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Capítulo 124: Preguntas existenciales.

La mansión estaba en silencio esa noche.

Dimitri y Ana aún no habían regresado del pueblo. Doña María dormía con los niños en la habitación grande del ala este, Nikolai respirando suave contra su pecho y Alexei abrazado a su osito de peluche. Irina y Olga se habían retirado temprano a sus cuartos, dejando el pasillo iluminado solo por la luz tenue de las lámparas de pared.

Viktor no podía dormir.

Se levantó sin hacer ruido, se puso una chaqueta negra de lana gruesa y salió al porche trasero. La nieve caía lenta, casi perezosa, cubriendo el bosque como un manto blanco que ocultaba todo rastro del mundo. Encendió un cigarrillo, el fuego del encendedor iluminándole el rostro por un segundo, las cicatrices antiguas, la mandíbula tensa, los ojos grises que parecían más oscuros bajo la luna.

Dio una calada profunda y soltó el humo hacia el cielo.

Se sentía extraño.

No vacío.

No triste.

Solo… quieto. Como si por primera vez en años el ruido dentro de su cabeza hubiera decidido callarse. Y ese silencio le dolía más que cualquier bala.

Pensó en Alexei.

En cómo corría por la playa de Roma con los zapatos en la mano, riendo sin miedo.

En cómo preguntaba “¿Papi, cuándo me enseñas a disparar?” con esa inocencia que todavía no entendía lo que significaba la palabra “arma”.

Pensó en Nikolai, gateando por la alfombra, intentando atrapar la luz del sol con sus manitas gorditas, ajeno a todo lo que su padre había hecho para que él pudiera tener esa infancia.

¿Qué quería para ellos?

¿Que fueran a una escuela normal en Moscú?

Que llevaran mochilas con libros, que hicieran amigos que no supieran disparar, que aprendieran matemáticas en vez de cómo esconderse de una emboscada, que soñaran con ser doctores o ingenieros o artistas… cualquier cosa menos lo que él era.

¿O quería que siguieran sus pasos?

Que aprendieran el idioma de las sombras, que supieran cuándo entrar y cuándo salir de una habitación sin ser vistos, que entendieran que el poder no se pide, se toma. Que el mundo mafioso que él había construido con sangre y miedo no desapareciera del todo, porque si desaparecía… ¿qué quedaba de él? ¿Quién era Viktor Ivanov sin ese imperio?

Apagó el cigarrillo contra la baranda de madera y se quedó mirando la nieve caer.

No quería que sus hijos tuvieran miedo.

Pero tampoco quería que fueran ingenuos.

El mundo no perdonaba la debilidad. Él lo sabía mejor que nadie. Había visto amigos morir por confiar demasiado, había visto enemigos caer por subestimarlo. Había perdido hermanos que no eran de sangre porque alguien decidió que la lealtad tenía fecha de caducidad.

Y sin embargo… cuando veía a Alexei dormir con la boca abierta y a Nikolai con las manitas cerradas en puños pequeños, sentía que preferiría morirse antes que dejar que ese niño tuviera que aprender a matar para sobrevivir.

Se pasó la mano por la cara, cansado.

Sofía apareció en la puerta corrediza sin hacer ruido. Llevaba una manta grande sobre los hombros y nada más debajo. El frío le erizaba la piel, pero sus ojos ardían cuando lo miraron.

"Sofía… ¿qué haces aquí? Vas a congelarte.

Ella se acercó despacio, se metió bajo su chaqueta, pegando su cuerpo cálido al de él.

—No podía dormir sin ti. Y cuando vi que te habías ido… supe que estabas pensando demasiado.

Viktor la envolvió con los brazos, besándole la coronilla.

—Estoy pensando en ellos. En Alexei. En Nikolai. En qué carajos quiero para sus vidas.

Sofía levantó la cabeza y lo miró directo a los ojos.

—¿Quieres que sean como tú?

Él tardó en responder, demasiado en responder.

—Quiero que sean mejores que yo. Más fuertes. Pero sin tener que pagar el precio que yo pagué.

Ella le acarició la mejilla, la barba de varios días áspera bajo sus dedos.

—Entonces enséñales a ser fuertes sin tener que ser crueles. Enséñales que el poder no es solo tener un arma en la mano… sino saber cuándo no usarla. Que la lealtad no se compra con miedo, sino con amor. Que pueden ir a la escuela, tener amigos, enamorarse… y aun así saber defenderse si el mundo se pone feo.

Viktor cerró los ojos un segundo, apoyando la frente contra la de ella.

—¿Y si el mundo siempre se pone feo? ¿Y si no puedo protegerlos para siempre?

Sofía sonrió suave, triste y fuerte a la vez.

—Entonces les enseñamos a protegerse solos. Pero no les robemos la infancia por miedo al mañana. Déjalos ser niños ahora. Déjalos correr, reír, equivocarse. Y cuando llegue el momento… si tienen que entrar a tu mundo, que lo hagan con los ojos abiertos, no con miedo.

Él la abrazó más fuerte, enterrando la cara en su cabello.

—Eres demasiado sabia para alguien tan traviesa, Sofía mía.

Ella se rio bajito, mordisqueándole el cuello.

—Y tú demasiado pensativo para alguien que me tiene loca de deseo cada noche.

Viktor la levantó en brazos sin esfuerzo, la llevó adentro y cerró la puerta corrediza con el pie.

—Ven. Vamos a calentarnos. Y después… después hablamos de cómo vamos a criar a esos dos pequeños demonios sin que se conviertan en mí.

Sofía se colgó de su cuello, besándolo mientras subían las escaleras.

—Trato hecho, mi rey. Pero esta noche… esta noche solo quiero que me recuerdes por qué sigo diciendo sí a todo lo que me pidas.

Y en la oscuridad de la habitación, con la nieve cayendo afuera y el silencio de la mansión envolviéndolos, Viktor se lo demostró.

Lento. Profundo. Con cada caricia, cada beso, cada embestida, le recordaba que, aunque el mundo fuera cruel, ellos habían construido algo más fuerte que cualquier imperio.

Un hogar. Una familia. Un amor que no necesitaba armas para sobrevivir. Y mientras Sofía gemía su nombre contra su boca, Viktor pensó que tal vez… solo tal vez… eso era suficiente.

Para él.

Para ella.

Para sus hijos.

Para siempre, una familia unida y nunca será separada.

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