Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana en la mansión empezó con el ruido alegre de siempre, Alexei bajando las escaleras de dos en dos con la mochila lista, Nikolai gateando detrás de él como una sombra pequeña y decidida, Doña María gritando desde la cocina que no se olvidara el almuerzo. Sofía lo peinó rápido en la puerta, le ajustó la corbata del uniforme y le dio un beso ruidoso en la mejilla.
—Compórtate, campeón… y dile a Misha que lo esperamos el sábado para jugar fútbol en el jardín, ¿sí? Alexei sonrió grande, con esos dientes chiquitos que todavía tenían un huequito en el medio. —¡Sí, mami! ¡Le voy a decir que traiga su pelota nueva! Viktor lo levantó en brazos un segundo, lo miró fijo a los ojos. —¿Todo bien en la escuela, hijo? Alexei asintió firme y calmado. —Todo bien, papi. Misha ya no me dice cosas feas. Ahora somos amigos de dragones. Viktor lo bajó al suelo, le revolvió el cabello y le dio una palmada suave en la espalda. —Entonces ve y sé el mejor dragón del salón. El todoterreno lo dejó en la entrada de la escuela como cada día. Alexei bajó de un salto, saludó al chofer con la mano y corrió hacia el patio. Misha ya estaba ahí, sentado en la banca de siempre, pero esta vez no estaba solo mirando la arena. Tenía la mochila abierta y sacaba un dibujo que había hecho en casa, un dragón azul con alas enormes y un niño montado encima. Cuando vio a Alexei, levantó la mano con una sonrisa tímida. —¡Alexei! Alexei corrió hasta él y le chocó la mano como ya tenían costumbre. —¡Misha! ¿Trajiste el dibujo del dragón que me dijiste? Misha asintió orgulloso y se lo mostró. —Es para ti. Ahora tiene fuego azul. Como el tuyo es rojo, podemos hacer un equipo. Alexei tomó el papel con cuidado, lo miró como si fuera un tesoro y lo guardó en su mochila. —¡Es el mejor! Vamos a sentarnos juntos hoy. Entraron al salón de la mano, como si fuera lo más normal del mundo. Se sentaron en la segunda fila, uno al lado del otro. La maestra sonrió al verlos: ya no había tensión, ya no había miradas feas. Solo dos niños que habían decidido que ser enemigos era aburrido. Durante la clase de matemáticas, Alexei levantó la mano como siempre. Misha también la levantó esta vez, aunque más despacio. Cuando la maestra preguntó cuánto era siete más ocho, los dos gritaron “¡quince!” al mismo tiempo y se rieron bajito. En la hora de manualidades, hicieron un dragón gigante de cartón juntos: Alexei pintó las alas rojas, Misha las escamas azules. Se manchaban las manos de pintura y se reían cuando se salpicaban. En el recreo, salieron al patio con la pelota roja. Los otros niños se acercaron, pero esta vez no había grupos separados. Jugaron todos juntos: Alexei y Misha en el mismo equipo, pasando la pelota, gritando “¡aquí!” y “¡gol!”. Sentados en la banca después de cansarse, comiendo manzanas que la maestra les había dado, hablaron de cosas de casa. —Mi prima Sofía (aunque no son primos realmente) chiquita ya abre los ojos más tiempo,— dijo Alexei orgulloso. —Ayer me dejó agarrarle la manita. Es muy suave. Misha sonrió ampliamente con algunos dientes que le faltaban por la muda. —Mi mamá dice que cuando nazca mi hermanito, yo voy a ser el hermano mayor. Como tú con Nikolai. Alexei asintió serio. —Es lo mejor. Tienes que cuidarlo siempre. Y enseñarle a no tener miedo. Misha miró su manzana un segundo. —Gracias por no seguir enojado conmigo, Alexei. Por lo del empujón y lo del acento... el año pasado. Alexei se encogió de hombros. —Ya pasó. Ahora somos amigos de dragones. Y los dragones no se pelean entre ellos. Pelean contra los malos. Misha se rió bajito, agradecido por sus palabras. —Sí. Contra los malos. El timbre sonó. Se levantaron, se sacudieron la arena y caminaron juntos al salón. Al final del día, cuando Viktor y Sofía llegaron a buscarlo, Alexei salió corriendo con Misha al lado. —¡Papi! ¡Mami! ¡Misha viene el sábado! ¡Vamos a hacer un equipo de dragones en el jardín! Sofía sonrió grande y se agachó para abrazar a los dos. —¡Claro que sí! Los esperamos con pizza y helado. Viktor miró a Misha un segundo largo. El niño levantó la vista, un poco nervioso. Viktor se agachó también, le tendió la mano. —Bienvenido, Misha. En nuestra casa, los amigos de Alexei son familia. Misha tomó la mano con timidez y la apretó. —Gracias, señor. Alexei sonrió enorme. —¡Vamos a casa, Misha! ¡Te voy a mostrar mi dragón de verdad! Y mientras subían al auto, con Nikolai gorgoteando desde su sillita y Sofía mirando todo con ojos brillantes, Viktor sintió que algo dentro de él se aflojaba por completo. Su hijo no solo iba a la escuela. Estaba construyendo algo mejor que cualquier imperio. Amigos. De verdad. Y eso… eso era más grande que cualquier cosa que él hubiera logrado con balas o miedo. En el asiento trasero, Alexei y Misha hablaban de dragones, de goles y de hermanitos. Y el mundo, por un rato, se sintió un poquito menos cruel. Porque dos niños habían decidido que el odio era aburrido. Y la amistad… la amistad era mucho más divertida. La mansión bullía de esa alegría ruidosa que solo los niños saben crear. Alexei y Misha estaban tirados en la alfombra del salón grande, rodeados de crayones, papeles y bloques de construcción. El dragón rojo de Alexei ahora tenía un compañero azul enorme que Misha había dibujado con lengua afuera y alas torcidas. —¡Este es el jefe de los dragones malos!,— gritaba Misha, moviendo el dibujo como si volara. —¡Y el mío es el bueno que lo salva!— respondía Alexei, chocando los papeles en un choque épico que terminaba en risas. Nikolai gateaba entre ellos, intentando atrapar un crayón rojo que rodaba, gorgoteando feliz cada vez que uno de los dos le hacía cosquillas en la barriguita. Doña María y Sofía entraron con bandejas, jugo de mora, arepas calientes con queso derretido, trocitos de fruta y galletas recién horneadas que olían a vainilla y canela. —¡A merendar, dragones!— anunció Sofía, arrodillándose para poner los platos en la alfombra. Doña María se sentó en el sofá, mirando a los niños con ojos brillantes. —Estos dos ya son inseparables… miren cómo se cuidan. En ese momento, el teléfono de Viktor vibró sobre la mesa. Una videollamada entrante. Carl Kuzmin. Viktor se levantó del sillón, caminó hacia la ventana para que la luz natural iluminara bien la escena y aceptó la llamada. La cara de Carl apareció en pantalla, escritorio oscuro de caoba, fondo de libros caros, expresión tensa pero contenida. Todavía lo veía como rival. Siempre lo vería. Pero ya no con odio puro. Con una resignación a regañadientes que empezaba a parecer respeto. —¿Ivanov?”, dijo Carl, voz grave. —¿Mi hijo está ahí? Viktor giró la cámara despacio, enfocando la alfombra. —Míralo tú mismo. La pantalla mostró a los dos niños, Alexei y Misha sentados hombro con hombro, riendo mientras dibujaban un dragón gigante que ahora tenía tres cabezas y alas de colores locos. Nikolai se había subido al regazo de Misha, agarrando un crayón azul y manchándole la mano. Misha no se quejó, solo le hizo cosquillas en la barriguita y le dijo —¡cuidado, pequeño dragón!— Alexei levantó la vista, vio que su papá estaba en llamada y saludó con la mano. —¡Hola, señor Carl! ¡Misha está dibujando conmigo! ¡Vamos a hacer un equipo de dragones invencibles! Sofía entró en cuadro con una bandeja, sonrió a la cámara y dejó un plato de arepas al lado de los niños. —Carl… bienvenido al caos. ¿Quieres que le mande una foto de la merienda? Tus arepas favoritas las hace mi madre. Doña María asomó la cabeza desde atrás, saludando con la mano. —¡Dígale a su señora que venga cuando quiera! ¡Hay más para todos! Carl se quedó callado un segundo largo. Sus ojos seguían la escena, los niños riendo, Nikolai gateando sobre los papeles, Sofía repartiendo jugo, Viktor de pie con esa calma que siempre lo ponía nervioso pero que ya no podía ignorar. —Se ve… contento— murmuró al fin, no era una disculpa, tampoco era una rendición, pero era algo, un reconocimiento a regañadientes de que su hijo estaba bien. Mejor que bien. Viktor volvió a enfocar la cámara en su cara. —Está más que contento, Carl. Está en casa. Y tu hijo es bienvenido cuando quiera. No hay rencores aquí. Solo niños jugando. Carl apretó la mandíbula, pero no discutió. —Lo recogeré a las seis. Viktor asintió. —Estará listo. Y Carl… si quieres pasar por un café cuando lo traigas… la puerta está abierta. No hubo respuesta inmediata. Solo un silencio cargado y luego Carl cortó la llamada. Viktor guardó el teléfono y volvió a la alfombra. Se sentó entre los niños, tomó un crayón y empezó a dibujar un dragón negro con ojos grises. Alexei lo miró con orgullo. —¡Ese es el papá dragón! Misha se rió chimuelo. —Y el mío es el azul que lo ayuda. Sofía se sentó al lado de Viktor, apoyó la cabeza en su hombro y le susurró al oído... —¿Viste eso, mi rey? Tu hijo ya está haciendo amigos… y hasta el papá gruñón empieza a ablandarse... me recuerda a esa amistad entre tú y Dimitri. Viktor la besó en la sien,un beso casto pero suave. —Porque tiene la mejor influencia, reina mía. Tú y él… están cambiando todo, y sí, siento algo de... nostalgia al verlos juntos y superar el odio. Y mientras los dragones de papel volaban por la alfombra, mientras Nikolai reía y Nikolai gateaba, mientras Doña María servía más jugo y la mansión se llenaba de ese calor que no se compra con dinero ni con poder… Viktor pensó que quizás, solo quizás, Carl y él nunca serían amigos. Pero sus hijos sí. Y eso… eso era más que suficiente. Porque el futuro no se construye con rencores viejos. Se construye con niños que eligen jugar juntos. Y ellos ya habían empezado.






