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Capítulo 212: Donde el miedo se queda a vivir.

El frío que entró cuando la puerta se cerró no se fue del todo, se quedó suspendido en el aire como una presencia invisible, como si la noche misma hubiera decidido instalarse dentro de la cabaña sin pedir permiso, y Sofía, que seguía de pie justo donde había estado frente a Krasnova, tardó varios segundos en reaccionar, no porque no entendiera lo que acababa de pasar, sino porque lo había entendido demasiado bien, tanto que su cuerpo simplemente dejó de responderle.

El silencio pesaba.

Pesaba de una forma distinta.

No era el silencio tranquilo de hace unas horas, ni el de la noche profunda cuando todos duermen, no… este era un silencio que apretaba el pecho, que hacía que cada pequeño sonido pareciera demasiado fuerte, demasiado ajeno, demasiado fuera de lugar.

Sus dedos temblaron primero.

Luego sus piernas.

Y sin darse cuenta en qué momento exacto dejó de sostenerse, sus rodillas cedieron y terminó en el suelo, sentada, con las manos apoyadas a los lados como si intentara sostener algo que ya no estaba ahí, como si el equilibrio no fuera solo físico, sino algo mucho más profundo que acababa de romperse.

Su respiración salió irregular, no lloraba, ni siquiera podía, la sensación era mucho peor que eso... era ese punto donde el miedo no explota… sino que se queda, se instala, se enraíza lento.

Su mente empezó a repetirlo.

Krasnova, Volkov... Anastasia... Volkov.

Todo encajando de golpe, como piezas que siempre habían estado ahí pero que ella se había negado a mirar juntas, y ahora… ahora no podía deshacerlo, no podía volver atrás, no podía fingir que no sabía.

“Dile a Viktor… que esta vez el juego es personal.”

El eco de esa voz le recorrió el cuerpo otra vez, como si aún estuviera detrás de ella, como si en cualquier momento fuera a sentir su aliento otra vez cerca de su oído, y Sofía apretó los dedos contra el suelo con fuerza, intentando anclarse, intentando convencerse de que ya se había ido, de que esa puerta estaba cerrada, de que no iba a volver a abrirse en ese mismo instante.

Pero el problema no era si volvía, el problema era que ya había estado ahí, y eso lo cambiaba todo.

Su mirada se quedó fija en la puerta durante demasiado tiempo, como esperando algo más, como si su cuerpo no terminara de aceptar que el peligro inmediato había pasado, aunque en el fondo sabía que no, que no había pasado nada, que apenas estaba comenzando.

Su corazón empezó a latir más rápido. No por el susto inicial. Sino por lo que venía después.

Porque ahora sí entendía algo que antes no: no estaban ocultas, no estaban protegidas como pensaban, no estaban lejos del problema… el problema había llegado hasta ellas, sin esfuerzo aparente, sin ruido, sin romper nada, como si siempre hubiera sabido dónde encontrarlas.

Y entonces el pensamiento la golpeó.

Los guardias.

Su cabeza se levantó apenas, como si ese detalle llegara tarde pero con más peso que todo lo demás, y miró hacia la ventana, hacia el exterior oscuro donde se suponía que debía haber movimiento, vigilancia, señales de vida.

No había nada, ni pasos, ni sombras, ni el leve murmullo de radios... nada, no había nada...

Ese vacío le heló la sangre mucho más que la presencia de Krasnova. Porque eso no era normal. No con Viktor, no con ese nivel de seguridad, algo había pasado, algo tenía que haber pasado, pero no sabía qué, y eso la estaba matando.

Intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron de inmediato, como si su propio cuerpo estuviera en desacuerdo con la idea de moverse, como si le dijera que se quedara quieta, que no hiciera ruido, que no llamara la atención, que cualquier movimiento podía empeorar las cosas.

Respiró hondo, una vez, dos, tres...

Y justo cuando estaba a punto de reunir la fuerza suficiente para ponerse de pie, escuchó pasos, leves apresurados dentro de la casa.

Sofía giró la cabeza de golpe, el corazón subiéndosele a la garganta, y durante un segundo todo su cuerpo se tensó como si estuviera lista para volver a enfrentarse a lo mismo, pero no era ella.

Era Olga.

—¿Señora Sofía?— su voz llegó primero, cargada de confusión, de alerta, y luego su figura apareció en el umbral, deteniéndose en seco al verla en el suelo.

El cambio en su expresión fue inmediato.

—¿Qué pasó?— preguntó acercándose rápido, sin disimular la preocupación, agachándose frente a ella. —¿Está bien? ¿Se cayó? ¿Se siente mal?

Sofía la miró, pero no respondió de inmediato, no pudo, porque había demasiadas cosas intentando salir al mismo tiempo.

Demasiadas.

Y ninguna encontraba la forma correcta de hacerlo.

—Yo…— su voz salió baja, rasposa, como si no la hubiera usado en horas. —Yo…

Olga frunció el ceño, acercándose un poco más, sus manos dudando un segundo antes de tocarla, como si no supiera si debía moverla o no.

—Está fría— murmuró más para sí misma que para ella. —¿Qué pasó? ¿Dónde están los guardias? No vi a nadie afuera…

Esa última frase terminó de romper algo, porque no era solo idea suya, no era solo sensación, Olga tampoco los había visto.

Sofía tragó saliva.

—Ella…— logró decir al fin, levantando la mirada hacia la puerta otra vez, como si aún pudiera verla ahí. —Había alguien…

Olga siguió la dirección de su mirada, pero no vio nada.

—¿Quién?

Sofía intentó procesar palabras para poder explicar, pero el silencio no la dejaba todavía, los segundos pasaban.

Y luego Sofía la miró de nuevo, esta vez con algo distinto en los ojos, algo más claro, más consciente, más peligroso.

—La misma mujer…— susurró. —La del jardín… en Moscú.

Olga se quedó inmóvil, porque esa sí la recordaba, claro que la recordaba, sobre todo porque ella sí sabe quién era Krasnova, y se pregunta internamente el cómo encontró este lugar.

—No puede ser…— dijo en automático, pero su voz no tenía convicción, no realmente. —Eso… eso fue hace tiempo, días… y aquí hay seguridad, es imposible que…

Se detuvo. Porque ni ella misma se creyó esa frase. No cuando acababa de decir que no había visto a los guardias. No cuando Sofía estaba en el suelo. No cuando el ambiente entero se sentía… mal.

—¿Dónde está?— preguntó de inmediato, poniéndose de pie de golpe y mirando alrededor, buscando, midiendo, como si esperara que en cualquier momento alguien más apareciera.

—Se fue— respondió Sofía, aún en el suelo. —Se fue caminando… como si nada…

Olga apretó los labios. Eso no le gustaba nada. Nada.

Se giró hacia la puerta, avanzó unos pasos y la abrió con cuidado, asomándose al exterior, sus ojos recorriendo la oscuridad, buscando cualquier señal, cualquier movimiento, cualquier cosa que confirmara que no estaban solas.

Pero lo único que encontró fue silencio, demasiado silencio.

Regresó la mirada hacia Sofía, y ahora sí, la preocupación se había transformado en algo más serio.

—Esto no está bien— dijo con firmeza. —Esto no está nada bien.

Y Sofía, que por fin logró moverse lo suficiente para incorporarse un poco, apoyándose en el sofá cercano, sintió cómo esa frase terminaba de darle forma a todo lo que estaba sintiendo por dentro.

No estaba bien. Nada de eso lo estaba. Y lo peor… era que ya no había forma de volver a la ignorancia de antes, porque ahora sabía, sabía quién era, sabía por qué estaba ahí y del por qué Viktor no estaba con ella.

A miles de kilómetros de distancia, el jet cortaba el cielo como una línea tensa a punto de romperse, el sonido constante de los motores llenando el interior mientras ninguno de los tres hombres hablaba realmente, porque no hacía falta, porque todo estaba dicho en el silencio, en la forma en que Viktor no apartaba la vista de los controles, en cómo Carl apretaba los puños una y otra vez intentando mantenerse en control, en cómo Dimitri miraba hacia el frente con la mandíbula tensa, calculando, pensando, anticipando.

Demasiado tarde. Ese pensamiento cruzó por los tres en distintos momentos, y ninguno lo dijo.

Porque decirlo lo haría real, porque decirlo significaría aceptar algo que ninguno estaba dispuesto a aceptar, Viktor apretó los dientes, manejó con más velocidad, mucho más, como si eso pudiera cambiar algo.

Como si pudiera borrar los minutos que ya habían pasado, como si pudiera llegar antes de que algo ocurriera.

Pero en el fondo… lo sabía.

Y ese miedo, ese maldito miedo que no había sentido en años, era lo que ahora le recorría el pecho, subiéndole por la garganta, metiéndose en cada pensamiento, en cada decisión.

Porque esta vez… no se trataba de negocios ni de poder o de enemigos, se trataba de ella y eso lo cambiaba todo.

De vuelta en la cabaña, Sofía logró ponerse de pie con ayuda de Olga, sus piernas aún inestables, pero su mente empezando a organizarse, a moverse, a pensar más allá del impacto inicial, más allá del miedo puro.

—No le dijiste nada a nadie… ¿verdad?— preguntó Olga, mirándola fijamente.

Sofía negó.

—No… todos están dormidos…

Olga asintió lentamente, pero eso no la tranquilizó. Porque si estaban dormidos… entonces nadie había visto nada.

Nadie había escuchado nada. Y eso era aún peor.

—Tenemos que despertarlos— dijo finalmente. —A Ana, a Elena, a todos. Esto ya no es algo que se pueda ocultar.

Sofía dudó un segundo, solo uno, pero fue suficiente.

—No…— murmuró.

Olga frunció el ceño.

—¿Qué?

—No todavía…— añadió Sofía, ahora con un poco más de firmeza. —Si los despertamos así… sin saber exactamente qué pasó afuera… solo vamos a entrar en pánico.

Pero lo que Sofía no sabe, es que Ana y Elena ya sabían de todo ese plan, de que Ana lo confirmó primero, de que Elena se enteró por su hijo Misha, y de que Olga, por supuesto desde el comienzo de todo, conocía a aquella mujer por fugaz que fue en aquel entonces.

Olga la miró con sorpresa al escuchar las palabras de Sofía, porque no esperaba eso, no en ese momento, no de ella, pero… tenía sentido, y eso la hizo dudar.

—Entonces, ¿qué hacemos?— preguntó, bajando la voz.

Sofía miró hacia la puerta una vez más. Luego hacia la ventana. Luego de nuevo a Olga.

Y aunque por dentro el miedo seguía ahí, clavado, firme, ahora había algo más acompañándolo.

Algo más frío.

Más calculado.

—Primero… averiguamos qué pasó con los guardias— dijo finalmente.

Y esa decisión… cambió todo.

Olga no esperó más.

No porque fuera impulsiva, sino porque entendía demasiado bien que quedarse quietas sin saber qué estaba pasando afuera era incluso más peligroso que salir a comprobarlo, y aunque el frío que se colaba por la puerta ya era suficiente advertencia de lo que había ahí fuera, tomó aire con fuerza, se ajustó mejor el abrigo y dio el primer paso hacia la noche.

El contraste fue inmediato.

El calor de la cabaña quedó atrás como un recuerdo lejano, reemplazado por ese aire helado que cortaba la piel apenas lo tocaba, la nieve crujió bajo sus botas con ese sonido seco y delator que en otro momento le habría parecido incluso bonito, pero ahora solo le ponía los nervios de punta, porque cada paso que daba era demasiado audible en medio de ese silencio extraño, pesado, casi antinatural.

Sofía se quedó en el marco de la puerta.

No avanzó.

Pero tampoco la perdió de vista ni un solo segundo.

Sus brazos se cruzaron de manera instintiva sobre su vientre, no solo por el frío que también la alcanzaba desde ahí, sino por una necesidad más profunda, más primaria, como si de esa forma pudiera proteger algo que ya sentía en peligro, sus ojos clavados en la figura de Olga alejándose unos metros, alerta, tensa, cada músculo de su cuerpo listo para reaccionar.

—Ten cuidado…— murmuró, lo suficientemente bajo para no romper demasiado el silencio, pero lo suficiente para que Olga la escuchara.

Ella no respondió con palabras.

Solo levantó una mano ligeramente, en señal de que lo había oído, y siguió avanzando.

Cada paso era medido.

Cada movimiento calculado.

Sus ojos recorrían todo, el perímetro, los árboles, las sombras que se extendían largas sobre la nieve bajo la luz tenue que escapaba desde la cabaña, buscando cualquier señal de movimiento, cualquier indicio de lucha, de presencia, de algo que explicara ese vacío inquietante que habían encontrado.

Pero no había nada, ni huellas alteradas, ni rastros evidentes, ni cuerpos, eso, más que tranquilizarla, la inquietó aún más.

Porque los guardias no desaparecen sin dejar rastro. No los de Viktor, no hombres entrenados, armados, atentos. A menos que… no, no terminó el pensamiento.

No quería hacerlo.

Avanzó un poco más, rodeando uno de los árboles más cercanos, su respiración volviéndose visible en el aire helado, sus manos ligeramente tensas a los lados, listas para reaccionar aunque no tuviera un arma en ese momento, porque lo único que tenía era instinto… y la necesidad de entender.

Y entonces lo vio.

Al principio fue solo una silueta.

Una forma distinta en la base de uno de los árboles, algo que rompía la uniformidad blanca de la nieve, algo que no encajaba con el entorno natural, y su corazón dio un salto inmediato, el pulso subiéndole a la garganta mientras aceleraba el paso sin darse cuenta.

—No…— susurró apenas, casi sin voz.

Se acercó más. Y ahí lo reconoció, el guardia joven, el mismo.

El que había fingido ser su pareja en el centro comercial, el que había improvisado aquella escena con tanta naturalidad que hasta la había tomado por sorpresa, el que le había guiñado el ojo como si todo fuera un juego.

Ahora estaba ahí.

Tirado.

Apoyado contra el tronco del árbol, el cuerpo ligeramente ladeado, la cabeza caída hacia un lado, completamente inmóvil.

Olga sintió cómo el pánico le subía de golpe, apretándole el pecho.

—¡Hey!— soltó en voz baja pero urgente, agachándose de inmediato frente a él. —¡Hey, mírame!

No hubo respuesta, ni un solo movimiento.

Sus manos temblaron apenas cuando lo tocó, primero en el hombro, luego subiendo hasta su cuello, buscando el pulso con dedos que de pronto se sentían torpes, lentos, como si el tiempo se hubiera vuelto más espeso de lo normal.

Pasó un segundo, dos, y entonces…

Ahí estaba, el pulso débil pero constante.

—Está vivo…— exhaló, más para ella misma que para nadie más, el alivio mezclándose con una nueva preocupación que no tardó en instalarse.

Porque si estaba vivo…

Entonces, ¿qué demonios había pasado?

Su mirada se alzó de inmediato, recorriendo los alrededores con más urgencia ahora, buscando a los otros, esperando ver más cuerpos, más señales, más respuestas.

Pero no había nadie.

Ni uno más.

Solo él.

Y ese silencio maldito.

—Esto no es normal…— murmuró, sintiendo cómo la piel se le erizaba bajo el abrigo.

Volvió a mirarlo.

Intentó sacudirlo un poco.

—¡Despierta!— insistió, pero su cuerpo apenas reaccionó, un leve movimiento, nada más, como si estuviera sumido en un sueño demasiado profundo, demasiado pesado para salir por sí solo.

No estaba inconsciente por un golpe. No parecía herido. Era… otra cosa, algo peor, algo que no entendía, y quedarse ahí tratando de despertarlo no iba a servir de nada.

Tenía que moverlo.

Tenía que llevarlo dentro.

Como pudo, pasó uno de los brazos del guardia por encima de sus hombros, haciendo fuerza para levantarlo, pero el peso muerto del cuerpo le dificultó todo, sus botas resbalando ligeramente sobre la nieve mientras intentaba mantener el equilibrio.

—Vamos… vamos…— apretó entre dientes, tirando de él con todo lo que tenía.

No era fácil, ni de cerca, era más pesado que un saco de papas, pero no podía dejarlo ahí, no después de lo que había pasado.

No con Sofía dentro.

Empezó a arrastrarlo como pudo, retrocediendo paso a paso, dejando una marca irregular sobre la nieve, el sonido del esfuerzo mezclándose con su respiración agitada.

Y fue entonces cuando Sofía lo vio.

Desde la puerta, al principio no entendió qué estaba pasando, solo notó el movimiento distinto, la forma en que Olga ya no caminaba igual, la silueta extra que parecía arrastrar consigo, y el corazón le dio un vuelco inmediato.

—¡Olga!— llamó, dando un paso hacia afuera sin pensarlo.

El frío la golpeó de lleno.

Pero no le importó.

Bajó los pocos escalones de la entrada con cuidado, pero con rapidez, acercándose lo suficiente para distinguir mejor la escena, y cuando vio el cuerpo del guardia, su respiración se cortó por un segundo.

—Dios…— murmuró.

Se apresuró lo que pudo, ignorando la inestabilidad momentánea de sus piernas, llegando hasta ellas y agachándose para ayudar, tomando el otro lado del cuerpo con cuidado pero con firmeza.

—Está vivo— dijo Olga de inmediato, anticipándose a la pregunta que no había salido. —Pero no despierta… no tiene heridas… no sé qué le hicieron…

Sofía asintió, tragando saliva, sintiendo cómo esa información solo abría más preguntas en lugar de cerrarlas.

—Tenemos que meterlo— respondió, ajustando mejor el agarre.

Entre las dos, con esfuerzo compartido, lograron levantarlo lo suficiente para dejar de arrastrarlo y empezar a sostenerlo, avanzando de regreso hacia la cabaña paso a paso, con cuidado de no caer, de no hacer ruido innecesario, de no perder el control de la situación que cada segundo se volvía más extraña, más peligrosa.

La puerta seguía abierta.

El calor las recibió de nuevo, pero ya no se sentía igual.

Nada se sentía igual.

Cuando finalmente lograron meter al guardia dentro y recostarlo en el sofá más cercano, ambas se quedaron unos segundos en silencio, respirando, procesando, mirando ese cuerpo inmóvil que ahora confirmaba lo que ya sospechaban.

Esto no había sido un descuido, no había sido un error, había sido algo hecho, algo planeado, ejecutado sin que nadie lo notara.

Sofía levantó la mirada hacia Olga y en sus ojos ya no había solo miedo, había comprensión, y eso… era mucho más peligroso.

—Ella hizo esto…— murmuró.

No como duda.

Sino como certeza.

Y por primera vez desde que todo había empezado… ambas entendieron que lo que acababan de vivir no era una visita.

Era un mensaje.

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