Mundo ficciónIniciar sesiónLa fiesta se había apagado ya hace rato, como una vela que se consume hasta el final. Las risas se volvieron murmullos, los vasos vacíos quedaron olvidados en la mesa, y uno a uno todos se retiraron a sus habitaciones. Doña María durmiendo con los niños en la habitación, Ana y Dimitri desaparecieron detrás de su puerta con miradas que no necesitaban palabras, y Klaus se fue al apartamento contiguo con esa media sonrisa que nadie entendía del todo.
Solo quedó el silencio del penthouse, roto por el leve tic-tac del reloj en la pared. En la habitación principal, la luz de la lámpara de noche era tenue, dorada, suficiente para dibujar sombras largas sobre las sábanas revueltas. Sofía estaba tirada boca abajo en la enorme cama king, todavía con el vestido negro ajustado de la fiesta, y eso gorditos que tanto le encantan a Viktor, el cabello suelto hasta los hombros. Su respiración era rápida, expectante. Sabía lo que venía. Lo había provocado. Y lo deseaba. Viktor cerró la puerta con un clic suave, casi reverente. Se quedó un segundo de pie, observándola. Luego, despacio, se quitó la chaqueta. La camisa. Los zapatos. Cuando llegó al cinturón, lo hizo con deliberada lentitud. El metal de la hebilla tintineó. La correa de cuero negro salió de las trabillas con un siseo suave. Viktor la dobló por la mitad, la sostuvo entre las manos y dio una palmada seca contra su propia palma. El sonido fue sordo, firme, ya se sabía, era una promesa hecha cuero. Sofía se mordió el labio inferior, los ojos brillantes de anticipación y travesura. Viktor gateó sobre la cama como un depredador paciente. Sofía soltó una risita baja y juguetona, intentó escabullirse hacia el otro lado del colchón, arrastrándose como un ratoncito que quiere prolongar el juego. Pero él fue más rápido. Su mano grande atrapó el tobillo desnudo de ella, la detuvo en seco. —¿A dónde crees que vas, mi reina traviesa?— su sonrisa es amplia y depredadora. —¿Con que jugando a las espías sin límites? escondiendo rastreadores ajenos con habilidades sin mi permiso, ¿Eh? La voz era ronca, baja, cargada de deseo y fingida severidad. Sofía se giró boca arriba, mirándolo desde abajo con esa sonrisa pícara que siempre lo volvía loco. —Solo quería sorprenderte… y bueno, ahora... hacerte esperar un poquito más, jugar un poco. Viktor alzó una ceja. Sin soltarle el tobillo, levantó la correa doblada y la dejó caer con precisión sobre las nalgas de Sofía, aún cubiertas por el vestido. El impacto fue suave al principio, un chasquido cálido que hizo que ella jadeara y arqueara la espalda por instinto e inconscientemente. Unas... dos... tres nalgadas con cuero. Cada golpe medido, controlado, justo lo suficientemente fuerte para dejar un calor rosado bajo la tela. Sofía gimió bajito, las piernas temblando de anticipación y algo más. Viktor soltó el cinturón a un lado y subió sobre ella, cubriéndola con su cuerpo. Sus manos grandes bajaron el cierre del vestido despacio, muy despacio, dejando que la tela se abriera como un regalo, se acercó más y le besó la nuca expuesta, la columna vertebral, mientras sus palmas se deslizaban por la piel caliente. —Ahora sí, reina mía… el castigo de verdad. Le bajó el vestido hasta la cintura, dejando sus nalgas al descubierto. La primera palmada con la mano abierta fue firme, sonora. Sofía soltó un gritito ahogado, las uñas clavándose en las sábanas. Otra. Otra más. Alternando lados, variando la intensidad, algunas suaves, casi caricias, otras más fuertes, que dejaban la piel roja y ardiente. Entre golpe y golpe, él acariciaba, masajeaba el calor que acababa de crear, sus dedos grandes deslizándose entre los muslos, rozando apenas la humedad que ya la delataba. —¿Te gusta provocar a tu rey, verdad?, murmuró contra su oído, mordisqueando el lóbulo. —¿Te gusta que te atrape y te recuerde quién manda aquí?— Se ríe en voz baja casi ronca y gutural por la excitación. —¿Crees que puedes agarrar mis cosas y usarlas a tu favor, hmm? ¿Quién te dio permiso de actuar tan malditamente sexy y romper una orden para evitar peligro? Puede que seas la reina del Imperio, pero yo sigo siendo tu rey, el que te castiga si te pasas de lista. Sofía jadeó, empujando las caderas hacia atrás en busca de más contacto. —Solo… quería que me castigaras… así… Viktor gruñó, satisfecho. La volteó con facilidad, dejándola boca arriba. Le abrió las piernas con las rodillas, se colocó entre ellas y bajó la cabeza para besarla profundamente, devorando su boca mientras una mano seguía jugando con sus nalgas, apretando el calor que había dejado. Luego descendió. Besos por el cuello, los pechos, el vientre suave que todavía llevaba las marcas dulces de la maternidad. Cuando llegó a su centro, la lamió despacio, tortuosamente, saboreando cada gemido que escapaba de ella. Sofía enredó los dedos en su cabello, tirando con fuerza. —Viktor… por favor… Él levantó la vista, los ojos grises oscurecidos por el deseo. —¿Por favor qué, mi amor? ¿Quieres más castigo… o quieres que te haga mía ya? —Las dos cosas—, jadeó ella casi con desespero y deseo al mismo tiempo. Viktor sonrió contra su piel. Se incorporó, se quitó lo que le quedaba de ropa y se posicionó sobre ella. La penetró de una sola embestida profunda, llenándola por completo. Sofía arqueó la espalda, un gemido largo y ronco escapando de su garganta. Se movieron juntos, lentos al principio, como si quisieran saborear cada segundo. Luego más rápido, más fuerte. Viktor la sujetaba por las caderas, marcando el ritmo, mientras ella clavaba las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él adoraba. Cada embestida era un recordatorio, de quién era suya, de cuánto se pertenecían. Cuando el placer empezó a subir como una marea, Viktor la volteó de nuevo, poniéndola a cuatro patas. Le dio una última serie de palmadas firmes en las nalgas, cada una acompañada de una embestida profunda. Sofía temblaba, al borde. —Di mi nombre, Sofía, quiero oírte llamarme, mi amor,— gruñó él, inclinándose sobre su espalda, mordiendo su hombro. —Viktor… Viktor… ¡Viktor! Llegaron juntos, un estallido de calor y luz que los dejó temblando, jadeando, abrazados en el centro de la cama. Él la cubrió con su cuerpo, besándole la nuca, la espalda, los hombros enrojecidos. —Te amo, Sofía… mi reina traviesa. Que ya sabe cómo usar los rastreadores sin darme cuenta. Ella giró el rostro, buscó sus labios con los suyos, su sonrisa se ensancha un poco al saber que Viktor ha quedado sorprendido por su maniobra, y ella no puede sentirse más que orgullosa y feliz de sí misma. —Y yo a ti… mi rey. Siempre. Fuera, el penthouse dormía profundamente. Dentro de esa habitación, el mundo se reducía a ellos dos, al calor de sus cuerpos, al eco suave de sus respiraciones entrecortadas. Y así, entre castigos y promesas, la noche se volvió eterna.






