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Capítulo 160: La visita que Elena no esperaba dar.

Carl llegó a casa cuando el sol ya se había escondido detrás de los edificios altos de Moscú. El trayecto desde la reunión que había tenido con Ivanov había sido silencioso, solo el ronroneo del motor y el ruido lejano de la ciudad.

Bajó del auto con la carpeta de las fundaciones todavía bajo el brazo, pero la dejó en la mesa del vestíbulo sin mirarla. Lo que llevaba en la cabeza era más pesado que cualquier papel.

Elena estaba en el salón, sentada en el sofá grande con las piernas recogidas bajo una manta de lana suave. Llevaba un suéter holgado de color crema que le caía por un hombro, el cabello suelto y sin maquillaje, algo raro en ella.

Tenía una mano en la barriga, acariciándola despacio, como si todavía no se creyera del todo lo que crecía ahí. Cuando vio a Carl entrar, levantó la vista con una sonrisa pequeña pero sincera.

—¿Cómo te fue?— preguntó, con la voz más suave.

Carl se quitó la chaqueta, la colgó y luego se sentó a su lado. Le tomó la mano libre y la besó en los nudillos.

—Bien. Mejor de lo que esperaba. Las fundaciones están listas. La escuela internacional también. Sofía va a tener todo el control. Y… hablamos. De verdad.

Elena alzó una ceja, curiosa.

—¿Te refieres a Viktor? ¿Habló? ¿Viktor Ivanov hablando contigo como persona?

Carl soltó una risa corta casi nasal y retumbante en su pecho.

—Sí. Y no fue tan malo como esperaba. Me dijo que Sofía no lo está llevando bien. Que este embarazo la está destrozando. Náuseas todo el día, cansancio, vómitos constantes. Dice que nunca la había visto así.

Elena se quedó callada un momento, la mano todavía en su barriga.

—Pobre… conmigo tampoco ha sido fácil, pero… al menos puedo comer algo sin devolverlo todo. Ella debe estar sufriendo mucho.

Carl asintió, mirándola fijo.

—Sí. Y yo… pensé en ti. En cómo tú también estás pasando por esto. En cómo Misha va a ser hermano mayor. En cómo… quiero que esto sea diferente para nosotros.

Elena sonrió suavemente, apoyando la cabeza en su hombro con cuidado.

—Misha va a ser el mejor hermano del mundo. Lo sé. Ya habla de ‘el bebé de la barriga’ como si fuera su responsabilidad. Me dice que le va a enseñar a dibujar dragones y a no tener miedo de la oscuridad.

Carl la abrazó por los hombros, besándole la sien con delicadeza y cariño.

—Y tú vas a ser la mejor mamá para los dos. Lo sé.

Elena levantó la vista, con un brillo nuevo en los ojos.

—Mañana voy a ir a verla. A Sofía. Le llevaré unos regalos de aromaterapia, aceites de lavanda y menta, un difusor pequeño, cosas que me ayudaron a mí al principio. Quiero hablar con ella. De mujer a mujer. Sin rencores. Sin miradas raras. Solo… como alguien que entiende lo que es esto.

Carl la miró sorprendido, pero no discutió, sin embargo, ver esta nueva faceta de su amada, de alguna manera le trae un gran alivio a su pecho, a su alma.

—¿Estás segura? No tienes que forzarte.

Elena negó con la cabeza.

—No es fuerza. Es… necesidad. Quiero que sepa que no la envidio más. Que me parece muy agradable, que lo que tiene con Viktor, con sus hijos… es hermoso. Y quiero que Misha siga yendo allá. Quiero que nuestras familias… se acerquen. Poco a poco.

Carl no dudó, se inclinó hacia ella y la besó lentamente en los labios, un baile antiguo como el tiempo mismo, su mano se apretó en su cadera con cuidado, seguido de posar su mano en su vientre con la palma bien abierta para sentir lo que lleva dentro.

—Entonces ve. Y dile que si necesita algo… aquí estamos.— dijo después de haber soltado sus labios en un leve chasquido.

Elena sonrió, apoyando la frente contra la de él.

—Gracias por no cerrarme la puerta a mí también.

Carl se rio bajito casi irónico.

—Nunca te la cerraría, Elena. Nunca.

Al día siguiente, Elena llegó a la mansión Ivanov con una cesta pequeña; aceites esenciales, un difusor de madera, velas de soja sin olor fuerte y una caja de galletas de jengibre que había comprado en una tienda orgánica.

Sofía abrió la puerta, pálida pero con una sonrisa cansada.

—Elena… no esperaba verte tan pronto.

Elena entró, con la cesta en las manos.

—Vine porque… sé lo que estás pasando. Y quiero ayudarte. Aunque sea un poquito.

Sofía la dejó pasar, la llevó al salón y se sentaron en el sofá grande.

Elena sacó los regalos uno a uno enumerando cada uno y la función que llevaba.

—Lavanda para relajarte. Menta para las náuseas. Jengibre en galletas si puedes tolerarlo. Y… esto es para ti. No es mucho. Pero es de corazón.

Sofía tomó la cesta, los ojos brillantes, le costó procesar un poco, pero sintió felicidad interna que no sabía como reaccionar.

—Gracias, Elena. De verdad. No tenías que…

Elena la miró fijamente.

—Sí tenía.— la interrumpe con suavidad. —Porque yo también estoy esperando. Otro bebé. Y aunque no me ha dado tan duro como a ti… sé lo que es sentir que el cuerpo no te responde. Sé lo que es tener miedo de que algo salga mal. Y… quería decirte que eres fuerte. Muy fuerte. Has superado cosas que yo ni imagino. Y si tú puedes con esto… yo también puedo. Y Misha va a tener un hermanito o hermanita. Igual que Alexei y Nikolai van a tener otro.

Sofía sintió que se le llenaba el pecho de algo cálido.

—Elena… gracias. No sabes cuánto significa esto.

Elena sonrió, pequeño pero sincera calidez.

—Quizá algún día… podamos ser amigas de verdad, por ellos, y por nuestros hijos.

Sofía asintió, con lágrimas en los ojos, par parpadeando rápido para no derramarlas, las hormonas las tenía bastante elevadas así que las emociones le surgen a flor de piel.

—Quizá. Y si no… al menos ya no somos enemigas.

Elena rio bajito.

—Eso ya es mucho.

Se quedaron un rato en silencio, solo mirando a los niños jugar en el jardín desde la ventana, luego de unos momentos, Elena habló otra vez, voz baja.

—Desde el rescate de Misha… no he podido dormir bien. Me despierto pensando que alguien entra por la puerta, que se lo llevan otra vez, el estrés me pegó fuerte y pensé que el embarazo iba a ir mal por eso. Pero… está bien. Todo está bien. Y si yo puedo… tú también puedes, Sofía.

Sofía le tomó la mano, su mano un poco más fría que la de Elena, pero ella no se apartó.

—Lo sé. Y lo vamos a hacer. Juntas. Paso a paso.

Elena apretó su mano como apoyo mutuo.

—Paso a paso.

Y mientras los niños gritaban de alegría afuera, mientras Dragón Gris el gatito corría entre ellos, las dos mujeres se miraron con algo nuevo.

No era amistad plena, todavía no, pero al menos es un comienzo, uno que quizás algún día, se convirtiera en algo más, porque sus hijos ya habían decidido ser hermanos. Y ellas… ellas solo tenían que seguir el ejemplo.

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