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Capítulo 129: El valor de Alexei.

La rectora, la señora Elena Petrova, se quedó sola en su despacho después de que los Ivanov se marcharan. La puerta se cerró con un clic seco y el silencio cayó como plomo. Sobre el escritorio: dos expedientes abiertos.

Uno de Alexei Ivanov: notas impecables en las primeras evaluaciones, participación constante, inteligencia que saltaba en cada respuesta.

El otro de Misha Kuzmin: comportamiento disruptivo recurrente, quejas de otros niños, padres que siempre llegaban con excusas y amenazas veladas.

Elena suspiró, se quitó los lentes y se frotó los ojos.

Sabía que esto no iba a terminar con una simple sanción. El padre de Misha, Carl Kuzmin, era un empresario mediano con contactos en el ayuntamiento y en círculos que nadie quería mencionar. Y Viktor Ivanov… bueno, todo Moscú sabía quién era Viktor Ivanov, aunque nadie lo dijera en voz alta.

Sonó el teléfono interno, era la secretaria al otro lado de la línea.

—Señora Petrova, el señor Kuzmin insiste en hablar con usted. Dice que no se va hasta que resuelvan esto.

Elena respiró hondo y demasiado agotada por la situación.

—Hágalo pasar.

Carl entró como si el despacho fuera suyo.

Traje gris caro, reloj que brillaba más que la lámpara del techo, sonrisa de quien siempre gana.

—Rectora… esto es ridículo. Mi hijo fue atacado. Ese niño extranjero empezó. Y el padre… ese mafioso… ¿me amenazó en su cara? ¿Y usted no hace nada?

Elena se mantuvo sentada, voz calmada.

—Señor Kuzmin, hay cámaras en el patio. Las revisé. Misha empujó primero. Alexei se defendió. No empezó él.

Carl soltó una risa seca y fría al mismo tiempo.

—¿Y qué? Es un niño. Los niños se empujan. Mi Misha es un hombrecito. Si alguien lo toca, tiene derecho a defenderse. Ese otro… con ese acento ridículo, hablando como si estuviera en una favela… ¿qué hace aquí? Esta es una escuela decente.

Elena sintió que algo se le endurecía en el estómago.

—Alexei es ruso por nacimiento, señor Kuzmin. Su madre es colombiana. Su acento no lo hace menos niño ni menos alumno.

Carl se inclinó sobre el escritorio con ambas manos sobre la superficie de la mesa.

—Mire, rectora. Yo dono todos los años. Mucho. Y si mi hijo no está cómodo… me llevo la donación. Y hablo con los padres de los otros niños. Y con la junta. Usted sabe cómo funciona esto.

Elena lo miró fijamente, sintió un frío bajar y subir como elevador por su espalda, la amenaza quedó impregnada en el aire durante unos segundos más.

—¿Me está amenazando con retirar fondos si no expulso a un niño de cuatro años que se defendió?

Carl se encogió de hombros.

—No es amenaza. Es negocio.

Elena cerró los expedientes con un golpe seco.

—Entonces hablemos de negocio, señor Kuzmin. Alexei Ivanov es el alumno más brillante que hemos tenido en años. Participa, responde, aprende rápido. Si lo dejamos crecer aquí… en unos años podría ser el estudiante que ponga esta escuela en el mapa. Becas, concursos nacionales, prestigio. Usted sabe que esta institución no es de élite todavía. Pero podría serlo. Y si pierdo a Alexei por una pelea que su hijo empezó… perdemos eso.

Carl se rió secamente y nasal.

—¿Ese niño? ¿Prestigio? Por favor.

Elena se levantó despacio.

—Lo llamaría ahora, en este instante para traerlo aquí y lo vea de nuevo, usted podrá ver y me dirá si ese niño no vale más que su orgullo.

Llamó a la secretaria.

—Traiga a Alexei Ivanov, por favor.

Minutos después la secretaria da aviso de que Alexei llegó con Viktor, ambos entraron, el pequeño aún tenía el labio partido, el raspón en la mejilla, pero con una inocencia firme. Miró a Carl sin miedo, Viktor hizo lo mismo, miró a Carl como si fuera uno más en la sociedad antes de saludar a la rectora con decencia, algo que Alexei también hace.

—¿Me ha llamado, señora rectora?

Elena sonrió suavemente ante como Alexei es tan educado.

—Sí, Alexei. Siéntate. Quiero que me cuentes qué pasó hoy. Con tus palabras.

Alexei miró a Carl un segundo, luego habló claro.

—Misha dijo que hablo feo porque soy colombiano. Me empujó. Yo lo empujé de vuelta. No quería pelear… pero no me gusta que me digan cosas feas de mi mamá.

Carl bufó, Viktor lo notó pero no hizo nada, apenas apretó ligeramente la mandíbula.

—¿Ves? Es agresivo.— dijo Carl.

Elena levantó la mano.

—Señor Kuzmin… silencio. Alexei, ¿tú empezaste?

—No, señora. Él empezó.

Elena miró a Carl.

—Las cámaras lo confirman. Y ahora escúcheme bien, Alexei se queda. Misha tendrá una semana sin recreo y una charla con el psicólogo escolar. Si vuelve a tocarlo, a burlarse de su acento o de su familia… será expulsado. Sin negociación. Y yo misma hablaré con la junta sobre sus donaciones. Porque no vendo el futuro de esta escuela por dinero sucio.

Carl se puso rojo.

—Esto no se queda así.

Elena sonrió con firmeza y determinación.

—Puede irse cuando quiera, señor Kuzmin. Pero si retira a su hijo… pierdo un alumno problemático. Si pierde a Alexei… pierdo un futuro brillante.

Usted decide qué vale más.

Carl se levantó, furioso con las manos empuñadas y los nudillos blancos. Mientras que Viktor ve aquello con serenidad, internamente celebraba con triunfo.

—Esto no termina aquí.

Salió dando un portazo fuerte haciendo resonar las paredes y las ventanas.

Elena miró a Alexei.

—Gracias por contarme la verdad, pequeño. Puedes volver a clase. Y si alguien te molesta… vienes directo aquí. ¿Prometido?

Alexei asintió.

—Prometido.

Viktor asintió. —Gracias, rectora, estaré atento a cualquier situación.— Viktor salió con Alexei y lo dejó en el salón.

Cuando se fueron, Elena se sentó y escribió un mensaje corto que va a quedar guardado y será enviado tanto para los padres de Alexei y Misha.

"Debido a que se llegó a una conclusión, el niño Alexei puede proseguir con sus clases con normalidad, Misha será sancionado durante una semana, hasta que aprenda a respetar."

Abajo, en el patio, Alexei volvió a jugar. No miró atrás. No tenía miedo. Porque sabía que Viktor y Sofía siempre estarán cerca. Y porque, por primera vez, había usado sus propias palabras para defenderse.

Y eso… eso lo hacía sentir más grande que cualquier niño de cinco años. Mientras tanto, en la mansión, Viktor recibió el mensaje. Se lo mostró a Sofía. Ella sonrió, con lágrimas de orgullo.

—Nuestro campeón ya está ganando sus batallas.

Viktor la abrazó por la cintura.

—Y nosotros vamos a asegurarnos de que siempre tenga dónde volver a casa.

Porque Alexei no era solo un niño con acento raro. Era su hijo, un niño inteligente, valiente, y estaba empezando a entender que su voz importaba. Más que cualquier burla. Más que cualquier empujón. Y eso… eso era el verdadero prestigio.

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