Mundo ficciónIniciar sesiónEn la mansión oculta de Krasnova Volkov, el fuego de la chimenea crepitaba bajo como un secreto que se niega a apagarse. La anciana estaba sentada en el sillón de cuero negro, con las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada fija en las llamas, como si pudiera leer respuestas en el baile del fuego. El abrigo gris y el pañuelo ya no estaban; ahora llevaba un vestido negro sencillo, el cabello blanco suelto y una expresión que no necesitaba fingir amabilidad porque no había nadie a quien engañar.
De repente la puerta se abrió sin ruido, solo un silbido cadi silencioso, Yuri entró con cuidado, con el paso firme pero respetuoso, ni su bota se escuchaba al pisar el suelo, el abrigo todavía con restos de nieve en los hombros. Se detuvo a tres pasos del sillón y bajó la cabeza ligeramente. —Señora. Krasnova no se giró de inmediato, se tomó su momento incluso pensando en cómo responder, pero siguió mirando el fuego. —¿Ya dieron con el paradero de Sofía y los demás? Yuri respiró hondo antes de responder. —Todavía no con exactitud. Sabemos que tomaron un vuelo privado desde Westchester. El jet desapareció de los radares civiles después de una hora. Posible desvío. Posible aterrizaje en pista privada. Mis hombres están rastreando aeropuertos pequeños en un radio de 300 kilómetros alrededor de Nueva York. Hangares. Registros no públicos. Pistas de aterrizaje privadas. Estamos interrogando a contactos en aerolíneas y control de tráfico aéreo. Pero… están bien escondidos. No hay rastro claro. Aún. Krasnova giró la cabeza despacio. Sus ojos claros, casi transparentes, lo miraron sin parpadear. —¿Y alguna casa o cabaña en Castkills? Yuri negó. —Todavía buscamos, revisamos el perímetro hace dos horas, nadie en ninguna casa o cabañ acercana. Solo guardias que dejaron hace días, Hay una casa está cerrada y sin movimiento, sin luces y sin calor, al parecer se fueron de verdad. Pero no sabemos si ahí estaban ellos o no... Todavía. Krasnova sonrió, pero era una sonrisa que no llegaba a los ojos. Una sonrisa que recordaba más a una herida que a alegría. —Se escondieron bien. Pero no para siempre. Nadie se esconde para siempre, encuentren el jet. Encuentren al piloto, encuentren a quien los ayudó a desaparecer. Y cuando los encuentren… tráiganme a Sofía. Viva. Quiero verla. Quiero que me mire a los ojos cuando le diga que su hija nunca va a nacer. Que su familia nunca va a volver a estar completa. Que Viktor pagará con todo lo que ama. Yuri inclinó la cabeza. —Se hará, señora. Mis hombres ya están en Nueva York. No descansan. No fallan. Krasnova volvió a mirar el fuego. —No falles tú, Yuri. Porque si fallas… no voy a perdonar. Y sabes lo que hago con quienes no perdono. Yuri no respondió. Solo hizo una reverencia mínima y salió, la puerta se cerró y Krasnova se quedó sola mirando el fuego y sonriendo. Porque el fuego no perdona y ella tampoco. Mientras tanto, en la cabaña escondida de Catskills, el ambiente era diferente. El calor de la chimenea llenaba la sala grande, las risas de los niños habían dado paso a un silencio tranquilo y la nieve seguía cayendo suave y constante afuera. Sofía y Elena estaban sentadas en el sofá grande, frente al fuego, con mantas sobre las piernas y tazas de chocolate caliente en las manos. Las barrigas prominentes se tocaban casi cuando se inclinaban una hacia la otra. Sofía apoyaba la mano en la suya, sintiendo las pataditas suaves de la niña. Elena hacía lo mismo, con una sonrisa pequeña pero real. —¿Cuánto crees que falta?— preguntó Elena bajito. Sofía suspiró, acariciando su vientre. —Unas semanas. Ana dice que la niña ya está en posición. Que puede llegar en cualquier momento. Pero… ya quiero que nazca. Quiero tenerla en brazos, quiero ver su carita, quiero que Viktor la vea, que la abrace, que sepa que todo valió la pena. Elena asintió, mirando su propia barriga. —Yo también. Quiero que mi niño nazca. Quiero que Misha lo conozca. Quiero que Carl lo tenga en brazos y se dé cuenta de que todo esto… todo el miedo, todo el dolor… valió la pena. Sofía la miró. —¿Extrañas a Carl? Elena bajó la vista. —Mucho. No me gusta que se haya ido. Aunque sé que es por la escuela. Aunque sé que volverá pronto. Pero… lo extraño. Lo extraño en la cama. Lo extraño cuando me abraza por detrás y me dice que todo va a estar bien. Lo extraño cuando me besa la barriga y le habla al bebé. Sofía sintió que los ojos se le humedecían. —Yo también extraño a Viktor. Mucho. Sus besos. Sus manos en mi barriga. Su voz cuando me dice que soy fuerte. Que la niña va a ser como yo, que va a ser valiente, que va a ser libre, y lo extraño tanto que duele. Pero… sé que volverá. Sé que lo hace por nosotras. Por los niños. Por las niñas que vienen. Elena le tomó la mano. —Volverán. Las dos lo sabemos. Y cuando vuelvan… les vamos a decir que los esperamos. Que los amamos. Que no nos importa cuánto tarden. Solo que vuelvan. Sofía apretó su mano. —Sí… solo que vuelvan. Las dos se quedaron en silencio, mirando el fuego. Doña María llega con una bandeja cargando dos tazas de té y unas galletas de mantequilla para calmar esos tumultuosos pensamientos. Ana que había escuchado todo desde donde estaba situada, parada frente a la ventana cargando a la pequeña Sofía, sentía lo mismo, compartía el mismo dolor, pues también extraña a su Dimitri, con miedo a que le fuera a pasar algo, a que no vuelva, que sea secuestrado de nuevo, pero debía mantenerse fuerte y proteger a todos aquí. Alexei y Misha estaban juntos, haciendo las tareas en el segundo piso de arriba, cada uno en su cuaderno, de vez en cuando charlando de cosas de niños, y Nikolai durmiendo abrazado al lado del gatiro gris, sin que ninguno sepa en donde están sus papás ahora mismo.






