Mundo ficciónIniciar sesiónEl recreo de ese viernes llegó con un sol tímido que apenas calentaba el patio de la escuela.
Alexei corría con su grupo de siempre: dos niños de su edad y una niña que siempre llevaba coletas altas. Jugando y tirando la pelota roja con fuerza, gritando —¡Gol!— cada vez que entraba entre las chaquetas apiladas como portería improvisada. Alexei era el más rápido, el que más gritaba, el que siempre proponía —¡vamos a hacer un equipo de dragones!— Todos lo seguían. Todos lo querían. En la banca del fondo, lejos del ruido, Misha estaba sentado solo. Las piernas colgando, las manos apretadas sobre las rodillas, la cabeza baja mirando la arena. Nadie se acercaba. Desde la pelea del otro día, y después de que la maestra hablara con toda la clase sobre “no burlarse del otro”, los niños habían empezado a evitarlo. No lo invitaban a jugar. No le prestaban crayones. No le hablaban en el almuerzo, Misha, el que antes mandaba en el patio, ahora era el niño que nadie quería cerca, de repente, la pelota roja de Alexei salió disparada de una patada fuerte. Rodó, rodó, rebotó contra una piedra y terminó justo a los pies de Misha. Alexei se detuvo en seco y miró la pelota, luego su mirada se posó en Misha, por un segundo nadie dijo nada, nadie se movió, en ese momento Alexei sintió algo raro en el pecho, no había enojo, no había miedo. Era… como ver a alguien que conocía, pero al revés. Como cuando papá le contaba historias de tío Dimipap, cómo lo había encontrado solo, herido, y decidió que nunca más estaría solo. Y Alexei pensó en eso. Pensó en cómo papi siempre decía... “La familia no es solo sangre, campeón. Es quien eliges proteger”. Tragó saliva y caminó despacio hacia la banca, como se acercara a un animal herido e indefenso. Misha levantó la cabeza, sorprendido. Sus ojos estaban rojos, como si hubiera estado conteniendo lágrimas. Alexei se paró frente a él. —Esa es mi pelota— dijo, pero no con voz de pelea, solo... normal, con serenidad, viendo que Misha miraba la pelota y luego apuntó a mirarlo a él. —La tiré yo— murmuró en voz baja casi como buscando la forma de disculpa aunque no había culpable como tal, así que Alexei se agachó recogiendo el objeto pero todavía no se iba, sino que se quedó mirando a Misha. —¿Quieres jugar?— preguntó de repente. Misha parpadeó. —¿Conmigo?— preguntó el niño mayor con sorpresa en los ojos, casi como algo que no se esperaba pero de alguna manera sintió cierta esperanza interna. Alexei se encogió de hombros. —Sí. Pero no me empujes más. Y no digas cosas feas de mi mamá. Si lo haces, te empujo de vuelta. Pero si no… puedes jugar. Misha se quedó callado un rato largo. Miró hacia sus antiguos amigos, que ahora jugaban sin mirarlo. Luego miró a Alexei, que seguía ahí, esperando, con la pelota bajo el brazo. —Está bien— dijo bajito. —No te empujo más. Alexei sonrió, pequeño pero era una sonrisa genuina, real, casi más cálida de lo que pretendía. —Ven. Estamos jugando a portería de dragones. Tú puedes ser el dragón malo si quieres… o el bueno. Tú eliges. Misha se levantó despacio. Caminó al lado de Alexei hacia el grupo, con un poco de nervios. Los otros niños se quedaron quietos cuando los vieron llegar. —¿Qué hace él aquí?— preguntó uno. Alexei se puso delante de Misha, como un escudo chiquito. —Va a jugar con nosotros. Y si alguien no quiere… pues que no juegue. Pero él sí puede. Nadie dijo nada más. La pelota empezó a rodar otra vez. Misha pateó de primero, con fuerza bruta, y fue un gol sin discusión. Alexei gritó —¡Bien!— y le chocó la mano. Misha se quedó mirando su propia mano, como si no creyera que alguien se la había chocado sin que fuera para empujarlo. El recreo siguió, no fue perfecto pero tampoco tan malo, algunos niños miraban raro y desconfiaban, pero el juego seguía, la pelota rodaba indiferente a la tensión del juego, y Misha quizá, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía realmente solo. Cuando sonó el timbre, Alexei y Misha caminaron juntos hacia el salón, no hablaban mucho, no eran amigos todavía, pero algo había cambiado. Alexei pensó en papá y en tío Dimitri, en cómo empezaron con sangre y terminaron siendo hermanos... se dijo a sí mismo, bajito, mientras entraba al salón... —Yo también puedo proteger a alguien. Aunque sea el que antes me molestaba. Y en ese momento, sin saberlo del todo, Alexei empezó a ser más que el hijo de Viktor Ivanov. Empezó a ser un niño que elegía, no con odio, sino con algo más fuerte, con la misma fuerza que su papi usaba para proteger a su familia. Y eso… eso era el comienzo de algo mucho más grande que una pelea en el patio. Alexei sonríe para sí mismo mientras dibuja un dragón grande y otro un poco más pequeño al lado, también uno mucho mucho más chiquito al que podría pensar que es Nikolai, porque algo conoce muy bien, conoce el significado de una familia unida y cómo es sentirse proteger a los demás y ayudar, justo como mamá y papá. El timbre final sonó como un suspiro de alivio en todo el patio. Los niños salieron en tropel, mochilas rebotando, voces altas, risas que se mezclaban con el ruido de los autos esperando en la entrada. Viktor estaba apoyado en el todoterreno negro, con los brazos cruzados, gafas de sol puestas para que nadie viera exactamente hacia dónde miraba. Sofía estaba a su lado, con Nikolai en brazos y una sonrisa ansiosa que no podía disimular. Doña María había quedado en la mansión preparando merienda junto con Irina y Olga, pero ellos no podían faltar al primer día completo después de la pelea. Alexei salió entre los primeros. La mochila colgando de un hombro, el cabello revuelto por el viento del recreo, pero con esa energía que parecía no acabarse nunca. Viktor lo vio de inmediato y sintió que el nudo en el pecho se aflojaba un poco. Pero entonces vio lo que pasó después. Alexei se detuvo a unos metros de la salida. Misha estaba ahí, solo, esperando a su padre con la cabeza baja y la mochila abrazada contra el pecho. Alexei dudó un segundo. Luego caminó directo hacia él. Viktor se tensó, Sofía también. Alexei se paró frente a Misha, sacó un dibujo arrugado de su mochila, el dragón rojo que había hecho esa semana con un dragncito más añadido al lado y se lo extendió. —Toma. Este es para ti. Ahora tiene un dragón chiquito a su lado. Para que no esté solo. Misha levantó la vista, sorprendido. Tomó el papel con manos temblorosas, lo miró como si no entendiera qué estaba pasando. Alexei le dio una palmada suave en el hombro, no fuerte, no agresiva, solo… un gesto de “estamos bien”. —Nos vemos mañana— dijo Alexei, y se dio la vuelta sin esperar respuesta. Misha se quedó quieto, mirando el dibujo. El dragón grande ahora tenía un compañero pequeño volando a su lado. Algo en su cara cambió, no era sonrisa, pero tampoco era el gesto duro de siempre. A lo lejos, Carl Kuzmin observaba desde su auto gris. Vio la escena completa, el dibujo, la palmada, la despedida simple. Su mandíbula se apretó, y sus ojos se encontraron con los de Viktor por un segundo a través del patio, a través de la distancia, a través de todo lo que los separaba. No hubo saludo. No hubo gesto de complicidad. Ni una inclinación de cabeza. Solo una mirada larga, fría, evaluadora, esperó a que Misha se acercara y luego se subió al auto sin decir nada, el motor rugió y se fue llevándose a Misha. Viktor quitó las gafas de sol despacio, luego miró a Sofía. —¿Viste eso? Ella asintió, con los ojos brillantes mirando a su pequeño crecer. —Nuestro niño… le dio un dragón a quien lo lastimó. Y no por debilidad. Por fuerza. Viktor sintió algo caliente en el pecho, quizá orgullo mezclado con miedo y un amor tan grande que casi dolía al respirar. Alexei llegó corriendo, se lanzó a los brazos de Sofía primero. —¡Mami! ¡Hoy jugué con Misha! Le di mi dibujo. Dice que le gusta el dragón chiquito. Sofía lo abrazó fuerte, besándole la cara. —Mi campeón… estoy tan orgullosa de ti. Viktor lo levantó en brazos, lo miró a los ojos. —¿Estás bien, hijo? Alexei asintió serio. —Sí, papi. No quiero que esté solo. Como tú no dejaste solo a tío Dimitri. Viktor sintió que se le cerraba la garganta. Besó la frente de su hijo. —Eres mejor que yo, Alexei. Mucho mejor. Lo bajó al suelo y luego tomó la mano de Sofía con una mano y la de Alexei con la otra. Nikolai gorgoteó feliz desde los brazos de Sofía. Caminaron hacia el auto en silencio. Al subir, Viktor miró por el retrovisor una última vez hacia donde había estado el auto del padre de Misha. No había complicidad. Todavía no. Pero algo había empezado a moverse. Algo pequeño. Como una pelota roja que rueda despacio hasta el otro lado del patio. Y Viktor supo, en ese instante, que su hijo ya no era solo su niño, rra el comienzo de algo nuevo. Algo que quizás, algún día, haría que enemigos se volvieran… no amigos. Pero al menos, no enemigos. Y eso… eso era suficiente por hoy. Sofía se inclinó y le besó la mejilla. —¿En qué piensas, mi rey? Viktor sonrió, suave. —En que nuestro hijo ya está cambiando el mundo… un dibujo de dragón a la vez. Y mientras conducían de regreso a la mansión, con Alexei contando historias del día y Nikolai gorgoteando respuestas, Viktor pensó que quizás… solo quizás… el legado que iba a dejar no era poder ni miedo. Era esto, un niño que elegía tender la mano en vez de cerrarla en puño. Y eso… eso valía más que cualquier imperio.






