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Capítulo 115: El umbral del infierno.

El convoy se detuvo a dos kilómetros del objetivo, en un claro rodeado de pinos negros y nieve sucia. El lugar era un antiguo complejo industrial en las afueras de San Petersburgo, ahora disfrazado de laboratorio privado, muros altos de hormigón reforzado, alambre de púas electrificado, torres de vigilancia con focos que barrían la oscuridad como ojos hambrientos. Cámaras giratorias cada diez metros. Guardias armados con rifles automáticos patrullando en parejas, chalecos antibalas y auriculares. No era un almacén cualquiera; era una fortaleza disfrazada de ciencia.

Klaus bajó del todoterreno principal, el aliento saliendo en nubes blancas mientras estudiaba el perímetro con binoculares térmicos. Viktor se colocó a su lado, la mandíbula apretada, los ojos fijos en la entrada principal.

—Veinte guardias visibles. Probablemente el doble dentro— murmuró Klaus, su voz baja y precisa. —Cámaras con reconocimiento facial y movimiento. Puerta principal blindada, pero hay una salida de servicio al este, menos vigilada. Si entramos por ahí, podemos desactivar el sistema eléctrico desde el generador auxiliar.

Viktor asintió despacio. —Boris y Sergei toman el generador. Tú y yo entramos por el este con cuatro hombres. El viejo nos guía por dentro.— Sacó su teléfono y lo puso en altavoz.

La voz ronca del viejo coronel llegó desde la cabaña, acompañada del tecleo furioso.

—Ya tengo acceso parcial a su red interna. Cámaras del pasillo principal y del nivel subterráneo. Dimitri está en la celda 7-B, sótano dos. Abrigo de fuerza, ojos vendados, pero vivo. Ritmo cardíaco estable. El tipo grande que mencionaste… está en la sala de operaciones principal, nivel uno. Preparando equipo quirúrgico. Bisturís láser, inyectores automáticos, monitores neurales… parece que va a empezar pronto.

Viktor sintió que el estómago se le retorcía. —No va a tocarlo. No hoy.

Klaus miró a Viktor con esos ojos gris azulados que no parpadeaban.

—Entramos en quince minutos. Silenciadores puestos. Nada de ruido hasta que estemos dentro. ¿Listo?

Viktor puso una mano en el hombro de Klaus.

—Por Dimitri... y por la familia.

Mientras tanto, en las profundidades del complejo, en la celda 7-B, Dimitri estaba sentado en la camilla plana e incómoda, las muñecas y tobillos sujetos por correas reforzadas de un abrigo de fuerza blanco que le apretaba el pecho como una segunda piel. La venda negra cubría sus ojos, pero no necesitaba ver para saber dónde estaba. El olor a desinfectante, el zumbido constante de las luces fluorescentes, el eco distante de pasos militares… todo le decía que era un lugar donde la gente desaparecía.

Pero Dimitri no tenía miedo. No del todo.

Su mente, entrenada en años de lealtad ciega y batallas sangrientas, se aferraba a una certeza absoluta, Viktor vendría. Su hermano de armas, su jefe, su familia. El hombre que nunca dejaba a nadie atrás. Podía sentirlo en los huesos, como un instinto animal.

—Ya vienen, maldita sea… ya vienen— murmuró para sí mismo, una sonrisa torcida bajo la venda. —Y cuando lleguen… este lugar va a arder.

En la sala principal, a solo un piso por encima, el hombre enorme, un gigante de casi dos metros, abrigado con un impermeable negro largo que le llegaba a las rodillas, se movía con precisión quirúrgica. Sus ojos verdes, fríos y calculadores, recorrían la mesa de operaciones iluminada por focos blancos, bisturís láser alineados en orden de tamaño, inyectores cargados con un suero azul fosforescente, monitores que mostraban diagramas de implantes neurales, brazos robóticos esperando instrucciones. Todo listo. Todo perfecto.

Se ajustó los guantes negros con un chasquido seco y miró hacia la cámara de seguridad en la esquina. —El sujeto está estable. Preparado para la fase uno en treinta minutos.— Su voz era grave, sin emoción, como si estuviera leyendo una receta.

Pero en el fondo de esos ojos verdes había algo más, anticipación. La misma que sentía un artista antes de crear su obra maestra.

Fuera, en la nieve, Klaus dio la señal. El equipo se movió como sombras: Boris y Sergei hacia el generador, el resto siguiéndolo al este. El viejo hacker susurraba indicaciones en el auricular

—Cámara 4 girando en diez segundos… ahora. Avancen.

Viktor corría agachado, el corazón latiéndole fuerte en el pecho, pero no de miedo. De rabia. De amor. De la promesa que le había hecho a Ana, a Sofía, a sus hijos. Iban a entrar. Iban a sacar a Dimitri. Y que el diablo se apiadara de quien se interpusiera.

El viento cortaba como navajas invisibles mientras el equipo se desplegaba en silencio. Boris y Sergei se deslizaron hacia el generador auxiliar, dos sombras fundidas con la nieve. El viejo coronel susurraba en el auricular como un fantasma del pasado.

—Tres… dos… uno. Corte en cinco segundos.

Un chasquido seco, casi inaudible, y las luces exteriores parpadearon antes de apagarse por completo. Las cámaras cayeron ciegas. Los guardias de la torre principal se tensaron, manos en las armas, pero ya era tarde.

Klaus y Viktor avanzaron con cuatro hombres más, pegados a la pared este. La salida de servicio era una puerta metálica oxidada, cerrada con candado electrónico. Sergei lo abrió en menos de diez segundos con un dispositivo improvisado. Dentro, el pasillo olía a metal caliente y a algo más oscuro, desinfectante mezclado con miedo humano.

—Nivel subterráneo en ascensor de servicio—, indicó el viejo. —Eviten el principal. Guardias en rotación cada siete minutos. Dimitri está a doscientos metros al sur.

Viktor sintió el pulso en las sienes. Cada paso era una promesa que se cumplía. Recordaba la cara de Ana cuando le juró traerlo de vuelta, la forma en que Sofía lo había besado esa madrugada como si supiera que el mundo podía romperse. No iba a fallarles.

Llegaron al sótano dos sin disparar un tiro. El corredor era largo, iluminado por luces de emergencia rojas que pintaban todo de sangre. Puertas numeradas. 7-B. La celda.

Viktor se detuvo frente a ella. La puerta era de acero reforzado, con una mirilla pequeña. Miró por ella, Dimitri sentado sobre la camilla dura y sucia, abrigo de fuerza blanco que le apretaba el torso como una camisa de tortura, venda negra sobre los ojos. Respiraba lento, controlado... pero vivo.

Klaus colocó un pequeño explosivo de baja potencia en la cerradura. —Tres segundos. Cubran.

El estallido fue seco, amortiguado. La puerta se abrió de golpe. Viktor entró primero, arma en alto.

—Dimitri… soy yo.

Dimitri levantó la cabeza despacio. Aunque no podía ver, su cuerpo entero se relajó al oír esa voz. Una sonrisa cansada, rota, se dibujó bajo la venda.

—Sabía que vendrías, cabrón… tardaste lo tuyo.

Viktor se arrodilló frente a él, cortando las correas con un cuchillo táctico. Dimitri soltó un gruñido de alivio cuando la venda cayó. Sus ojos, enrojecidos pero fieros, se clavaron en Viktor.

—Pensé que me iban a convertir en uno de esos monstruos que hacen aquí abajo. El grandote… ese hijo de puta con ojos de serpiente… ya tenía todo listo. Bisturís, inyecciones, máquinas que zumban como demonios.

Viktor lo ayudó a levantarse. Dimitri se tambaleó, pero se sostuvo. —¿Ana…?

—Está bien. Esperándote como siempre, Llorando todos los días por ti, completamente ilesa. Y fuerte.

Dimitri asintió, tragando saliva con fuerza. —Entonces salgamos de aquí antes de que el gigante se dé cuenta.

Pero el tipo de traje oscuro ya lo sabía.

En la sala de operaciones principal, el hombre enorme, el doctor que todos llamaban simplemente “El Preparador” levantó la vista hacia los monitores cuando las alarmas silenciosas empezaron a parpadear. Las luces de emergencia se habían activado. Cámaras muertas. Intrusos.

Sus ojos verdes se entrecerraron. No había pánico en ellos. Solo cálculo frío. Se quitó los guantes con lentitud deliberada, los dejó sobre la mesa junto al bisturí láser aún encendido. Tomó un comunicador.

—Protocolo Alfa. Intrusos en el sótano dos. Sellen las salidas... y preparen la fase de contención.

Luego caminó hacia un panel oculto en la pared. Presionó una secuencia. Un zumbido grave recorrió el complejo. Las puertas de acero descendieron en todos los corredores, habían trampas activadas.

Abajo, Viktor y el equipo sintieron el temblor recorrer sus rodillas. El pasillo se cerró a sus espaldas, luces rojas intensas se encendieron como reflejando el peligro, seguido de las sirenas ahogadas.

—Nos encerraron— gruñó Boris.

Klaus revisó el mapa en su tablet. —Hay un conducto de ventilación al final del corredor. Sube al nivel uno. Es nuestra única salida.

Dimitri se apoyó en Viktor, todavía débil. —El grandote está arriba. Si subimos, lo enfrentaremos.

Viktor miró a su hermano de armas. —Entonces lo haremos, quiera o no, hay que hacerlo.

Subieron por el conducto, uno a uno, en silencio mortal. El metal estaba helado, el aire viciado. Cuando emergieron en el nivel uno, estaban justo detrás de la sala principal. Puertas entreabiertas. Luces blancas cegadoras.

El Preparador los esperaba de pie en el centro de la sala, de espaldas, manos cruzadas a la espalda. Su abrigo negro largo ondeaba ligeramente con el aire acondicionado. No se giró.

—Viktor Ivanov,— dijo con voz profunda, calmada. —Y Klaus Adler Wolff. Qué honor. Pensé que vendrían antes.

Viktor levantó el arma. —Suelta a mi hombre. Ya lo tienes. Déjanos ir.

El hombre se giró por fin. Alto, imponente, ojos verdes como vidrio roto. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.

—Dimitri ya no es solo tu hombre. Es el primer paso de algo mucho más grande. El proyecto LR no se detiene por sentimentalismos. Vincent Veronin lo inició. Yo lo perfecciono.

Dimitri apretó los puños. —No soy tu experimento, hijo de p*ta.

El Preparador rio bajito. —No. Eres el prototipo perfecto. Fuerte. Leal. Resistente. Y ahora… mío.

Klaus dio un paso adelante. —Última oportunidad. Apártate.

El hombre extendió los brazos. —Adelante. Intenténtenlo.

Entonces se movió. Rápido. Demasiado rápido para su tamaño. Sacó un inyector del bolsillo del abrigo y se lanzó hacia Dimitri. Viktor disparó. La bala rozó el hombro del Preparador, pero no lo detuvo. Klaus se interpuso, golpeándolo con el codo en la mandíbula. El inyector cayó al suelo, rodando.

El caos estalló.

Boris y Sergei entraron por la puerta lateral, disparando a los guardias que llegaban. Dimitri se lanzó contra el Preparador, derribándolo contra la mesa de operaciones. Bisturís y monitores cayeron en cascada. El gigante lo empujó con fuerza brutal, enviándolo contra la pared.

Viktor corrió hacia él, arma en alto. —¡Basta!

El Preparador se levantó, sangre en la comisura de la boca, pero seguía sonriendo. —No entienden. Esto es evolución. El futuro.

Klaus lo apuntó directo a la cabeza. —Tu futuro termina aquí.

Un segundo de silencio. Luego el viejo coronel habló en el auricular, —Extracción lista. Helicóptero en ruta. Cinco minutos.

Viktor miró a Dimitri, que se ponía de pie con dificultad. Luego a Klaus. Luego al Preparador.

—No hoy,— dijo Viktor. —No con nosotros.

Disparó. Una sola bala, limpia, entre los ojos verdes. El gigante cayó como un árbol talado, el abrigo negro extendiéndose en el suelo como alas rotas.

El equipo recogió a Dimitri. Salieron corriendo por el pasillo que el viejo había abierto desde la red. Sirenas aullando. Guardias cayendo. Explosiones controladas detrás.

—Gracias, hermano.

Viktor lo abrazó fuertemente con las lágrimas amenazando con aparecer. —Nunca te dejo atrás, ni lo haré nunca.

Y mientras eso pasaba, ambas mujeres que habían pensado salvar el mundo, se habían quedado varadas con la vieja camioneta en medio de la nada. La única salvación por ahora... era esperar que los hombres pasaran de nuevo por ese camino, o hacer el ridículo llamando por teléfono.

Lo único que se puede decir por ahora... es que Dimitri y todos los demás están a salvo, y todos irán de vuelta a casa.

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