boris arqueó una ceja.

—¿Y eso nos tranquiliza o nos preocupa más?

—Depende— respondió el hombre. —Porque alguien que no entiende algo así… puede usarlo peor.

Dimitri tomó aire lentamente. —¿Y el frasco?

El hombre miró el que estaba sobre la mesa.

—Ese…— dijo con calma —es de los últimos que existían.

Se inclinó un poco más. —De hecho…— hizo una pausa más. —El último que yo tenía… ya no lo tengo.

Los tres se quedaron quietos.

—¿A quién se lo diste?— preguntó Dimitri, su voz ahora más baja, más peligrosa.

El hombre sonrió. Y esta vez… fue claro.

—A un cliente.

—¿Cuándo?

—Hace unos minutos.

El silencio que siguió fue distinto, más pesado, más… exacto.

Dimitri sintió cómo cada pieza comenzaba a encajar demasiado bien.

Demasiado rápido.

—¿Lo viste salir?— preguntó Sergei.

—Claro— respondió el hombre. —No suelo olvidar caras… menos cuando pagan bien.

Boris dio medio paso adelante.

—Descríbelo.

El hombre no respondió de inmediato.

Solo los miró, uno por uno. Y luego…

—Alto. Fuerte. Traje impecable. Presencia… difícil de ignorar.

Dimitri ya lo sabía, antes de que lo dijera, antes de que el nombre existiera en el aire.

—Yuri— murmuró Boris.

El hombre alzó una ceja. —¿Así se llama?

Dimitri no respondió.

Pero su mirada… se volvió completamente distinta, fría y letal, porque ahora ya no era una sospecha, no era una teoría, era un hecho.

Y mientras el hombre seguía hablando, ajeno al peso real de lo que acababa de confirmar…

Dimitri solo pensaba en una cosa.

Llegaron tarde, jodidamente tarde.

Otra vez.

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