Mundo ficciónIniciar sesiónLa cabaña en Catskills había empezado a sentirse como un refugio real: el crepitar constante de la chimenea, el olor a leña y café que impregnaba cada rincón, las risas de los niños que rebotaban desde el jardín nevado, la voz de Doña María canturreando mientras preparaba algo dulce en la cocina.
Pero para Viktor, Dimitri y Carl, ese calor era solo una máscara. Cada mirada que intercambiaban era un recordatorio: el tiempo se acababa. Krasnova Volkov no iba a esperar eternamente. Y ellos no podían quedarse eternamente. Esa tarde, cuando el sol ya empezaba a bajar y los niños estaban agotados de tanto hacer muñecos de nieve, los tres hombres se reunieron en el pequeño estudio de la cabaña: una habitación con paredes de madera, un escritorio viejo y una ventana que daba al bosque. La puerta cerrada, las voces bajas, ninguno se sentó. Todos de pie, como si permanecer quietos fuera admitir que el peligro estaba demasiado cerca. Viktor habló primero, voz ronca por la falta de sueño. —Ya tenemos el plan. Salimos esta noche. A las 02:00. El jet espera en el aeropuerto privado de Westchester. El piloto ya está avisado, el vuelo sin registro público, aterrizaremos en un campo pequeño cerca de Moscú. Nadie sabe que vamos a volver allá y nadie nos va a ver llegar Dimitri cruzó los brazos, mirando el mapa que había desplegado en el escritorio. —Los guardias se quedan aquí. Doce hombres en perímetro. Cámaras activas. Sensores de movimiento. Si alguien se acerca a menos de cien metros… lo saben antes de pisar la nieve. Ana se queda al mando. Ella sabe qué hacer si algo sale mal: evacuación inmediata al aeropuerto secundario. Tiene el número del piloto de respaldo. Tiene el código de la caja fuerte con dinero y documentos. Carl, que había estado callado hasta entonces, levantó la vista. —Elena no sabe nada. Cree que nos quedamos los tres para ‘cerrar detalles de la escuela’. Le dije que era cosa de dos días. Que volveríamos antes de que se diera cuenta. Pero… si algo pasa, si nos retrasamos… ¿qué le digo? Viktor lo miró fijo. —No nos retrasamos. Entramos, encontramos a Krasnova, terminamos con ella y volvemos. Dos días máximo. Tres si hay que rastrear sus contactos. Pero volvemos. Y cuando volvamos… les decimos la verdad. Que lo hicimos por ellas. Por los niños, y porque no queríamos que se involucraran en un problema como lo es Krasnova... Carl asintió lentamente, aunque la duda seguía ahí. —Está bien. Pero Ana tiene que ser la que las convenza de que nos quedamos por ‘asuntos pendientes’. Que no es nada grave y que volveremos pronto. Dimitri intervino. —Ya hablé con ella anoche, está dentro, le costó... lloró. Me hizo jurar que iba a volver pero al final aceptó, dice que distraerá a Sofía y a Elena. Que hablará de nombres de bebé, de recetas, de cualquier cosa. Que las mantendrá ocupadas. Que si preguntan por nosotros… dirá que estamos en una reunión de negocios en la ciudad cercana, que volveremos antes de que se den cuenta. Viktor miró hacia la ventana, donde la nieve seguía cayendo suave y silenciosa. —Entonces esta noche. A las 02:00. Nos vamos en silencio. El jet nos recoge en el aeropuerto secundario a una hora de aquí. Vuelo nocturno. Llegamos a Moscú antes del amanecer. Y desde ahí… empezamos a cazar. Carl se pasó la mano por la cara sintiéndose más viejo de lo que pensaba. —Elena va a preocuparse. Aunque Ana la calme… va a notar que no estamos. Dimitri lo miró fijamente. —Por eso Ana es clave. Ella sabe cómo manejarlas, sabe cómo distraerlas, y sabe cómo mentir por una buena razón, confía en ella como yo confío. Carl asintió brevemente, aunque el nudo en su garganta no se iba y se hacía más fuerte. —Está bien, intentaré confiar, pero… si algo sale mal, o algo me sucede… prométanme que Elena y Misha y el bebé... estén completamente a salvo. Viktor extendió la mano en el centro como si fuera un Scout. —Te lo prometo conn mi vida, si algo sale mal… ellos son prioridad, siempre lo serán Dimitri puso su mano encima con firmeza y decisión. —Con nuestras vidas. Carl completó el círculo poniendo la mano encima de la de ambos. —Con nuestras vidas.— repitió. Los tres se quedaron en silencio un momento, con las manos unidas sobre el escritorio. Tres hombres que nunca pensaron estar del mismo lado. Tres hombres que ahora lo estaban, listos para proteger a su familia completa, a sus mujeres y a sus hijos y los nonatos que aún faltaban por venir. Y por la certeza de que, aunque el peligro estuviera ahí fuera… aquí dentro… aquí dentro estaban protegidos. Por ahora. Viktor rompió el silencio de repente. —Entonces esta noche. A las 02:00. Nos vamos sin ruido, ni despedidas, y cuando volvamos… les diremos todo, que lo hicimos por ellas, que lo hicimos para que nunca más tengan que tener miedo, y de que era para su propio bienestar, para proteger a la familia. Dimitri asintió. —Y cuando volvamos… Krasnova Volkov va a ser un recuerdo. Nada más. Carl respiró hondo. —Por ellas. Viktor repitió. —Por ellas. Y mientras la nieve seguía cayendo afuera, suave y silenciosa, los tres hombres supieron que el tiempo se acababa. Pero también supieron que no iban a fallar. Porque esta vez tenían algo que Krasnova nunca tuvo. Mientras tanto, en un rincón de Moscú, los hilos de Krasnova apenas estaba comenzando a moverse, apenas sutilmente, todavía no es capaz de atacar de golpe, no... ella ahora está planificando mientras remanga una vieja bufanda. —Ya te vi Viktor... y te vi. Murmura para sí misma con una pequeña sonrisa sin dejar de coser. Yuri quien la miraba de lejos, sabe que esa tranquilidad que deja entrever no era algo real en ella, ocultaba lo peor bajo esas telas suaves y afelpadas.






