Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo: Un nuevo latido en casa
El murmullo de voces, risas suaves y pasos que iban y venían por la mansión fue interrumpido de pronto por un sonido distinto, uno ligero, rápido, desordenado… pequeños pies golpeando la madera con prisa y emoción desbordada. Nadie necesitó mirar hacia las escaleras para saber quién era. —¡MAMÁ! ¡PAPÁ!— la voz de Misha irrumpió antes de que su figura apareciera, bajando los escalones casi saltando, con el cabello despeinado y los ojos brillando como si le hubieran prometido el mejor secreto del mundo. Carl giró de inmediato, y apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el niño se lanzara contra él, abrazándolo con fuerza a la altura de la cintura. —¡Volvieron!— dijo con esa alegría pura que no conoce filtros. Carl soltó una risa cansada pero completamente rendida, inclinándose para devolverle el abrazo con cuidado. —Claro que volvimos, campeón…— murmuró, despeinándolo un poco más— ¿creías que me iba a perder esto? Misha negó con energía, pero ya estaba buscando con la mirada, inquieto, impaciente, curioso… hasta que la encontró. Elena. Y en sus brazos… El bebé. El mundo de Misha pareció detenerse un segundo. Sus ojos se abrieron más, si es que eso era posible, y todo su rostro cambió, como si algo dentro de él se encendiera de golpe. Se soltó de Carl sin siquiera pensarlo y caminó—no, casi corrió— hacia su madre, frenándose justo frente a ella, como si un instinto le dijera que debía acercarse… pero con cuidado. —¿Es…?— empezó, pero no terminó la frase. No hacía falta. Elena sonrió, esa sonrisa suave que últimamente se le escapaba más fácil, y bajó un poco los brazos para que pudiera ver mejor. —Sí…— respondió con calma—. Es tu hermanito. Misha no dijo nada al principio. Solo miró. Observó ese pequeño rostro, esa piel suave, esos movimientos mínimos, casi imperceptibles… y poco a poco, como si algo le naciera desde el pecho, su expresión se transformó en algo completamente nuevo. Algo más grande que la emoción. Orgullo. —Es… chiquito…— murmuró, como si le costara creerlo. Carl soltó una risa por lo bajo. —Tú también eras así. —¡No!— respondió Misha rápido, frunciendo el ceño—. Yo era más grande. Eso provocó una pequeña risa general, pero nadie lo corrigió. Ese momento le pertenecía. Misha levantó la mirada hacia su madre. —¿Cómo se llama? La pregunta salió con una seriedad inesperada, como si el nombre fuera algo importante, algo que debía respetarse. Elena sostuvo su mirada un segundo, disfrutando ese instante. —Aleksandr— dijo finalmente. El nombre cayó con peso. Fuerte. Claro. Misha repitió en voz baja, probándolo. —Aleksandr… Y luego, de repente, sonrió ampliamente. —¡Me gusta! Elena soltó una risa suave, inclinándose un poco hacia él. —¿Quieres cargarlo? Los ojos de Misha se abrieron otra vez, pero esta vez con una mezcla de emoción y nervios. —¿Yo? —Sí, tú— respondió Carl, acercándose un poco más—. Pero con cuidado, ¿sí? Misha asintió de inmediato, poniéndose más recto, como si de repente le hubieran dado una responsabilidad enorme. Elena, con paciencia, acomodó al bebé en sus brazos, guiando cada movimiento, asegurándose de que lo sostuviera bien, de que se sintiera seguro. —Así…— murmuró—. Sostén su cabeza… despacio… Misha obedecía cada indicación con una concentración absoluta, como si nada más existiera en ese momento. Cuando finalmente tuvo a Aleksandr en sus brazos, se quedó quieto, completamente quieto, mirándolo como si estuviera sosteniendo algo frágil y valioso al mismo tiempo. —Hola…— susurró, acercándose un poco más—. Soy Misha… El bebé se movió apenas, un pequeño gesto, casi reflejo, pero suficiente para que Misha sonriera como si hubiera recibido una respuesta. —Creo que me escuchó…— dijo, en voz baja pero emocionada. Carl apoyó una mano en su hombro. —Claro que te escuchó. En ese momento, Alexei apareció también, más tranquilo pero igual de curioso, acercándose con pasos más medidos, observando la escena con una mezcla de interés y esa picardía que siempre lo acompañaba. Se detuvo a un lado de Misha, mirando al bebé con atención. —Ahora tienes uno— dijo, cruzándose de brazos con aire importante. Misha levantó la mirada. —¿Uno qué? Alexei sonrió de lado. —Un hermanito dragón bebé. Misha parpadeó. —¿Dragón? —Sí— continuó Alexei, señalando ligeramente hacia donde Irina estaba con Nikolai en brazos—. Como yo tengo a Nikolai. Él es mi dragón bebé… y ahora tú tienes el tuyo. Misha miró de nuevo a Aleksandr, como si evaluara la idea. —¿Y qué hacen los dragones bebé? Alexei se encogió de hombros, pero su sonrisa se amplió. —Crecer… y luego hacen travesuras contigo. Eso fue suficiente. Misha asintió con total convicción. —Entonces sí me gusta. Todos rieron suavemente, pero nadie rompió ese pequeño universo que se había formado alrededor de ellos. Sofía observaba desde un poco más atrás, con una mano sobre su vientre, sintiendo cómo algo cálido le llenaba el pecho. Viktor estaba a su lado, sin decir nada, pero con una expresión que lo decía todo… como si ver eso, ver a los niños, a la familia, a la vida moviéndose frente a él, le recordara una vez más por qué no podía fallar. Misha seguía sosteniendo a Aleksandr, ahora un poco más relajado, balanceándose apenas sin darse cuenta. —Voy a enseñarle cosas— dijo de pronto, con total seguridad. Carl alzó una ceja. —¿Ah, sí? ¿Como qué? Misha pensó un segundo. —A correr… a esconderse… a ganar. Alexei soltó una risa. —Primero que aprenda a no llorar por todo. —¡Oye!— protestó Misha—. Los bebés lloran. —Sí, pero los dragones no tanto— respondió Alexei, divertido. Elena negó con la cabeza, pero su sonrisa no desapareció. —Ya veremos qué tipo de dragón resulta ser. Misha bajó la mirada otra vez hacia su hermanito, más tranquilo ahora, más conectado, como si ese pequeño momento hubiera marcado algo importante dentro de él. —Hola, Aleksandr…— murmuró otra vez, más suave—. Yo te cuido. Y aunque lo dijo como un niño... En ese instante… Sonó como una promesa, pero de esas que son verdaderas, de un hermano que sabe que puede cumplir. Ya lo hizo con Alexei aunque no era su hermano de sangre, pero era lo más cercano, y ahora, es capaz de hacerlo también. Misha apenas podía contener la emoción, sus manitas temblaban un poco mientras sostenía a Aleksandr con cuidado, como si temiera que fuera a deshacerse entre sus brazos si lo apretaba demasiado. Sus ojos brillaban con una mezcla de orgullo, ternura y una felicidad tan pura que contagiaba a cualquiera que lo mirara. Elena, a su lado, lo sostenía con delicadeza, guiando sus brazos, asegurándose de que el pequeño estuviera bien apoyado. —Así… suavecito…— le susurró con una sonrisa que no podía ocultar, una sonrisa distinta, más viva, más real, como si cada emoción que antes contenía ahora encontrara salida sin pedir permiso. Misha asintió con seriedad, como si acabara de recibir la misión más importante de su vida. —Hola, Aleksandr…— dijo en voz bajita, acercando un poco su rostro. —Soy tu hermano mayor… yo te voy a cuidar, ¿sí? El bebé hizo un pequeño sonido, apenas un murmullo, moviendo levemente los labios, y eso fue suficiente para que Misha abriera los ojos como platos. —¡Mamá, respondió!— exclamó emocionado. Carl soltó una risa baja, negando con la cabeza mientras observaba la escena con los brazos cruzados, pero con el pecho inflado de orgullo. —Claro que respondió… ya sabe que tiene un hermano intenso— murmuró con diversión. —¡No soy intenso!— replicó Misha, sin apartar la mirada del bebé. —Lo eres— añadió Elena, sin poder evitar reír un poco. A unos pasos, Alexei se acercó también, curioso, mirando a Aleksandr con ese brillo travieso que siempre llevaba encima, pero esta vez suavizado por algo nuevo… algo más protector. —Ahora sí…— dijo, inclinándose un poco. —Ya tienes tu dragón bebé… igual que yo con Nikolai. Misha lo miró, procesando eso, y luego volvió a mirar a su hermano con una sonrisa aún más grande. —Entonces…— susurró —somos dos guardianes ahora. —Exacto— respondió Alexei con firmeza, cruzándose de brazos como si acabara de ascender de rango. Sofía observaba todo desde un poco más atrás, con una mano apoyada en su vientre, sintiendo ese calor en el pecho que no sabía ni cómo describir. Verlos así… juntos… felices… después de todo lo que habían pasado, de todo lo que casi pierden… era demasiado. Viktor se colocó a su lado, rodeándole la cintura con suavidad, atrayéndola un poco hacia él. —Míralos…— murmuró cerca de su oído, con una voz baja, más tranquila que en horas anteriores. —Esto… esto es lo único que importa. Sofía apoyó la cabeza ligeramente en su hombro, sin apartar la mirada de los niños. —Sí…— respondió en voz suave. —Pero también es lo que tenemos que proteger. Viktor no contestó de inmediato. Sus ojos pasaron de los niños… a Elena… a Carl… a Ana… a Dimitri que hablaba en voz baja con uno de los guardias… y luego, por un segundo apenas, su mirada se endureció. Porque aunque la escena frente a él era perfecta… había algo que no encajaba. Algo que seguía ahí. Algo que no había terminado. Apretó ligeramente la mano de Sofía, casi imperceptible. —Y lo vamos a hacer— dijo finalmente, con una firmeza que ya no era impulsiva… sino decidida. Sofía levantó la mirada hacia él, estudiándolo un segundo. Sabía que esa expresión no era casual. Pero esta vez… no dijo nada. No ahora. Porque en ese momento, Misha soltó una pequeña risa nerviosa. —Mamá… creo que se está moviendo mucho… Elena se inclinó enseguida, acomodando mejor al bebé. —Es normal… está sintiendo todo…— explicó con ternura. —Voces, calor… a ustedes. Aleksandr volvió a emitir ese pequeño sonido, y esta vez, todos guardaron silencio por un segundo, como si ese diminuto ruido fuera lo más importante del mundo. Doña María, que había llegado con una bandeja en las manos, se quedó quieta al ver la escena. —Ay… pero mírenlos…— murmuró, llevándose una mano al pecho. —Si es que esto es lo que vale la pena en la vida… Dejó la bandeja a un lado sin hacer ruido, observando con una sonrisa llena de emoción. —Después dicen que uno exagera…— añadió bajito. —Pero estas cositas… son las que lo arreglan todo. Nadie discutió eso. Porque por un momento… solo por un momento… parecía verdad. El mundo afuera podía estar ardiendo, podía haber amenazas, enemigos, sombras moviéndose en silencio… pero dentro de esa casa… en ese pequeño círculo… había algo que seguía intacto. Algo que Krasnova… todavía no había tocado. Y quizá… eso era lo que más la iba a tentar. Viktor lo sabía. Y por primera vez… no sintió solo miedo. Sintió determinación. Porque esta vez… no iba a reaccionar tarde. Esta vez… no iba a perder. Mientras tanto, Misha seguía hablando bajito con su hermanito, como si ya le estuviera contando secretos del mundo, y Alexei se mantenía a su lado como guardián improvisado, mirando a todos con esa seriedad infantil que daba risa y ternura al mismo tiempo. Sofía los miró… y sonrió. Pero en el fondo… muy en el fondo… esa sensación no se iba esa pequeña incomodidad… ese presentimiento, como si la calma… fuera demasiado perfecta para durar. Y aun así… nadie dijo nada, porque a veces… uno decide disfrutar el momento… aunque sepa que la tormenta… ya viene en camino. Ella se acaricia el vientre con cuidado, como si estuviera pensando en un camino mejor, en un futuro en donde no tengan que pasar por tanto. Siente un movimiento, como si su propio bebé estuviera con ella, escuchándola, de "mamá, estoy aquí, no estás sola" y eso... le hizo sonreír un poco. Levanta la mirada para ver el ambiente, la familia de Carl más feliz que nunca por ese nuevo bebé, Ana y Dimitri con la pequeña Sofía, qué alegría, mamá cocinando como siempre, Irina y Olga en sus propios asuntos de limpieza y otras cosas, y claro, no puede evitar notar que Olga mira de reojo al guardia joven, una nueva chispa apareciendo en esta familia. Por ahora sabe que deben mantenerse firmes, que el peligro no se ha ido, y por ahora ha cancelado el tema de las fundaciones y de RUBCOL, le decepciona que el proyecto se haya atrasado estrepitosamente, pero ahora era un mal necesario, pues su familia estaba en riesgo. Se levanta del puesto, y sin que nadie más se diera cuenta, ella se fue a su habitación, ahí se sienta en el borde de la cama, y en la mesita de noche, rebusca algo con distracción y ahí... encontró el contrato, ese que ella firmó cuando se obligó a pagar con su cuerpo a Viktor, su mirada se pierde en la letra, en el papel viejo y arrugado. —Por qué todavía existe esto?— se pregunta así mismo con amargura. —Tal vez... se vino a esta nueva casa cuando nos mudamos, no me acordaba de esto... quizá Viktor lo trajo sin querer... Roza el papel arrugado con dedos temblorosos, y se ha dado cuenta de cuánto tiempo había pasado desde aquello, ahora era irrelevante, un viejo recuerdo del pasado, pero por eso mismo sigue presente, porque quedó como recuerdo. En ese momento, sin que se diera cuenta, Viktor entra a la habitación, pues se había dado cuenta de su ausencia allá afuera. —Amor, ¿Todo bien?— pregunta con ligera preocupación acercándose a Sofía. Sofía sonríe levemente levantando la cabeza. —Ah... no es nada, simplemente... Baja la mirada al papel, Viktor nota esto y se acerca, para ver qué tiene ella entre manos, y ahí lo ve, el papel que se firmó en su unión de por vida, pero cuando empezó con su crueldad, y eso le despierta las palabras que dijo Sofía allá en Catskills. Se acerca más, hasta que se sienta a su lado, con las manos entrelazadas fuertemente en su regazo, no la mira, no mira el papel. —Lo había olvidado por completo....— murmura Viktor en voz baja con una vulnerabilidad que pocas veces demuestra incluso frente a ella. —Yo... olvidé botar ese papel, quemarlo, por un momento creí que lo había roto hace tiempo, mi reina... Se queda en silencio, ni siquiera sabe cómo terminar la oración, había algo en el corazón que lo oprimía, y le dolía pesadamente, pero no quería admitirlo al cien por ciento, es que tenía miedo, miedo de ser rechazado de verdad, miedo de que Sofía piense dejarlo algún día por sus pecados pasados. Que a pesar de haber cumplido al final, de ir a aquel monasterio para volverse bueno, le da miedo de que ella aún pueda pensar que no es capaz de amarla, de protegerla. Él abre la boca e intenta hablar, pero la mandíbula la abre y la cierra sin saber qué decir, las manos le tiemblan un poco, los labios u los pensamientos también, entonces, levanta la mirada con los ojos rojos llenos de angustia. Y Sofía... Lo ve.






