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Capítulo 116: Regreso a la calidez.

El sol de media mañana teñía la nieve de un amarillo pálido y frío, como si el cielo mismo estuviera conteniendo el aliento después de la tormenta de la madrugada. Los tres todoterrenos blindados salían del perímetro del complejo en fila india, dejando atrás columnas de humo negro que se elevaban como dedos acusadores hacia el cielo. Dentro del vehículo principal, Klaus conducía con esa calma quirúrgica que lo caracterizaba, los ojos fijos en la carretera. Viktor iba en el asiento del copiloto, el cuerpo todavía tenso por la adrenalina, y Dimitri en la parte trasera, recostado contra el respaldo, con una manta térmica sobre los hombros y los ojos cerrados, respirando despacio como quien acaba de despertar de una pesadilla demasiado larga.

Viktor giró la cabeza hacia atrás, mirándolo fijamente.

—Pensé que te perdía, hermano— murmuró, la voz ronca por el cansancio y algo más profundo. —Ana… joder, Dimitri, ella se estaba rompiendo por dentro. No dormía, apenas comía. Cada vez que sonaba el teléfono, se quedaba paralizada pensando que eran malas noticias. Y cuando le dije que no estabas en ese contenedor… sus ojos se iluminaron, pero seguía temblando. Te necesita. Te necesita entero.

Dimitri abrió los ojos despacio. Sus pupilas estaban dilatadas por el agotamiento, pero una sonrisa cansada se dibujó en su rostro magullado.

—La extraño tanto que duele respirar,— confesó en voz baja. —Cada segundo que estuve ahí, con los ojos vendados y las correas apretándome, pensaba en ella. En su risa, en cómo me mira cuando cree que no la veo. Quiero verla ya, Viktor. Ahora mismo. No puedo esperar ni un minuto más.

Viktor asintió, apretando la mandíbula.

—Pronto, hermano. Pronto, ya estamos de camino a casa.

Klaus soltó una risa seca sin apartar la vista del camino.

—Calma, tortolitos. En menos de dos horas estaremos en Moscú. Y entonces podrás besarla hasta que se le olviden estos días.

Dimitri soltó una carcajada débil y ronca, pero genuina.

—Eso pretendo.

El convoy siguió avanzando por la carretera secundaria, flanqueada por pinos helados y nieve acumulada en los bordes. De pronto, Sergei, que iba en el segundo vehículo, habló por radio.

—Jefe, hay una camioneta vieja parada al lado derecho, a doscientos metros. Dos personas al lado. Parecen… civiles.

Viktor frunció el ceño.

—¿Civiles? Aquí no hay nada. Deténganse con cuidado.

Klaus redujo la velocidad. Los tres vehículos se detuvieron en formación defensiva. Viktor bajó primero, arma en la mano por instinto, pero cuando vio las dos figuras junto a la camioneta oxidada, el arma bajó sola.

Sofía y Ana.

Sofía llevaba un abrigo grueso de lana gris, el cabello suelto ondeando con el viento frío, y una sonrisa nerviosa pero triunfante. Ana, a su lado, estaba pálida, con los ojos muy abiertos, como si no creyera lo que veía.

Cuando Dimitri bajó del todoterreno, tambaleándose un poco por la debilidad, Ana soltó un gemido ahogado. Sus piernas se movieron solas. Corrió hacia él, casi tropezando en la nieve, y se lanzó a sus brazos con tanta fuerza que Dimitri tuvo que retroceder un paso para no caer.

—Dimitri… Dios mío, Dimitri… estás vivo... eres, eres real... Mi Dimitrio, Dios, mi Dimitri.

Ella lloraba y reía al mismo tiempo, besándolo en la cara, en la boca, en el cuello, en todas partes donde alcanzaba. Dimitri la envolvió con los brazos, hundiendo el rostro en su cabello, inhalando su olor como si fuera oxígeno.

—Mi amor… mi Ana… estoy aquí. Estoy aquí.

La besó despacio, profundo, como si quisiera borrar cada segundo de separación. Ana se aferraba a su chaqueta, temblando.

—Nunca más… nunca más me dejes así…

Viktor los observaba en silencio, con una mezcla de alivio y sorpresa. Luego giró la cabeza hacia Sofía, que se acercaba con paso lento, las mejillas sonrojadas por el frío y algo más.

—¿Cómo carajos llegaron hasta aquí?,— preguntó, su voz baja pero firme. —Sabían que era peligroso. Podían haberlas matado.

Sofía se mordió el labio inferior, esa sonrisa pícara y ligeramente nerviosa que siempre lo volvía loco asomándose en sus labios.

—Tócate el bolsillo delantero del traje, mi amor.

Viktor frunció el ceño, metió la mano y sacó un pequeño dispositivo negro, del tamaño de una moneda, con una luz verde parpadeante. Un rastreador, abrió los ojos de golpe a darse cuenta de lo que significaba.

Sofía se encogió de hombros con algo de orgullo de ni siquiera ser pillada sino ella admitirlo con sus propias palabras.

—Te lo puse anoche cuando estabas tan concentrado en besarme que no te diste cuenta. No iba a quedarme sentada esperando noticias. No cuando mi hombre estaba allá afuera.

Viktor la miró fijamente. Primero sorpresa. Luego admiración. Luego un deseo tan intenso que sus ojos grises parecieron arder.

—Eres imposible, Sofía Ivanov,— murmuró, acercándose hasta que sus cuerpos casi se tocaron. Su voz bajó a un susurro ronco, solo para ella. —Te voy a regañar… pero a solas. Muy a solas. Y te prometo que vas a sentir cada segundo de ese regaño en cada rincón de tu cuerpo.

Sofía se puso aún más roja, pero sus ojos brillaron con esa picardía que lo volvía loco.

—Lo estaré esperando entonces, mi rey.

Dimitri y Ana seguían abrazados, ajenos al mundo. Klaus observaba desde el todoterreno, con una media sonrisa que casi parecía humana.

—Suban todos. Vamos a casa.

El regreso al penthouse fue silencioso, pero no tenso. Era el silencio de quienes saben que han ganado una batalla. Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso superior, Doña María los esperaba en el umbral, con las manos en la boca y lágrimas rodando por sus mejillas.

—¡Mis hijos! ¡Ay, Dios mío, mis hijos!— (aunque no son todos sus hijos realmente, pero como se sabe Doña María también los considera toda su familia)

Corrió hacia ellos, abrazando primero a Viktor, luego a Dimitri, luego a Sofía y Ana. Lloraba y reía, besando cabezas, mejillas, manos.

—Están vivos… están vivos… todos y cada uno...

Alexei salió corriendo del salón, gritando —¡Papi! ¡Tío Dimitri!— y se lanzó contra las piernas de Viktor. Nikolai, desde su cuna en la esquina, agitaba los bracitos gorditos, gorgoteando feliz como si entendiera que la familia estaba completa.

Esa noche decidieron celebrar. No una fiesta grande, sino algo íntimo, cálido, de verdad. Doña María preparó bandeja tras bandeja, arepas, empanadas, sancocho que todavía humeaba del termo, vodka para los hombres y vino tinto para las mujeres. Boris y Sergei se sentaron en la mesa grande, contando anécdotas exageradas de la madrugada. Klaus, por primera vez en mucho tiempo, se quedó. Bebía despacio, observándolo todo con esa mirada gris azulada que no revelaba nada.

En un momento, sacó el teléfono y marcó.

—Coronel… todo salió bien. Como siempre. Dimitri está aquí, entero. ¿Quieres venir? La comida está buena.

Del otro lado se oyó la risa ronca del viejo.

—No, muchacho. Me quedo aquí con los míos. Disfruten. Se lo ganaron.

Klaus sonrió de verdad, una sonrisa pequeña pero genuina.

—Entendido. Gracias por todo.

Colgó y miró alrededor, Viktor y Sofía sentados juntos, ella en su regazo, susurrándose cosas que hacían que él sonriera como un tonto, Dimitri y Ana en el sofá, besándose despacio, como si el mundo pudiera esperar, Doña María bailando con Alexei en brazos, Nikolai dormido en la cuna con una sonrisa de bebé.

Klaus sintió un vacío sutil en el pecho. No era amargura. Era solo… soledad. La clase de soledad que se nota más cuando todos los demás tienen a alguien.

Entonces su teléfono vibró. Un número que no había marcado en años, pero que tenía grabado en la memoria.

Contestó.

—¿Así que te acordaste de mí, eh?

Una voz suave, cálida, del otro lado.

—Escuché que volviste a casa sano y salvo.

Klaus se levantó despacio, salió al balcón cerrando la puerta corrediza detrás de él. El frío de la noche moscovita le golpeó la cara, pero no le importó.

—Sí,— murmuró. —Volví. Sano, como siempre.

Hubo un silencio largo, cargado.

—Me alegro,— dijo la otra voz suave, al fin. —Mucho.

Klaus cerró los ojos, dejando que la voz de aquella persona llenara el vacío que llevaba tiempo cargando.

—Yo también me alegro de escucharte.

Abajo, en el salón, la fiesta seguía. Risas, brindis, abrazos. La familia estaba completa. Y afuera, en el balcón, un hombre frío empezaba, por primera vez en mucho tiempo, a sentir que quizás no tenía que estarlo siempre. La noche era larga, pero ya no era oscura.

Al rato, algunos se fueron a sus casas y la familia Ivanov se quedó en ya descansando, Ana y Dimitri en una habitación con sonidos apagados, Doña María y sus dos nietos con ella, y por supuesto... Viktor y Sofía en su espacio sólo para ellos.

Todavía no empiezan, oh no, pero la tensión se siente, y Sofía Sólo mira a Viktor, esa mirada, ella lo sabe y su corazón se acelera de anticipación, ella evalúa, cada movimiento suyo, y cada gesto, y puede ver, que esa sonrisa malévola es la castigadora, esa que a ella siempre le encanta.

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