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Capítulo 189: Los hilos que se empezaron a mover.

La mansión de Krasnova Volkov no estaba en Moscú. Estaba a las afueras, en una propiedad que desde el aire parecía solo un bosque más, pero desde dentro era un laberinto de seguridad: cámaras ocultas en los árboles, sensores de movimiento enterrados bajo la nieve, guardias que se movían como sombras y un sistema de interferencia que bloqueaba cualquier señal no autorizada.

La casa principal era de piedra oscura, techos altos y ventanas que no dejaban ver nada desde afuera. Dentro, el lujo era frío: mármol negro en los suelos, muebles de diseño minimalista, paredes con cuadros que nadie miraba dos veces y una chimenea que siempre ardía, aunque Krasnova nunca sentía frío, ella era el frío.

Esa noche, la anciana estaba sentada en un sillón de cuero junto al fuego, con una copa de coñac en la mano izquierda y un teléfono satelital en la derecha. El abrigo gris y el pañuelo ya habían desaparecido; ahora llevaba un vestido negro sencillo, el cabello blanco suelto y una expresión que no necesitaba máscara porque nadie la veía.

Yuri entró sin llamar, con el paso firme pero respetuoso de quien sabe que cada palabra cuenta.

—Señora… los Ivanov se fueron. Todos, en un avión privado, salieron del aeropuerto de Westchester hace cuatro horas más o menos. Dirección probable: Nueva York. O algún lugar cercano. No tenemos vuelo confirmado porque usaron un registro fantasma. Pero los hombres que vigilaban la cabaña en Catskills vieron movimiento: maletas, niños, mujeres embarazadas. Se llevaron al gato también.

Krasnova no levantó la vista del fuego.

Solo dio un sorbo lento al coñac.

—¿Todos?

Yuri asiente con firmeza.

—Todos. la mujer de Ivanov, los niños, una mujer mayor, las dos sirvientas, su colega y su familia... y al parecer, un nuevo compañero llamado Carl, que también llevaba su condumio. El jet es de Ivanov, un piloto que es de confianza. Nadie quedó en la mansión principal de Moscú. Solo guardias de seguridad en perímetro.

La anciana sonrió, pero era una sonrisa que no llegaba a los ojos. Una sonrisa que recordaba más a un cuchillo que a alegría.

—Se fueron en condumio… como ratas que huelen el humo antes del incendio.

Yuri esperó, inmóvil.

Krasnova dejó la copa en la mesita con un tintineo suave.

—¿Sabemos dónde aterrizaron?

—No con exactitud. El vuelo desapareció de los radares civiles después de una hora. Posible desvío. Posiblemenre en una pista privada. Pero mis contactos en Nueva York ya están buscando: aeropuertos pequeños, hangares privados, registros de aterrizaje no públicos. Si están en Catskills… lo sabremos en 48 horas. Si están en otro lugar… también.

Krasnova se levantó despacio, caminó hasta la ventana y miró la nieve que seguía cayendo fuera.

—Han huido. Pero no han escapado. Solo han cambiado el tablero. Y yo… yo controlo el tablero.

Se giró hacia Yuri.

—Quiero ojos en Nueva York. En todos los aeropuertos privados dentro de un radio de 200 kilómetros. Quiero fotos de cualquier jet que haya aterrizado en las últimas horas. Quiero nombres de pilotos. Quiero saber dónde está la cabaña. Y quiero saber si Viktor dejó guardias. Si los dejó… mátalos. Silenciosamente. Sin dejar rastro. Si no dejó… entonces están más vulnerables de lo que creen.

Yuri asintió una sola vez.

—¿Y la escuela RUBCOL?

Krasnova sonrió otra vez, más fría.

—Que siga parada. Que los obreros tengan miedo. Que los negociadores sepan que el precio sube y seguirá subiendo, dos millones ya no bastan. Ahora son cinco. Y si no pagan… quemamos el terreno. Y después… quemamos algo más personal.

Yuri hizo una reverencia mínima.

—Se hará, señora.

Krasnova volvió al sillón, tomó la copa y dio otro sorbo.

—Viktor cree que huyendo protege a su familia. Cree que la distancia lo salva. Pero la distancia… la distancia solo me da tiempo. Tiempo para planear. Tiempo para recordar. Tiempo para cobrar.

Se quedó mirando el fuego.

—Y cuando llegue el momento… no va a ser rápido. Va a ser lento. Va a doler. Porque él me quitó a mi hijo y a mi nieta. Y ahora… ahora yo le voy a quitar lo que más ama.

Hizo una pausa.

—Empieza por la mujer. Sofía. La colombiana, si ella cae… él cae. Si ella sufre… él también va a sufrir. Y si la niña que lleva dentro nunca ve la luz… él nunca va a perdonarse.

Yuri inclinó la cabeza.

—¿Órdenes específicas?

Krasnova levantó la vista, los ojos claros brillando con algo que no era humano.

—Encuéntralos. Vigílenlos. No los toquen todavía. Solo vigílenlos, quiero saber dónde duermen, dónde comen, dónde ríen y donde la están pasando sabroso, quiero saber cada vez que Sofía toca su barriga. Cada vez que Viktor la besa, cada vez que los niños juegan, quiero saberlo todo, absolutamente cada detalle.

Hizo una pausa.

—Y cuando lo sepa todo… entonces decidiremos cómo empezar. Porque la venganza no es solo matar, es destruir lentamente, es quitarles la paz, es quitarles la esperanza, es quitarles el mañana.

Yuri asintió una vez más.

—Así se hará, señora.

Y con esas últimas palabras, Yuri salió a cumplir su misión.

Krasnova se quedó sola, mirando el fuego crepitar suavemente, con una sonrisa más malvada de lo que pretende, y ese fuego que ella lleva dentro no perdona, y ella por supuesto... tampoco perdonará. Y mientras la nieve seguía cayendo afuera, silenciosa y fría, Krasnova Volkov levantó la copa en un brindis solitario.

—Por la familia que me quitaron.

Bebió uno, dos, tres sorbos hasta acabarse la copa entera.

—Y por la familia que voy a destruir.

El fuego crepitó más fuerte como si respondiera a sus palabras, y la anciana sonrió, porque el tiempo siempre estaba de su lado. Y ahora tenía todo el tiempo del mundo, ya planeaba, ya esperaba el momento perfecto, y sabía que no solo tenía y debía, sino que también quería cobrarlas todas, y que cuando llegara el momento… no habría piedad.

Solo habrá cenizas y después... el silencio, ese silencio que queda cuando todo se pierde.

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