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Capítulo 121: La cuenta atrás en Roma.

El avión aterrizó en Fiumicino bajo un cielo azul tan intenso que parecía pintado. Roma los recibió con ese calor mediterráneo que se pega a la piel y huele a mar, a jazmín y a historia antigua. Viktor bajó primero, con Nikolai en brazos y Alexei tomado de la mano, mirando todo con ojos enormes como si la ciudad fuera un cuento que acababa de volverse real. Sofía salió detrás, el viento jugándole con el vestido ligero de algodón blanco que se le pegaba a las curvas cada vez que se movía. Ana y Dimitri bajaron últimos, tomados de la mano, todavía mirándose como si no creyeran que esto estaba pasando.

La villa que habían reservado estaba en la costa de Ostia, a solo veinte minutos del centro pero lo suficientemente lejos para que el ruido de la ciudad se perdiera en el rumor del mar. Era una casa antigua de piedra blanca, con terrazas que daban directo a la playa privada, piscina infinita y jardines llenos de buganvillas rosadas y violetas. Doña María entró primero y soltó un suspiro largo, como si hubiera llegado a casa después de años.

—Esto es el paraíso, mis hijos. Aquí se van a casar y aquí vamos a celebrar hasta que nos duelan los pies de tanto bailar.

Los días previos a la boda fueron un torbellino dulce y caótico. Por las mañanas, las mujeres se escapaban al pueblo para los últimos detalles, flores frescas, sandalias de cuero trenzado, la manicura que Doña María insistía en que “una novia tiene que brillar hasta en las uñas”. Ana probó el vestido una última vez en la suite privada de la villa. Cuando salió del baño con él puesto, el encaje floral abrazando sus hombros, la seda cayendo como agua sobre sus caderas y esa abertura lateral que dejaba ver justo lo suficiente de su pierna cuando daba un paso… Sofía se llevó la mano a la boca.

—Ana… estás… estás para morirse.

Doña María lloró sin disimulo, abrazándola fuerte.

—Mi niña… mi niña hermosa. Dimitri va a caer de rodillas antes de que empiece la ceremonia.

Ana se miró al espejo de cuerpo entero, tocándose la tela como si no se creyera que era real.

_Solo quiero que cuando me vea… sienta que todo lo que pasamos valió la pena.

Sofía se acercó por detrás, le acomodó el velo y le susurró al oído...

—Va a sentirlo. Y después… va a querer arrancártelo muy despacio. Créeme, conozco esa mirada en los ojos de un hombre.

Las tres rieron, nerviosas y felices, mientras el sol entraba por la ventana y pintaba todo de oro.

Mientras tanto, los hombres se encargaban del resto. Viktor y Dimitri supervisaban la playa, el arco de madera blanca cubierto de flores silvestres y eucalipto, las sillas de mimbre alineadas en filas perfectas, las antorchas que se encenderían al atardecer. Alexei corría por la arena dejando huellas pequeñas, gritando que quería “ser el que lleva los anillos” por segunda vez. Nikolai gateaba en una manta bajo la sombrilla, intentando atrapar granos de arena con sus manitas gorditas.

Una tarde, Viktor y Dimitri se quedaron solos en la terraza, con dos vasos de limoncello en la mano y el sol poniéndose frente a ellos.

—¿Nervioso?— preguntó Viktor, mirando el horizonte.

Dimitri soltó una risa suave y serena con una sonrisa de dientes que brillan bajo el sol.

—Como nunca en mi vida. Pero no de miedo… de felicidad. Después de todo lo que pasó… que ella siga queriendo casarse conmigo. Que siga mirándome como si fuera el único hombre en el mundo.

Viktor levantó su vaso.

—Por eso, hermano. Por las mujeres que nos salvan cuando ni siquiera sabíamos que estábamos perdidos.

Brindaron. El cristal tintineó. El mar respondió con una ola suave.

La víspera de la boda llegó con una luna llena que plateaba la playa. La villa se llenó de risas y música suave. Doña María cocinó un banquete colombiano-italiano: arepas con mozzarella derretida, pasta al pesto con albahaca fresca del jardín, tiramisú y natilla de postre. Todos cenaron en la terraza larga, con las antorchas ya encendidas y el mar cantando de fondo.

Después de la cena, las mujeres se llevaron a Ana a la suite para una última prueba de maquillaje y peinado. Viktor aprovechó para llevar a Sofía a caminar por la playa, solos, descalzos, con la arena todavía caliente bajo los pies.

—¿Sabes qué pienso cada vez que te veo con ese vestido blanco?— murmuró él, deteniéndose para abrazarla por detrás, recordando cuando la hizo suya por primera vez aunque en dolor, y cuando se casaron de verdad verdad.

Sofía se apoyó en su pecho, sintiendo el latido fuerte de su corazón.

—¿Qué, mi amor?

—Que quiero casarme contigo otra vez. Aquí. Mañana. Solo tú, yo y el mar.

Ella giró en sus brazos, le rodeó el cuello.

—Ya estamos casados, Viktor Ivanov.

—Lo sé. Pero quiero repetirlo. Cada año. Cada vez que me mires como ahora… quiero ponerte un anillo nuevo y recordarte que eres mía.

Sofía sonrió, acercándose a sus labios besándolo despacio, profundo, con sabor a limoncello y a deseo.

—Entonces hagámoslo. Después de la boda de Ana y Dimitri… mañana por la noche, aquí mismo, renovamos votos. Sin invitados. Sin testigos. Solo nosotros.

Viktor la levantó en brazos, besándola con hambre mientras caminaban de regreso a la villa.

—Trato hecho, reina mía. Y te juro que esta vez… no te dejo dormir hasta que amanezca.

La noche de la víspera terminó con todos en la terraza, mirando las estrellas. Ana y Dimitri sentados en el suelo, ella con la cabeza en su regazo, él acariciándole el cabello. Doña María contando historias de bodas en las playas natales, el río vibrante del Caño Cristales, y otros lugares muy bonitos. Alexei dormido en el sofá de exterior. Nikolai acurrucado en brazos de Sofía.

Y en medio de todo eso, Viktor y Sofía se miraron por encima de las cabezas de los demás. Una promesa silenciosa.

Mañana sería el día de Ana y Dimitri. Pero la noche siguiente… sería de ellos. El mar susurraba. La luna sonreía, y Roma, por una vez, parecía entender que el amor verdadero no necesita palabras grandes. Solo necesita tiempo. Y ellos… por fin, tenían todo el tiempo del mundo.

La luna se había elevado más alto cuando Viktor y Sofía volvieron a la villa, descalzos, con arena aún pegada a los pies y sal en la piel. El murmullo de la fiesta se había apagado: Doña María ya había subido con los niños, Ana y Dimitri se habían retirado a su suite con esa mirada que no necesitaba palabras, y la terraza quedaba sola bajo las antorchas que parpadeaban como estrellas caídas.

Viktor no la soltó hasta que cruzaron el umbral de su habitación. Cerró la puerta con el talón, sin romper el beso que habían empezado en la playa. Sofía sintió cómo la pared fría de la piedra antigua le rozaba la espalda cuando él la presionó contra ella, sus manos grandes subiendo por sus muslos, levantando el vestido blanco hasta la cintura.

—¿Sabes lo que me haces cuando caminas así por la arena?— gruñó contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. —Me vuelves loco, Sofía… me haces querer arrastrarte detrás de una duna y follarte hasta que olvides tu nombre.

Sofía jadeó, enredando los dedos en su cabello, tirando un poco para que levantara la cabeza y la mirara.

—Entonces hazlo, Viktor… pero aquí. Ahora. Antes de que mañana sea el día de ellos… quiero que esta noche sea solo nuestra.

Él no necesitó más. La levantó en brazos como si no pesara nada a pesar de la ya conocida complexión que lo enamoró y la llevó hasta la cama enorme con sábanas de lino blanco que olían a sol y a lavanda. La dejó caer con cuidado, pero sus ojos eran puro fuego. Se quitó la camisa de un tirón, revelando el torso marcado por cicatrices antiguas y tatuajes que ella conocía de memoria. Bajó sobre ella, besando cada centímetro de piel que el vestido dejaba al descubierto, el escote, los hombros, la curva de los pechos que subían y bajaban con su respiración acelerada.

Sofía arqueó la espalda cuando él le bajó los tirantes del vestido con los dientes, dejando sus pechos al aire. Tomó uno en la boca, succionando con fuerza mientras su mano bajaba entre sus muslos, encontrándola ya, lista.

—Joder, Sofía… siempre tan lista para mí— murmuró contra su piel, deslizando dos dedos dentro de ella con lentitud tortuosa. —¿Esto es lo que querías cuando me provocabas con ese vestido en la playa? ¿Que te f*llara hasta que grites mi nombre y el mar te oiga?

Ella gimió, moviendo las caderas contra su mano.

—Sí… sí, Viktor… más fuerte… quiero sentirte todo.

Él obedeció. Sacó los dedos solo para quitarse el pantalón y posicionarse entre sus piernas. La penetró de una sola embestida profunda, llenándola por completo. Sofía soltó un grito ahogado que él capturó con su boca, besándola mientras se movía dentro de ella con un ritmo lento al principio, casi reverente, como si quisiera grabar cada sensación.

Luego aceleró. Las embestidas se volvieron más duras, más profundas. La cama crujía bajo ellos, el cabecero golpeaba la pared de piedra en un ritmo que se mezclaba con sus gemidos. Viktor la sujetaba por las caderas, marcando su piel con los dedos, mientras ella clavaba las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él adoraría mañana.

—Di que eres mía, Sofía— gruñó, inclinándose para morderle el hombro.

—Soy tuya… siempre tuya… ¡Viktor!

Cuando el placer la alcanzó, fue como una ola que rompe contra la costa, fuerte, imparable. Sofía tembló debajo de él, su nombre escapando de sus labios en un grito roto. Viktor la siguió segundos después, enterrándose profundo una última vez, derramándose dentro de ella con un gemido gutural que vibró contra su cuello.

Se quedaron así, abrazados, sudorosos, jadeantes. Él besó su frente, su nariz, sus labios hinchados.

—Te amo, Sofía… más que a nada en este mundo.

Ella sonrió contra su pecho, trazando las cicatrices con las yemas de los dedos.

—Y yo a ti, mi rey. Mañana celebramos a Ana y Dimitri… pero pasado mañana… renovamos lo nuestro. Bajo las estrellas. Solo tú y yo.

Viktor la apretó más fuerte, como si quisiera fundirse con ella.

—Prometido. Y esta vez… voy a hacer que dure hasta que el sol salga.

Sofía rio bajito, somnolienta.

—Te tomo la palabra, Viktor Ivanov.

Fuera, el mar seguía susurrando. La villa dormía. Y en esa habitación, con el aroma a s*xo y a mar impregnado en las sábanas, el amor se sentía eterno. Mañana sería el día de la boda. Pero esta noche… esta noche era solo de ellos. Y nada, ni el tiempo ni el pasado, iba a quitárselos.

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