Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol en Moscú se elevaba en el cielo y apenas brilla entrando por los ventanales, Viktor despierta con una misión importante hoy, deja descansar a Sofía y se despide con un suave beso en la frente, lleva a Alexei a la escuela y luego arranca directo al punto de encuentro.
Mientras Viktor conduce, se queda pensando un buen rato, pues recuerda que Sofía le había dicho que el día de hoy debía encontrarse con Carl para poder continuar el papeleo de las fundaciones, en ese momento suena su teléfono, era Sofía. —Hola, cariño.— Responde Viktor con dulzura. —¿Cómo amaneciste, todo bien? Al otro lado de la llamada, Sofía apenas logra hablar un poco. —Hola amor...— Hacía pausas largas, pues seguramente las náuseas no la dejaban hablar bien. —Hasta ahora todo bien, aunque no he podido dejar de sentir mareos constantes... ¿qué te iba a decir...? Ah sí, entonces... ¿hoy vas a encontrarte con Carl? Viktor suelta un leve suspiro al sentir como Sofía se esfuerza por hablar y siempre estar pendiente de cada trabajo importante. —Sí, amor, ya estoy en camino directo al punto de encuentro, tú descansa, déjamelo todo a mí, ¿de acuerdo? te amo. Y después de que Sofía se despide, Viktor cuelga y maneja más rápido, deseando que las horas pasen rápidamente para poder regresar con su amada y colmarla con besos por todas partes. Después de unos cuantos kilómetros, Viktor se detiene frente a un edificio, sale del auto elegantemente y se dirige directo a lo que trae entre manos, sin darse cuenta de que Carl ya venía detrás. El encuentro con los negociantes se realizó en una oficina discreta del centro de Moscú, en un edificio de cristal y acero que olía a café caro y contratos firmados. Viktor y Carl llegaron casi al mismo tiempo, cada uno en su auto, sin escoltas visibles pero con la seguridad que ambos sabían llevar encima. Los documentos para la escuela internacional y la ampliación de las fundaciones de Sofía ya estaban sobre la mesa: permisos aprobados, presupuestos detallados, nombres de profesores bilingües, planes para becas en barrios vulnerables. La reunión fue rápida, precisa, sin rodeos. Firmaron. Se dieron la mano. Y cuando los abogados y asesores se fueron, quedó solo el silencio entre los dos hombres. Viktor miró el reloj. —Es hora de comer. Vamos a algún lugar tranquilo. Hay cosas que no se hablan en una oficina. Carl asintió, sin discutir ni más ni menos. Terminaron en un restaurante pequeño y oscuro en una calle lateral, de esos que no salen en guías turísticas, mesas de madera vieja, luz tenue de lámparas ámbar, olor a pan recién horneado y carne asada. Pidieron vodka puro y filete con patatas, sin florituras. Ambos se sentaron frente a frente, ninguno habló de inmediato, bebieron el primer trago en silencio. Viktor fue quien rompió el hielo, voz baja, casi como si le costara decirlo. —Sofía está muy mal, Carl. Muy mal. Vomita todos los días. Se marea con nada. Apenas puede levantarse de la cama. Nunca la había visto así con Alexei ni con Nikolai. Este embarazo la está desgastando… y yo me siento impotente. No sé qué hacer. Solo puedo estar ahí, sosteniéndole el cabello y dándole agua. Pero no puedo quitarle el malestar. Y eso… eso me mata por dentro. Carl lo miró fijamente, el vaso quieto en su mano. Por primera vez, vio a Viktor no como el capo frío que todos temían, sino como un hombre común, como un padre, un esposo. —Elena también está esperando,— confesó Carl, casi en un susurro. —Un hermanito para Misha. Hace unas semanas me lo dijo. Y… sí, también tiene náuseas. No tan fuertes como Sofía, pero suficientes para que se quede en cama la mitad del día. Hace una pequeña pausa tomando un pequeño trago de su bebida, y continúa. —Se cansa con nada. Se irrita con todo. Y yo… yo me siento igual que tú. Impotente. Como si todo mi dinero, todos mis contactos, no sirvieran de nada cuando la mujer que amo está sufriendo y no puedo detenerlo. Viktor soltó una risa corta, sin burla sacudiendo la cabeza sin poder creer la igualdad de la situación. —Así que estamos en las mismas. Dos idiotas viendo cómo nuestras mujeres cargan lo que nosotros pusimos ahí… y sin poder hacer más que mirar. Carl sonrió apenas, por primera vez en mucho tiempo sin tensión, se le arrugan las comisuras de los ojos y los labios, y Viktor ve por primera vez sus dientes blancos y perfectos. —Es jodido ser padre. Pensé que lo difícil era el dinero, los negocios, los enemigos. Pero no. Lo difícil es verlas sufrir y no poder arreglarlo con un cheque o un disparo. Viktor levantó su vaso en un tintineo con el hielo. —Por eso. Por las mujeres que nos aguantan. Y por los hijos que nos hacen sentir que valió la pena todo. Carl chocó su vaso, el sonido del vidrio tintineante resonó sobre ellos. —Por ellas. Y por los que vienen. Ambos bebieron al mismo tiempo, el silencio que siguió ya no era incómodo, era compartido. Carl habló otra vez, más bajo. —Las fundaciones… la escuela… ya está todo listo. Sofía va a tener el control total. Quiero que sea grande. Que lleve su nombre si quiere. Que ayude a niños que no tienen lo que Misha tiene. Lo que Alexei tiene. Viktor lo miró fijamente, comprendiendo por completo su punto de vista. —Ella va a estar feliz. Muy feliz. Y yo… yo también te lo agradezco. Porque esto no es solo dinero. Es confianza. Y confianza entre nosotros… eso no se compra. Carl asintió despacio. —Quizá algún día… no seamos solo padres de niños que son amigos. Quizá seamos… algo más. No sé. Amigos. Aliados. Lo que sea. Pero por ahora… gracias por dejar que Misha esté cerca de tu familia. Gracias por no cerrarme la puerta. Viktor levantó el vaso otra vez. —Gracias por dejar que Alexei sea amigo de tu hijo. Y por no cerrarme la tuya. Chocaron los vasos una vez más y volvieron a beber, y esta vez sintieron que el silencio entre ellos no fue de tensión, sino de respeto, de algo que empezaba a parecerse más que una tregua. Y quizás… solo quizás… a una amistad, lejana todavía, pero de a poco crecía. Mientras afuera la nieve empezaba a caer otra vez, suave y silenciosa, los dos hombres se quedaron ahí, hablando de fundaciones, de escuelas, de hijos que aún no nacían… y de esposas que los volvían locos de amor y de miedo al mismo tiempo. Y en ese restaurante pequeño, bajo luces ámbar y con el olor a pan recién horneado, algo cambió. No fue un acuerdo firmado, ni fue un apretón de manos formal, fue solo un brindis, y una promesa muda de que, pase lo que pase, sus hijos no crecerían como enemigos, sino más bien como hermanos, Y eso… eso ya era más grande que cualquier imperio.






