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Capítulo 132: La nueva que llegó osra robar corazones.

Un año había pasado como un suspiro largo y dulce. La mansión ya no era solo un refugio, era un hogar vivo, lleno de pasos pequeños, risas que rebotaban en las paredes y el olor constante a café colombiano mezclado con nieve rusa.

Alexei tenía cinco años recién cumplidos: alto para su edad, con el cabello oscuro de Viktor y los ojos grandes y curiosos de Sofía. Hablaba con ese acento suyo inconfundible, mitad ruso firme, mitad colombiano cantadito y ya iba a primer grado en la misma escuela privada, donde ahora era el niño que todos querían cerca.

Nikolai, con año y medio, ya caminaba solo, pasos torpes pero decididos, siempre detrás de su hermano mayor como una sombra gordita y feliz. Ya no necesitaba que Doña María lo cargara todo el tiempo, ahora se agarraba de las piernas de quien estuviera cerca y decía “¡pa!” o “¡ma!” con esa voz que derretía a cualquiera.

Y entonces, una tarde de otoño, el todoterreno negro entró por el camino de grava y se detuvo frente a la puerta principal, Doña María se asomó para ver quién era.

Dimitri bajó primero, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara y los ojos brillando de esa forma que solo un padre nuevo tiene.

Detrás de él, Ana salió con cuidado, llevando en brazos un bultito envuelto en una manta rosa suave. La bebé tenía apenas tres meses, mejillas redondas y rosadas, cabello negro finito como plumas y unos ojitos que ya miraban el mundo con curiosidad tranquila.

Doña María salió corriendo primero, con las manos en la boca.

—¡Ay, Dios mío! ¡Mis niños ya siendo padres, mi nietecita nueva!

Alexei y Nikolai salieron detrás, Alexei tirando de la mano de su hermanito para que no se cayera.

—¡Tío Dimitri! ¡Tía Ana! ¿Es la bebé?— gritó Alexei, saltando en el sitio.

Nikolai, todavía tambaleante, se quedó quieto mirando el bultito con la boca abierta.

Dimitri se agachó y levantó a Alexei en un abrazo fuerte.

—Sí, campeón. Se llama Sofía… como tu mami. Para que siempre tenga un pedacito de ella.

Sofía, que acababa de salir con Viktor detrás, se llevó la mano al pecho.

—¿Sofía?— susurró, con los ojos llenándose de lágrimas.

Ana se acercó, le puso la bebé en brazos con cuidado.

—Sí… Sofía Ana Veronin. Porque sin ti, Sofía, nada de esto habría pasado. Tú fuiste mi hermana cuando no tenía a nadie.

Sofía tomó a la pequeña con manos temblorosas. La bebé abrió los ojos, la miró y soltó un gorgoteo suave, como si la reconociera. Viktor se acercó por detrás, rodeó la cintura de Sofía y besó la coronilla de la bebé.

—Bienvenida, pequeña Sofía— murmuró, la voz ronca de emoción.

Doña María ya estaba llorando sin control, abrazando a Ana y luego a Dimitri.

—¡Mi niña! ¡Mi niño! ¡Trajeron una princesita!

Alexei se acercó despacio, de puntillas.

—¿Puedo tocarla, tía Ana?

Ana asintió, arrodillándose.

—Claro, mi amor. Pero suavecito.

Alexei extendió un dedito y tocó la mejilla de la bebé.

—Hola, Sofi chiquita… soy Alexei. Tu primo mayor. Te voy a cuidar siempre, ¿sí? Como cuido a Nikolai.

Nikolai, que había gateado hasta ahí, se agarró de la pierna de Ana y miró a la bebé con ojos enormes.

—¡Bebé!— dijo, señalándola con su manita gordita.

Todos rieron.

Dimitri levantó a Nikolai y lo acercó también.

—Mira, Nikolai… esta es tu prima Sofía. Ahora son tres para jugar.

La pequeña bostezó, cerrando los ojitos, y todos se quedaron en silencio un segundo, como si el mundo entero hubiera decidido parar para mirarla. Viktor abrazó a Sofía por detrás, besándole el cuello.

—Otro bebé en la familia… y lleva tu nombre, reina mía. ¿Cómo no voy a estar loco por ti?

Sofía giró la cabeza y lo besó suavemente en los labios.

—Porque ahora somos más… y eso me hace feliz, mi rey.

Doña María ya estaba planeando todo, la habitación de la bebé, la cuna nueva, la ropita que iba a tejer ella misma.

—¡Vamos adentro! ¡Esta princesita necesita calor y leche!

Entraron todos juntos, riendo, hablando a la vez. Alexei caminaba al lado de Dimitri, orgulloso.

—Tío… ¿ya puedo enseñarle a jugar fútbol cuando crezca?

Dimitri se rió de buena gana.

—Claro, campeón. Pero primero déjala dormir… que las princesas también necesitan descansar.

Nikolai, en brazos de Ana, estiró la manita hacia la bebé y le tocó el piecito.

—¡Na-na!— repitió, feliz.

La mansión se llenó de ese ruido nuevo, el llanto suave de una recién llegada, las risas de dos niños grandes y el gorgoteo tranquilo de Nikolai.

Y en medio de todo, Viktor miró a Sofía con la pequeña en brazos, y sintió que el corazón se le apretaba de una forma buena.

—¿Sabes qué, Mayra traviesa?— le susurró al oído mientras subían las escaleras.

—¿Qué, mi rey?

—Que cada vez que llega alguien nuevo… te deseo más. Porque verte así, con un bebé en brazos, me pone duro solo de mirarte.

Sofía se sonrojó de inmediato pero con esa sonrisa escondida que no engañaba a nadie.

—Entonces esta noche… cuando todos duerman… me recuerdas por qué sigo siendo tu reina.

Viktor gruñó bajito contra su cuello.

—Te prometo que no vas a dormir, reina mía. Te lo prometo.

Y mientras la familia se acomodaba en la sala, Doña María preparando chocolate caliente, Alexei contando historias de la escuela, Nikolai gateando hacia la bebé para “conocerla” la mansión se sintió más llena que nunca.

No solo de gente. Sino de amor. De futuro.

De promesas pequeñas que crecían cada día. Y Viktor, mirando a su familia completa, supo que había valido cada batalla. Porque ahora no solo tenía un imperio. Tenía un legado. Y ese legado… empezaba con nombres como Alexei, Nikolai y la pequeña Sofía. Y con una mujer que lo había cambiado todo.

Su Sofía.

La mansión se fue quedando en silencio poco a poco. Doña María se llevó a la pequeña Sofía a la habitación que habían preparado para ella, cuna blanca con sábanas de algodón bordadas, móvil de estrellas suaves girando sobre su cabecita.

La bebé se durmió casi al instante, con un suspiro chiquito que hizo que Doña María se quedara un rato más, solo mirándola.

Alexei y Nikolai ya estaban en su cuarto, Alexei contando historias de dragones al oído de su hermanito hasta que los dos cerraron los ojos, Nikolai con el pulgar en la boca y una sonrisa dormida. Irina y Olga terminaron de recoger la cocina y se retiraron a sus habitaciones con sonrisas cansadas y felices.

Solo quedó el murmullo lejano del bosque y el crepitar bajo de la chimenea en la sala principal.

Viktor cerró la puerta de la habitación principal con llave. La luz de la lámpara de noche era tenue, dorada, suficiente para ver las curvas de Sofía bajo la bata de seda que se le pegaba al cuerpo después de la ducha.

Ella estaba de espaldas, cepillándose el cabello frente al espejo, cuando sintió los brazos de él rodearla por detrás.

Viktor pegó el pecho a su espalda, duro, caliente.

Le apartó el cabello con la nariz y besó la nuca despacio, dejando que su aliento le erizara la piel.

—Sofía…— ronroneó bajito, con esa voz grave que siempre la hacía temblar. —¿Sabes cuánto te deseo ahora mismo?

Sofía dejó el cepillo y apoyó las manos en el tocador, arqueando un poco la espalda para pegarse más a él.

—Cuéntame, mi rey… ¿qué quieres hacer conmigo?

Viktor deslizó una mano por su vientre, subiendo hasta cubrirle un pecho por encima de la seda.

La otra bajó directo entre sus muslos, encontrándola ya lista.

—Quiero cucharearte por detrás toda la noche— murmuró contra su oreja, mordisqueando el lóbulo. —Quiero entrar despacio… profundo… y quedarme ahí hasta que me ruegues que me mueva.

Sofía jadeó, empujando las caderas contra su mano.

—¿Y después?

Viktor le bajó la bata de un tirón suave, dejando que cayera al suelo. La giró despacio hasta que quedaron frente a frente, piel contra piel. La levantó en brazos y la llevó a la cama, la dejó boca abajo con cuidado, subiéndose detrás de ella.

—Después… quiero llenarte otra vez— susurró, besándole la columna mientras se posicionaba entre sus piernas. —Quiero darte un bebé nuevo, reina mía. Una bebé esta vez. Una niña que tenga tus ojos, tu risa… tu fuego.

Sofía se arqueó hacia atrás, gimiendo bajito cuando sintió la cabeza de su miembro rozándola.

—¿Quieres otra Sofía en la familia?— preguntó con voz ronca, traviesa.

Viktor entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro.

Los dos soltaron un suspiro al mismo tiempo.

—Quiero otra Sofía,— gruñó, empezando a moverse lento, profundo, abrazándola por la cintura. —Quiero verte con la barriga redonda otra vez… verte amamantar… verte ser mamá. Quiero verte brillar así… y saber que es por mí.

Sofía cerró los ojos, empujando hacia atrás para encontrarlo en cada embestida.

—Entonces hazlo, Viktor… lléname. Hazme tuya otra vez. Quiero esa bebé contigo.

Él aceleró solo un poco, manteniendo el ritmo tortuoso que sabía que la volvía loca. Una mano bajó entre sus piernas, acariciando su perla brillante en círculos lentos mientras la penetraba profundo.

—Di que sí, Sofía… di que quieres mi bebé dentro de ti.

—Sí… sí, mi rey… quiero tu bebé… quiero que me llenes… ¡ahora!

Viktor gruñó contra su cuello, mordiéndole la piel suave mientras aceleraba. Los gemidos de Sofía se volvieron más altos, más desesperados.

Cuando ella llegó, temblando y apretándolo dentro, él se dejó ir también, derramándose profundo, profundo, con un rugido bajo que vibró contra su espalda.

Se quedaron así, unidos, jadeando.

Viktor la abrazó por detrás, besándole el hombro, la nuca, la oreja. —Te amo, Sofía… y si viene una niña… la vamos a llamar como tú quieras. Pero va a ser nuestra.

Sofía giró la cabeza lo justo para besarlo lento, suave.

—Y si es niño… lo llamamos Viktor. Para que tenga tu fuerza.

Él sonrió contra su boca.

—Trato hecho, mi reina.

Y así, con la mansión dormida alrededor y la nieve cayendo silenciosa afuera, se quedaron abrazados, pegados, soñando con un futuro que ya empezaba a crecer dentro de ella. Porque el amor, cuando es así de verdadero… no se detiene. Solo se multiplica. Y ellos… ellos estaban listos para multiplicarlo una vez más.

Así que sin más, después de tanto trabajo arduo corporal, se quedaron abrazados, dormidos y satisfechos, soñando con más y más bebés, y futuros que aún faltaban por vivir, pero mientras tanto, estaban gozando el presente.

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