Mundo ficciónIniciar sesiónElena regresó a casa con el auto en piloto automático, las manos firmes en el volante y la mente flotando en un lugar más suave de lo habitual. El trayecto desde la mansión Ivanov había sido silencioso, pero no pesado. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía esa opresión en el pecho al pensar en ellos. No había envidia punzante. No había resentimiento. Solo una calma extraña, casi aliviada.
La visita había sido corta, pero suficiente: Sofía había aceptado los aceites de lavanda y menta con una sonrisa cansada pero sincera, y cuando Elena le dijo “si necesitas algo… llámame”, Sofía la había mirado como si realmente lo creyera. Eso le había bastado. Al entrar por la puerta principal, el ambiente de la mansión Kuzmin era el de siempre: ordenado, elegante, silencioso. Los sirvientes se movían como sombras discretas, el aroma a madera pulida y a flores frescas llenaba el aire. Carl estaba en su oficina, puerta entreabierta, la luz de la lámpara de escritorio iluminándole el perfil mientras revisaba documentos en la computadora. Levantó la vista al oír sus pasos. —¿Cómo fue?— preguntó sin dejar de teclear. Elena se quitó el abrigo y lo colgó con cuidado en el perchero. —Bien. Mejor de lo que esperaba. Sofía… está muy mal. Pero me dejó ayudarla. Un poco. Carl asintió despacio, cerrando la laptop. —Me alegro. Misha preguntó por ella esta mañana. Dice que quiere llevarle un dibujo nuevo para que se sienta mejor. Elena sonrió levemente con calidez. —Ese niño… es puro corazón. Se acercó a Carl, le dio un beso suave en la sien y siguió hacia las escaleras. —Voy a descansar un rato. Me siento un poco cansada. Carl la miró subir, notando cómo se apoyaba un poco más en la baranda de lo normal. No dijo nada. Solo la siguió con la mirada hasta que desapareció en el pasillo. Elena entró a la habitación principal, cerró la puerta y se quedó de pie un segundo, respirando hondo. Se sentía… aliviada, llena de gratitud, incluso. Por Misha, que seguía sonriendo cada vez que hablaba de Alexei. Por Carl, que había empezado a llegar más temprano a casa, que la abrazaba sin esperar nada a cambio. Por el bebé que crecía dentro de ella, que aún no tenía nombre pero ya le latía con fuerza. Se quitó los zapatos, se soltó el cabello y se acostó boca arriba en la cama, con las manos sobre la barriga, y cerró los ojos. Los minutos pasaban lentamente, sólo el tic tac sonoro del reloj de pared que se escuchaba en la habitación, hasta que Elena... sintió algo moverse. Un dolor distinto. No el calambre suave y pasajero de las semanas anteriores, no, este era más punzante, más profundo, como si algo apretara desde adentro, no con fuerza, pero sí con insistencia. Se quedó quieta, respirando despacio, esperando que pasara. No se pasaba... Se incorporó con cuidado, se levantó y caminó al baño. Se miró en el espejo, el color de sus mejillas cambió a color pálido, con ojeras que el maquillaje ya no cubría del todo, necesitaba confirmar algo, así que se agachó y bajó la mirada. Y allí, en la ropa interior, vio una pequeña mancha rojiza, no mucha, solo un rastro casi que visible, pero suficiente para que el corazón se le detuviera un segundo. Se quedó inmóvil, con la mano todavía en el vientre, contando los latidos propios y los que imaginaba del bebé. —Tranquila… es normal… a veces pasa…— se dijo así misma en voz baja, intentando convencerse. Pero el dolor no se iba. Se quedaba ahí, punzante, recordándole que no todo estaba bajo control. Elena se sentó en el borde de la bañera, con las manos temblando ligeramente sobre la barriga. No gritó, tampoco llamó a Carl, igual no quería interrumpir su trabajo, así que solo se quedó en silencio, mirando el piso de mármol blanco, dudando. ¿Estaba exagerando? ¿Era solo un aviso del cuerpo, algo pasajero? ¿O realmente algo no estaba bien? El bulto que se formaba en un bebé apenas se movió suave, como si quisiera recordarle que aún estaba ahí. Elena cerró los ojos, una lágrima solitaria rodó por su mejilla. —Por favor… quédate conmigo…— susurró con voz casi inaudible y temblorosa. Y se quedó así, sentada en silencio, con una mano sobre el vientre y la otra apretando el borde de la bañera, esperando con dudas y mucho miedo, y creyó que está vez tenía control, pero, al parecer ella tampoco se esperaba este giro de los acontecimientos, y le está costando procesarlo. Elena se quedó sentada en el borde de la bañera más tiempo del que pretendía. El silencio del baño era ensordecedor, solo interrumpido por el goteo lejano del grifo y su propia respiración, que intentaba mantener lenta y controlada. La mancha rojiza en la ropa interior no había aumentado, pero tampoco había desaparecido. Era pequeña, pero parecía ya como un extraño aviso, y suficiente para que el miedo se le instalara en el pecho como una piedra fría. Intentó convencerse otra vez frotándose las manos que ya se sentían frías, con mucho nerviosismo. —Es normal… pasa en el primer trimestre… solo es el cuerpo ajustándose… Pero el dolor punzante volvió, no como un calambre pasajero, sino como una puñalada corta y profunda que le cortaba el aliento. Se dobló ligeramente, apretando los dientes, y esperó a que pasara, pero no pasó, al menos no del todo. Se levantó con cuidado, se lavó la cara con agua fría, se miró al espejo y vio su propio reflejo: pálida, ojeras marcadas, labios apretados. No quería alarmar a Carl, no quería interrumpir su trabajo, pero el dolor seguía ahí, insistente, recordándole que no podía ignorarlo para siempre. Respiró hondo y muy profundo, una vez más y salió del baño. Caminó por el pasillo con pasos cortos y cuidadosos, una mano apoyada en la pared para mantener el equilibrio, la otra sobre el vientre como si pudiera proteger lo que crecía dentro con solo tocarlo. Llegó a la puerta de la oficina de Carl. Estaba entreabierta, la luz cálida de la lámpara de escritorio se filtraba al pasillo. Se detuvo un segundo en el umbral, dudando, porque no quería sentirse como una carga, y no quería que él viera lo débil que se había vuelto de repente. Pero otra punzada la hizo doblarse un poco, agarrándose el estómago con más fuerza. Carl levantó la vista del monitor al oír el pequeño jadeo. La vio allí: pálida, con la mano en el vientre, los ojos brillantes por el dolor contenido. —Elena… ¿qué pasa? Ella intentó sonreír, pero salió una mueca algo torcida, desencajada por las puñaladas que sentía. —No sé… es un dolor… punzante. No es como los calambres de antes. Es más… profundo. No sé si estoy exagerando o si… si debería ir a urgencias. Carl se levantó de la silla de inmediato, sin una palabra más, no hubo preguntas, no hubo un “¿estás segura?” simplemente actuó de inmediato, solo movimiento, reacción rápida y decidida. Cruzó el despacho en tres zancadas largas, llegó hasta ella y la tomó por los brazos con cuidado, sosteniéndola. —No te muevas. Respira. Dime dónde duele exactamente. Elena apoyó la frente en su hombro, temblando un poco, el tacto de ella estaba frío y ligeramente húmedo, Carl lo notó. —Aquí… abajo… como si apretaran. Viene y va… pero ahora no se va. Carl no dudó más. La sostuvo con un brazo alrededor de la cintura y con la otra mano ya estaba sacando las llaves del auto del bolsillo. —Vamos al hospital. Ahora. Elena intentó protestar débilmente. —Carl… no quiero alarmarte… quizá sea… —No me importa si es exagerado. No voy a arriesgarme. Ni a ti. Ni al bebé. La guio despacio por el pasillo, bajando las escaleras con cuidado, paso a paso, como si ella fuera de cristal. En la puerta principal ya estaba el chofer, alertado por el intercomunicador que Carl había pulsado sin que Elena se diera cuenta. El auto esperaba con el motor encendido. Carl la ayudó a subir al asiento trasero, se sentó a su lado y le tomó la mano. —Respira conmigo. Inhala… exhala… así. Vamos a llegar rápido. Elena cerró los ojos, apretándole la mano con fuerza. —Gracias, amor… por no dudar. Carl le besó los nudillos uno a uno como si también dependiera de la urgencia. —Nunca dudo cuando se trata de ti. O de él. El auto arrancó, cortando la nieve con los faros. Y mientras la ciudad pasaba borrosa por la ventana, Elena se quedó mirando su mano entrelazada con la de Carl, sintiendo otra movimiento suave del bebé. —Quédate conmigo… por favor…— susurró para sí misma. Y Carl, sin decir nada, solo apretó su mano más fuerte. Porque esta vez… esta vez no iba a dejar que el miedo ganara. No otra vez.






