Mundo ficciónIniciar sesiónSofía se despertó cuando el primer rayo de sol se coló por las rendijas de las cortinas gruesas de la cabaña. El cuarto estaba en silencio, solo interrumpido por el crujido lejano de la madera y el viento suave que movía los pinos afuera.
Extendió la mano por instinto hacia el lado derecho de la cama… y encontró solo sábanas frías. La ausencia la golpeó como un latigazo silencioso. Se sentó despacio, con la mano aún en el lugar donde Viktor debería haber estado. La almohada conservaba su olor, a madera, a humo de chimenea y a ese jabón que siempre usaba, pero él no estaba, ni su calor, ni su respiración profunda que solía arrullarla hasta que ella misma se dormía de nuevo. Confusión y vacío se mezclaron en su pecho aunque ya sabía de antemano que él se había ido. Lo había sentido en los besos de la noche anterior: largos, lentos, como despedidas disfrazadas de promesas. Pero saberlo y sentirlo eran cosas diferentes. Se levantó con cuidado, apoyando una mano en la barriga para equilibrarse. La bebé dio una patadita suave, como si quisiera consolarla. Sofía sonrió débilmente, pero la sonrisa no llegó a los ojos de nadie, ni del que debería estar a su lado en estos momentos. Bajó las escaleras envuelta en una bata gruesa de lana, los pies descalzos sobre la madera fría. La cocina ya estaba llena de vida: olor a café suave (el que no le molestaba el estómago), a arepas calentitas y a huevos revueltos que Doña María preparaba con esa dedicación de quien sabe que la comida es amor en forma sólida. Doña María levantó la vista al verla entrar y le sonrió con esa ternura que no necesitaba palabras. —Buenos días, mi reina. Ven, siéntate. Te tengo el desayuno listo: arepa con queso suave, plátano maduro y jugo de mora. Nada pesado, nada que te revuelva esas tripas traviesas y dramáticas. Sofía se sentó al lado de Ana, que ya estaba en la mesa con la pequeña Sofía dormida en su regazo. Elena estaba al otro lado, con una taza de té entre las manos y con la mirada perdida en la ventana. Los niños, Alexei, Misha y Nikolai, comían en la mesa pequeña, hablando bajito sobre cómo iban a construir un fuerte de nieve “para los nuevos bebés”. Sofía miró alrededor, notando la ausencia de los hombres. —¿Dónde están…? Doña María puso el plato delante de ella. —Se fueron temprano, mi niña. Dijeron que tenían que resolver algo de la escuela. Que volvían pronto, dijeron que solo era cosa de dos días. Pero nos dejaron bien cuidadas. Sofía bajó la mirada al plato, casi sintiendo ligera tristeza y melancolía, suelta un leve suspiro, agarra el tenedor con desgana y juguetea con un pedacito de arepa. —Aún no puedo creer que se hayan ido de la noche a la mañana. Creí que íbamos a estar todos juntos en este reposo. Que Viktor se quedaría conmigo… con la niña. Pensé que era por nosotras. No por RUBCOL. Elena levantó la vista, con la misma sombra en los ojos. —Yo también. Carl me dijo lo mismo: que era por la escuela, que había que firmar unos papeles urgentes, que volvería antes de que me diera cuenta. Pero… duele. Duele que se vayan sin decir adiós. Sin un beso de verdad, y se siente... casi vacío, el espacio que me hace falta ahora. Ana, que había estado callada, puso una mano en el brazo de Sofía y otra en el de Elena. —Escúchenme las dos. Ellos no se fueron porque no las quieran. Se fueron porque las quieren demasiado. Porque saben que aquí están seguras, porque el embarazo necesita paz absoluta, y ellos están cerrando algo para que cuando vuelvan, no haya más preocupaciones. Solo nosotras, solo los niños, solo los bebés que vienen, confíen en ellos, como yo confío en Dimitri. Sofía miró a Ana, con los ojos húmedos. —¿Tú también lo sientes? ¿Ese vacío? Ana asintió despacio, aunque ella tenía más que vacío, y un miedo pesado en el pecho, algo que nadie más dentro de esa cabaña sabía más que ella, porque Ana ya sabe lo que en verdad estaba pasando, pero debe mentir, por el bien de ellas. —Cada segundo. Pero sé que volverán, sé que lo harán por nosotras. Y mientras tanto… nosotras nos cuidamos mutuamente, podemos hablar de cosas, reírnos, comer lo que queramos, descansar de a ratos. Porque cuando vuelvan… van a encontrar a tres mujeres fuertes. Y a tres bebés fuertes, y a una familia que no se rompe por nada. Elena soltó el aire que tenía atrapado. —Tienes razón. No podemos dejar que el miedo nos gane. Ellos están luchando por nosotras, y nosotras también luchamos para sí mismas. Y por los niños. Sofía asintió, limpiándose una lágrima que se le escapó. —Entonces… comamos. Y esperemos. Y cuando vuelvan… les vamos a decir que los extrañamos. Pero que estamos bien. Porque ellos nos enseñaron a estarlo. Doña María puso tres platos más en la mesa. —Eso es, mis niñas. Coman. Que los hombres volverán con hambre. Y con ganas de abrazarlas. Así que ustedes manténganse fuertes. Por ellos. Por los niños y los bebés que vienen en camino, por toda la familia. Las tres mujeres se miraron y sonrieron con calidez y comprensión, algo pequeño y cansado, pero genuino, porque aunque los hombres se hubieran ido… ellas seguían ahí juntas y ellas solamente debían esperar a que pasaran las horas. Mientras tanto, van a cuidarse y seguir adelante hasta que volvieran los reyes de su corazón, porque el vacío que sienten en estos momentos, duele pesadamente en el pecho, pero lucharán por esperar, porque de todos modos ellos vuelven, siempre vuelven. Y Sofía, aunque estaba de acuerdo, en alguna parte de su corazón, siente y presiente que algo no andaba bien, esos secretos de Viktor... ella ya lo conocía de pies a cabeza, y sabe que en algún momento va a decirle qué es lo que anda pasando.






