Inicio / Mafia / COMPRADA POR EL JEFE DE LA MAFIA / Capítulo 125: El miedo que no se dice.
Capítulo 125: El miedo que no se dice.

La mansión respiraba tranquila esa tarde de enero. La nieve había parado por fin y el sol pálido se colaba por las ventanas altas del salón, dibujando cuadrados dorados en el suelo de madera. Alexei jugaba en la alfombra con sus soldaditos, hablando solo, inventando batallas épicas donde el héroe siempre ganaba. Nikolai gateaba cerca, intentando atrapar uno de los caballos de plástico que se le escapaban entre los dedos gorditos.

Doña María tarareaba en la cocina, preparando ese arroz con pollo que olía a hogar y a olores sabrosos.

Viktor estaba sentado en el sillón grande, con un libro abierto en las rodillas que no había leído ni una página. Sus ojos seguían a Alexei. El niño acababa de cumplir tres años y medio, pero en un par de meses llegaría a los cuatro. Cuatro años. Y aún no había pisado un jardín de niños. Ni una escuela. Ni un aula con otros niños gritando y riendo y empujándose.

Viktor lo había mantenido cerca. Siempre cerca.

Protegido. Encerrado en el mundo que él conocía mejor: el de la mansión, el bosque, los hombres armados en la entrada, las reglas que no se rompen. Pero cada vez que Alexei preguntaba “¿cuándo voy a tener amigos de verdad, papi?”, algo dentro de Viktor se apretaba como una garra.

¿Iba a dejar que se fuera? ¿Que saliera al mundo real, donde los niños no llevan pistolas de juguete, sino mochilas con libros, donde los maestros no saben quién es Viktor Ivanov y los otros padres no bajan la mirada cuando pasa?

¿O iba a mantenerlo aquí, guiándolo poco a poco hacia el mismo camino que él había recorrido, el de las sombras, las decisiones que dejan manchas que no se quitan nunca, el poder que se paga con noches sin dormir?

El miedo le subió por la garganta como bilis. No era miedo a que le pasara algo. Era miedo a que no le pasara nada. A que creciera sin cicatrices propias, sin haber aprendido a caerse y levantarse solo. O peor, miedo a que eligiera el camino fácil, el que él mismo había dejado atrás y aún no soltaba del todo.

Sofía entró al salón con un sobre en la mano.

Llevaba un suéter suave color crema que le caía holgado por un hombro, dejando ver la clavícula que a Viktor le encantaba besar. El sobre era blanco, con un logo discreto de una escuela privada en Moscú. Ella se acercó, se sentó en el brazo del sillón y le pasó el sobre sin decir nada.

Viktor lo abrió despacio. Folleto. Fotos de aulas luminosas, niños sonrientes, patios con columpios, profesores jóvenes. Horarios.

Inscripciones para el jardín de niños. Para septiembre. Sintió un nudo en el pecho que no sabía nombrar. Pánico. Sí, pánico puro.

—Sofía…— murmuró, sin apartar la vista del papel.

Sofía le acarició el cabello corto de la nuca, suave, tranquila.

—Alexei necesita amigos, Viktor. Necesita aprender a compartir, a pelear por un juguete y después abrazarse. Necesita caerse en el patio y que una maestra le limpie la rodilla. No puede vivir solo con nosotros para siempre.

Él cerró el sobre con dedos que temblaban un poco.

—No sé si estoy listo para dejarlo ir.

Ella se bajó del brazo del sillón y se sentó en sus piernas, frente a él, tomándole la cara con las dos manos.

—Nadie está listo, mi rey. Yo tampoco. Pero no podemos encerrarlo en esta mansión por miedo a que el mundo lo lastime. El mundo lo va a lastimar de todos modos… y nosotros vamos a estar aquí para enseñarle a levantarse.

Viktor cerró los ojos, apoyando la frente contra la de ella.

—¿Y si lo lastiman de verdad? ¿Y si alguien lo reconoce como mi hijo y…

Sofía le besó la comisura de la boca, suave.

—Entonces le enseñamos a defenderse. Pero primero le enseñamos a vivir. A ser niño. A reír sin calcular riesgos. Déjalo ir un poquito, Viktor. Paso a paso. Podemos elegir la escuela más segura, poner guardias discretos si quieres, pero… déjalo ir.

Alexei levantó la cabeza desde la alfombra, con un soldadito en la mano.

—¿Mami? ¿Papi? ¿Voy a ir a la escuela con otros niños?

Viktor sintió que el corazón se le apretaba.

Miró a su hijo, sus ojos grandes, una sonrisa confiada, inocencia que aún no había sido tocada por nada oscuro.

Tragó saliva con fuerza tratando de esconder el nudo vulnerable que le aprieta con fuerza, pero se esforzó por mantener la voz firme.

—Pronto, campeón. Muy pronto.

Sofía sonrió, besando la frente de Viktor.

—¿Ves? Ya lo sabe. Y lo quiere. No lo prives de eso por miedo, mi amor. Tú eres el hombre más fuerte que conozco… y ahora tienes que ser fuerte de otra forma.

Viktor la abrazó por la cintura, enterrando la cara en su cuello.

—No sé si pueda, Sofía.

—Puedes. Porque yo voy a estar contigo. Y porque Alexei ya sabe que su papi siempre vuelve. Siempre.

Nikolai gateó hasta ellos y se agarró de la pierna de Viktor, gorgoteando feliz.

Viktor lo levantó con un brazo, lo sentó en su regazo junto a Sofía. Miró a sus dos hijos. A la mujer que lo había salvado sin saberlo. Y por primera vez en mucho tiempo, el miedo no ganó.

Solo se quedó ahí, quieto, como una sombra que aún no desaparece… pero que ya no manda.

—Está bien— murmuró contra el cabello de Sofía. —Hagámoslo. Pero con cuidado. Paso a paso.

Ella le sonrió, traviesa y tierna a la vez.

—Ese es mi rey. Fuerte hasta en la suavidad.

Viktor la besó despacio y profundo, con Nikolai entre ellos y Alexei mirándolos desde abajo con curiosidad.

Y en ese momento, con la mansión llena de vida y la nieve cayendo afuera, Viktor entendió algo...

No tenía que elegir entre el mundo que conocía y el que quería para sus hijos. Podía enseñarles las dos cosas. Podía protegerlos sin encerrarlos. Podía amarlos sin romperlos. Y eso… eso era más difícil que cualquier guerra que hubiera peleado.

Pero también era lo único que valía la pena.

Así que respiró hondo, abrazó a su familia un poco más fuerte… y decidió que, por primera vez, iba a soltar un poco la rienda. No porque ya no tuviera miedo. Sino porque el amor era más grande que el miedo. Y ellos… ellos iban a demostrarlo. Día a día. Paso a paso. Hasta que sus hijos pudieran caminar solos.

La tarde se deslizó lenta hacia el atardecer.

El sol se escondía detrás de los pinos, tiñendo la nieve de un naranja suave que entraba por las ventanas del cuarto de los niños. Alexei y Nikolai estaban allí, solos por un rato, mientras abajo la familia terminaba de recoger la mesa del almuerzo.

Alexei, con sus cuatro años cumplidos, se había sentado en la alfombra con las piernas cruzadas como un guardia pequeño. Delante de él, Nikolai gateaba despacio, explorando un mundo que parecía moverse a su propio ritmo.

El bebé no lloraba ni reclamaba. Sus movimientos eran suaves, casi delicados: extendía una manita gordita hacia un bloque de madera, lo tocaba con cuidado, lo miraba un segundo largo como si lo estudiara, y luego seguía su camino sin prisa.

No se frustraba si el juguete se le escapaba.

No gritaba por atención. Solo… existía. Tranquilo. Sereno. Como si el mundo no tuviera prisa por alcanzarlo.

Alexei lo observaba fijamente. Se dio cuenta, de esa forma simple y profunda en que los niños se dan cuenta de las cosas importantes, que su hermanito era diferente. No débil. Solo… más lento. Más suave. Y eso despertó algo en su pecho pequeño, algo que no sabía nombrar todavía, pero que sentía como un fuego callado.

—Tranquilo, Nikolai… no te preocupes— murmuró el niño, acercándose gateando él también hasta quedar frente a frente. Tomó uno de los bloques y lo puso justo donde Nikolai lo alcanzaba con facilidad. El bebé lo agarró con dedos torpes, lo miró y soltó un gorgoteo feliz, como si le diera las gracias.

Alexei sonrió, orgulloso. Se inclinó y le dio un beso en la cabecita suave, oliendo a champú de bebé y a leche tibia.

—Yo te cuido, ¿sí? Como papi cuida a tío Dimitri. Nadie te va a hacer nada. Nunca. Te lo prometo.

Nikolai lo miró con esos ojos enormes, tranquilos, y extendió la manita para tocar la mejilla de su hermano mayor. Alexei dejó que la tocara, sin moverse, sintiendo que algo dentro de él crecía.

No era miedo. Era promesa.

Abajo, Viktor y Sofía terminaron de guardar los platos. Subieron las escaleras en silencio, atraídos por el murmullo suave de los niños.

Se detuvieron en la puerta entreabierta del cuarto, sin hacer ruido.

Vieron a Alexei sentado como un guardián diminuto, pendiente de cada movimiento lento de Nikolai. Vieron cómo el niño mayor ponía juguetes al alcance del pequeño, cómo le hablaba bajito, cómo le besaba la cabeza con una ternura que no sabía que tenía.

Sofía sintió que se le humedecían los ojos.

Se apoyó en Viktor, susurrando contra su pecho...

—Mira, mi rey… ya está empezando a protegerlo. Como tú protegiste a Dimitri.

Viktor no dijo nada al principio. Solo miró. El nudo en su pecho se aflojó un poco, incluso podría decirse que parte de ese miedo que lo consumía en el capítulo anterior.

—Va a ser bueno en eso,— murmuró al fin, la voz ronca. —Mejor que yo. Porque no va a tener que pagar el precio que yo pagué.

Sofía le tomó la mano y la apretó.

—Entonces déjalo ir a la escuela, Viktor. Déjalo aprender a proteger sin tener que encerrarse. Déjalo ser el hermano mayor que Nikolai necesita… y el hijo que nosotros queremos que sea.

Viktor respiró hondo, mirando a sus hijos jugar en esa luz dorada de atardecer.

“Está bien, reina mía. Mañana… mañana llenamos la inscripción. Paso a paso.

Ella sonrió, traviesa y tierna, y se puso de puntillas para besarlo suavemente una vez más.

—Y esta noche… esta noche me demuestras que mi rey sigue siendo fuerte cuando me tiene a mí debajo.

Viktor gruñó bajito, atrayéndola más contra él apretándola contra sí mientras respira en su cuello y oído.

—Te prometo que no vas a dormir, Sofía traviesa. Te lo prometo.

Y mientras abajo Doña María ponía la mesa para la cena y el bosque se quedaba quieto bajo la nieve, en el cuarto de los niños Alexei seguía vigilando a su hermanito con esa promesa silenciosa que ya no necesitaba palabras.

Proteger a toda costa. Como su papá había protegido a su tío. Como su mamá protegía a su papá. Como ellos se protegían entre todos. Porque en esa familia, el amor no era solo besos y risas. Era también esto, un niño pequeño jurando en silencio que su hermanito nunca estaría solo. Y eso… eso era más fuerte que cualquier imperio. Más fuerte que cualquier miedo.

La sangre Ivanov corría también por sus venas, por las venas de Alexei y Nikolai, y ellos, aunque no lo quieran inconscientemente, sabrán que más adelante que pertenecen a un Imperio lo suficientemente grande como para dominar... o quizá algo mucho más suave, cambiar el mundo, y ninguno de los dos podrá evitar su destino.

Alexei convertido en el hermano mayor, aún no sabe que es quien va a llevar la carga más pesada, pero en sus ojos, en esos grandes ojos no se ve ningún miedo, se ve más directo, más aventurero, una mezcla de ruso mafioso y colombiana valiente, y este pequeño, sabe que cuando entre a ese mundo, todo cambiará.

Y esperemos que... sea para bien.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP