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Capítulo 168: Cita médica doble.

Habían pasado dos semanas más desde el susto de Elena y la noticia que Sofía había confirmado con su cuerpo cada mañana. El tiempo se movía lento en la mansión Ivanov, como si el embarazo de Sofía hubiera puesto todo en pausa, las náuseas seguían llegando en oleadas impredecibles, pero ya no tan violentas; el cansancio era constante, pero ya podía levantarse un rato por la mañana sin sentir que el mundo se le venía encima.

La barriga crecía despacio, una curva que Alexei besaba cada noche antes de dormir y que Nikolai tocaba con manitas curiosas, diciendo “bebé” como si ya fuera su mejor amigo.

Doña María la seguía con té de jengibre y galletas saladas, vigilando que comiera aunque fuera un bocado. Viktor no se apartaba mucho: reuniones cortas, llamadas rápidas, pero siempre volvía antes del mediodía para sentarse a su lado, ponerle la mano en la barriga y contarle cómo había ido el día.

Ana llamó un jueves por la tarde. Primero a Sofía, luego a Elena. La voz de la doctora era calma, pero firme, como siempre.

“Sofi, Elena… ya están entrando al segundo trimestre. Necesito verlas. Monitorear los niveles hormonales, el crecimiento, la placenta. Nada invasivo: ecografía, análisis de sangre, presión. Quiero asegurarme de que todo siga en orden. Pueden venir mañana a mi consulta privada. Traigan a los esposos si quieren. Vamos a hacer esto juntas.

Sofía aceptó de inmediato, aunque el estómago se le revolvió solo de pensar en el trayecto. Elena dudó un segundo más, pero también dijo que sí.

Al día siguiente, las dos llegaron casi al mismo tiempo a la consulta privada de Ana: un espacio pequeño pero acogedor en un edificio discreto del centro, con paredes claras, luz natural y una camilla que parecía más cómoda que clínica.

Viktor y Carl esperaban en la sala de espera, sentados en sillas separadas pero sin tensión entre ellos. Se saludaron con un gesto de cabeza y un “¿cómo está?” breve, no hablaban mucho, no hacía falta.

Ana las atendió por separado, primero a Sofía.

En la camilla, con el gel frío en la barriga, la ecografía mostró todo en orden: el bebé ya tenía forma humana clara, latido fuerte (162 por minuto), placenta bien posicionada, crecimiento dentro de los parámetros normales para las catorce semanas.

—Todo perfecto, Sofi— dijo Ana, limpiando el gel con una toalla suave. —El hematoma que vimos al principio ya se reabsorbió por completo. El bebé está creciendo como debe. Pero sigues con náuseas y fatiga porque tus niveles de hCG están muy altos, más que con los anteriores. Es normal en algunos embarazos, pero vamos a mantener el reposo relativo. Nada de esfuerzos. Nada de estrés. Y si vomitas más de cuatro veces al día o no retienes líquidos… me llamas.

Sofía asintió, con lágrimas de alivio en los ojos.

—Gracias, Ana… de verdad. Me estaba volviendo loca pensando que algo andaba mal.

Ana le apretó la mano.

—Nada anda mal. Solo estás embarazada de un bebé muy fuerte. Y eso cansa. Pero vas a estar bien.

Luego le tocó a Elena.

El chequeo fue igual de tranquilo. Latido fuerte (158 por minuto), crecimiento normal, hematoma reabsorbido, placenta perfecta.

—Estás estable, Elena,— dijo Ana calmando el estrés de Elena. —El dolor que sentiste fue el hematoma resolviéndose. No hay signos de amenaza. Sigue con reposo relativo, progesterona y antiespasmódicos. Y si vuelve cualquier síntoma… me llamas. ¿Entendido?

Elena asintió, con una sonrisa temblorosa.

—Entendido. Gracias… por todo.

Ana las miró a las dos.

—Son dos embarazos sanos. Dos bebés fuertes. Y dos mamás fuertes. Van a estar bien. Las dos.

Cuando salieron a la sala de espera, Viktor y Carl se levantaron al mismo tiempo.

Viktor fue directo a Sofía, la abrazó con cuidado y le besó la frente.

—¿Todo bien, amor?

Sofía asintió, apoyando la cabeza en su pecho.

—Todo perfecto. El bebé está fuerte. Solo necesita que lo cuide más.

Carl hizo lo mismo con Elena, tomándole la mano y besándole los nudillos.

—¿Y tú?

Elena sonrió, más tranquila.

—Bien. Todo estable. Solo reposo… y paciencia.

Los cuatro se miraron un segundo. No hubo palabras grandes. Solo un entendimiento silencioso: estaban en el mismo barco, dos parejas, dos embarazos, y claro, cada pareja estaba algo asustada, viviendo con un poco de miedo, pero todos tenían la misma esperanza.

Viktor rompió el silencio.

—Si necesitan algo… lo que sea… la puerta está abierta.

Carl asintió brevemente comprendiendo.

—Lo mismo digo.

Y se despidieron con un apretón de manos breve pero firme. De regreso en el auto, Sofía apoyó la cabeza en el hombro de Viktor.

—Elena… está cambiando. Viene más suave, y cada vez se va abriendo un poco más con nosotros.

Viktor le besó la coronilla.

—Tú la cambiaste, reina mía. Con tu forma de ser. Con tu corazón.

Sofía sonrió débilmente pero era una sonrisa genuina.

—Y Carl… está aprendiendo a ser papá de verdad. Como tú.

Viktor se rio bajito.

—Quizá algún día podamos tomar un café sin que parezca que vamos a sacarnos un cuchillo.

Sofía levantó la vista, traviesa a pesar del cansancio.

—Quizá. Pero por ahora… solo quiero llegar a casa, acostarme y que me abraces hasta que me duerma.

Viktor la miró con ojos oscurecidos.

—Te abrazo. Te beso. Te cuido. Todo lo que necesites.

Y mientras el auto avanzaba por la ciudad nevada, Sofía sintió que el miedo se hacía más pequeño, ella recuerda cómo la consulta terminó con abrazos breves y promesas de mensajes diarios.

Ana le había dado a Sofía una nueva receta de antieméticos más suaves y una lista de alimentos que debían ser “amigos del estómago”: arroz blanco, plátano maduro, manzana rallada, galletas de soda sin sal.

A Elena le ajustó la dosis de progesterona y le recordó que caminara poco pero diario, solo lo suficiente para que la sangre circulase sin forzar.

También recuerda como Elena la había mirado como si fueran amigas de toda la vida, compartiendo un momento mutuo, como si todo lo que ella se esforzó haciendo hasta hoy día hubiera valido la pena, ella se siente muy acompañada, más que eso, vista, por quienes la quieren y aprecian y ella, también aprecia y quiere a todos quienes la rodean.

El regreso a la mansión fue tranquilo. Viktor manejaba con una mano en el volante y la otra entrelazada con la de Sofía. Ella apoyaba la cabeza en el respaldo, con los ojos cerrados, sintiendo el calor de su palma contra la suya.

—¿Te dijo algo nuevo Ana?— preguntó él en voz baja.

Sofía abrió los ojos y sonrió débil.

—Que el bebé está perfecto. Que crece como debe. Que los niveles hormonales son altos, por eso las náuseas tan fuertes, pero que todo está en orden. Solo necesito seguir descansando. Y… que tú tienes que tener paciencia.

Viktor soltó una risa baja, besándole los nudillos.

—Paciencia tengo. Lo que me mata es verte así. Pero si Ana dice que está bien… está bien.

Sofía le apretó la mano.

—Y Elena también está estable. El hematoma se reabsorbió. Solo reposo. Igual que yo.

Viktor asintió, con una media sonrisa.

—Carl me contó. Dice que Elena quiere venir más seguido. Que quiere hablar contigo. De madre a madre.

Sofía se quedó callada un momento, mirando por la ventana la nieve que empezaba a derretirse en los bordes de la carretera.

—Me alegra. Me alegra de verdad. Pensé que nunca íbamos a llegar a esto. Que siempre iba a haber una pared entre nosotras.

Viktor giró en la entrada de la mansión.

—Los niños lo hicieron posible. Alexei y Misha. Ellos no saben de rencores. Solo saben que son amigos. Y nosotros… nosotros solo seguimos su ejemplo.

El auto se detuvo frente a la puerta principal.

Viktor bajó primero, rodeó el vehículo y abrió la puerta de Sofía con cuidado. La ayudó a bajar, la abrazó por la cintura y caminaron despacio hacia la entrada.

Doña María los recibió con una sonrisa enorme.

—¡Mis amores! ¿Cómo les fue? ¿Todo bien con los bebés?

Sofía la abrazó con cuidado pero el abrazo fue cálido y necesario.

—Todo perfecto, mamá. Ana dice que los dos están sanos. Solo reposo y paciencia.

Doña María le besó la frente.

—Entonces ven, mi niña. Te tengo sopa de arroz y plátano maduro. Nada pesado. Y después… a descansar.

Viktor miró a Sofía.

—Voy a buscar a Alexei a la escuela. Vuelvo en veinte minutos. ¿Estarás bien?

Sofía asintió, apoyándose en Doña María.

—Sí, mi rey. Ve tranquilo. Mamá me cuida.

Viktor le dio un beso suave en los labios.

—Te amo. Vuelvo enseguida.

Y sin más, Viktor volvió a subir al vehículo y arrancó directo a la escuela a buscar a su hijo.

Sofía entró al salón con Doña María del brazo.

Se sentó en el sofá grande, con una manta sobre las piernas y el balde discreto al lado por si volvía la náusea.

Doña María se sentó a su lado, tomándole la mano.

—¿Y cómo te fue con Ana, mi niña? ¿Qué te dijo del pequeño?

Sofía sonrió con cansancio.

—Que está perfecto. Que crece bien. Que el latido es fuerte. Que solo necesito cuidarme más. Pero… mamá, también hablé con Elena, aquella vez que vino a verme. Me trajo aceites y galletas. Y hablamos. De verdad. De embarazos. De miedos. De cómo ser mamás. Creo que… creo que estamos empezando a ser amigas.

Doña María le acarició la mejilla.

—Eso es hermoso, mi amor. Elena es buena mujer. Solo estaba asustada. Como tú ahora. Pero el miedo se va cuando hay amor. Y aquí hay mucho amor.

Sofía apoyó la cabeza en su hombro.

—Sí… mucho amor. Y Elena está cambiando. Dice que quiere que Misha tenga un hermanito. Que quiere que su casa sea como esta. Con ruido. Con vida.

Doña María rio bajito.

—Entonces la vamos a ayudar. Poco a poco. Con arepas. Con abrazos. Con niños que corran por todos lados.

Sofía sonrió, cerrando los ojos.

—Sí… poco a poco.

Y mientras esperaban a Viktor y a Alexei, la mansión siguió respirando. Con una madre que cuidaba. Con una hija que descansaba, y con un bebé que crecía, con la certeza de que, aunque el camino fuera largo… siempre habría manos que sostener.

A la vez, Elena estaba en su propia casa, leyendo otro libro que ya había leído hace meses atrás pero que le gustaba mucho, había algo en sus pensamientos, de cómo se iba desarrollando todo, de cómo Misha de enemigo se convirtió el mejor amigo de Alexei Ivanov, de cómo ha surgido una amistad creciente y duradera, y eso es algo que nadie iba a poder cambiar.

—Lo juro...— susurra ella con la mano apretada en el pecho. —Misha siempre tendrá compañía, nunca estará sólo, y yo nunca voy a permitirlo, porque merece amor, así como Alexei...

Sonríe para sí misma, queriendo cumplir todos los sueños posibles de su hijo, y de su amado, y por supuesto, del bebé que estaba en camino, y ahora más cuando sabe que tiene una nueva alianza familiar, verdaderos amigos, una verdadera amiga como Sofía, y una doctora como Ana con la cual confiar de verdad, ella ahora se sentía vista, más querida, más amada, y ella prometía proteger eso a toda costa.

Al rato, cuando se dio cuenta de que Carl y Misha llegaron, ella se levanta con pie firme, dando a entender que ella ya no se sentía débil, y caminó hacia la entrada, recibiendo a Misha en un suave abrazo cuidadoso, Carl quien ve desde la distancia cerca al auto, no puede evitar soltar una gran sonrisa, una que Elena vio y nota que había pasado mucho tiempo desde que lo había visto sonreír, y va a hacer muchas más cosas por el para ver esa sonrisa cada día a cada instante, porque la vida se vive mejor en compañía y con mucho pero mucho amor más que de por medio.

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