Mundo ficciónIniciar sesiónLa madrugada en Moscú era fría como un cuchillo, pero dentro del penthouse el calor de la familia lo hacía todo soportable. Eran las cuatro y media cuando todos se levantaron en silencio, como si el ruido pudiera romper el hechizo de esperanza que habían tejido durante la noche.
Doña María, con su delantal puesto y el cabello recogido en un moño apretado, había estado trabajando desde las tres, café fuerte, arepas calientes con queso derretido, huevos revueltos con tomate y cilantro que olían a recuerdos de su tierra natal, y para llevar… un termo grande de sancocho de gallina, arroz con pollo y bollos de yuca envueltos en papel aluminio. Comida que calentaba el alma y el cuerpo, porque sabía que los hombres que salían a la guerra necesitaban algo más que balas... necesitaban hogar. Cuando Klaus entró a la cocina a buscar su taza de café, Doña María le puso en las manos una bolsa térmica grande, pesada, llena de amor disfrazado de almuerzo. —Para ti y tus muchachos, hijo. Que no les falte fuerza, que no les falte nada. Klaus tomó la bolsa y, por un segundo, algo se ablandó en su pecho. Un calor que no venía del vapor de la comida, sino de esa mirada maternal que no había sentido desde hacía demasiado tiempo. Sus ojos gris azulados se humedecieron apenas, pero parpadeó rápido para endurecerse de nuevo. —Gracias… señora María— murmuró en voz baja, casi inaudible, y se dio la vuelta antes de que alguien viera la grieta en su armadura. Lo que venía no admitía sentimientos. Solo precisión. Solo victoria. En el salón, Viktor estaba ajustándose la pistolera bajo la chaqueta negra. Sofía se acercó por detrás, abrazándolo con fuerza por la cintura. Él se giró despacio y la miró como si quisiera grabársela en la retina, en su memoria. —Anoche…— susurró Viktor, rozando sus labios con los de ella. —Me salvaste otra vez, mi reina. Me hiciste olvidar el miedo por un rato. Y cuando vuelva… vamos a cumplir todas las promesas que nos hicimos en la oscuridad. Todas. Sofía sonrió con los ojos brillantes conteniendo las lágrimas, recordando aquella vez cuando le dispararon, pero esta vez le entregará toda su confianza. —Vuelve entero, mi amor. Y tráenos a Dimitri. Yo te espero aquí… caliente y ansiosa.— Se le despertó un poco de calor en ese momento, pero claramente se contuvo. Él la besó lenta y profundamente, como si el tiempo se detuviera. —Te amo, Sofía. Más que a nada en este maldito mundo. Luego se acercó a Ana, que estaba sentada en el sofá con las manos temblorosas apretadas en el regazo. Se arrodilló frente a ella, tomó sus manos y las apretó con fuerza. —Te lo juro por mi vida, Ana. Voy a traerlo de vuelta. Cueste lo que cueste. Sangre, balas, lo que sea. Dimitri es familia. Y la familia no se deja atrás. Ana asintió levemente, las lágrimas ya rodando silenciosas una vez más, sorbiendo mocos y respirando con dificultad pero obligándose a hablar en voz firme sin temblar. —Lo sé, Viktor. Confío en ti. Viktor se levantó y fue hacia Doña María, que lo esperaba con los brazos abiertos. La abrazó fuertemente, hundiendo el rostro en su hombro como un niño grande. —Mamá… cuídalos. Y reza por nosotros. Ella le besó la mejilla, sus ojos húmedos pero con una mirada de determinación y confianza. —Vuelve pronto, hijo. Y tráeme a ese muchacho para que pueda abrazarlo también. Viktor se agachó entonces hacia los niños. Alexei, con los ojos grandes y somnolientos, se lanzó a sus brazos. —Papi, ¿vas a pelear con los malos? Viktor rio bajito, besándole la frente. —Sí, mi campeón. Pero voy a ganar. Y cuando vuelva, vamos a jugar a los soldados todo el día. ¿Trato? —¡Trato!— Alexei lo abrazó con fuerza. Luego tomó a Nikolai, que gorgoteaba feliz en brazos de Sofía. Lo besó en la cabecita suave. —Tú también, pequeño. Papá vuelve pronto para darte todos los besos que te debe. Se puso de pie, respiró hondo y miró a su familia una última vez. —Los amo. A todos. Klaus ya estaba en la puerta, con Boris y Sergei esperando afuera junto al convoy de tres todoterrenos blindados. El viejo hacker había llamado desde su cabaña, su voz ronca por el café y la adrenalina. —Ruta confirmada, muchachos. Voy guiándolos en tiempo real. Hackeo cámaras de tráfico, satélites civiles, lo que haga falta. Como en los viejos tiempos, Klaus. Klaus sonrió apenas, subiendo al auto principal. —Como en los viejos tiempos, coronel. Mantén la línea abierta. Viktor subió al asiento del copiloto, el motor rugió y el convoy se perdió en la madrugada moscovita, rumbo a San Petersburgo, rumbo a la verdad, rumbo a Dimitri. En el penthouse, Sofía cerró la puerta despacio y se apoyó en ella un segundo, sintiendo el vacío que dejaban los que se iban. Pero no lloró. No todavía. Porque sabía que volverían. Todos. Y en su pecho, el fuego de la esperanza ardía más fuerte que nunca. En su momento de soledad, se permitió pensar un poco más, ahora veía que Viktor estaba despertando de nuevo aquella sangre mafiosa llena de adrenalina y peligro, sonríe para sí misma recordando los tres meses en el Monasterio, claro, no fueron en vano, ahora Viktor era mucho más humano, sin embargo, sabía que aquella sangre corría por sus venas y no podía evitarlo. Entonces se asomó por el gran ventanal, y luego, miró su teléfono, una ruta, un camino, y una pequeña sonrisa que se le forma en los labios, porque ella también se convirtió en dueña de este Imperio, y no iba a dejar solo a su rey, la reina también juega, y en ese momento de contemplación, se dirigió a donde estaba Ana. Ana, quien estaba mirando fijamente a un punto hacia la nada, levanta la mirada viendo a Sofía con un signo de pregunta en su mirada, vio la enigmática sonrisa confianza de Sofía y no pudo más con la curiosidad. —¿Por qué tienes esa cara?— Preguntó con su voz ronca de tanto haber llorado antes. Sofía la mira sin parpadear, —Alístate y limpia esas lágrimas, nosotras también vamos. Ana abre los ojos que rápidamente se le iluminan, Doña María interviene de inmediato. —No, mi niña, no pueden hacer eso, mira que la última vez Ana salió lastimada y ni siquiera alcanzó a llegar al lugar. No vayan, Alexei y Nikolai no se van a sentir bien, yo.... yo— Sofía interrumpe poniendo una mano en el hombro de su madre. —Mamá, todos somos una familia, no sabemos por lo que está pasando Dimitri, y... no sabemos si ellos necesitarán más refuerzos, ¿Qué pasa si los atrapan? ¿No crees que uno, o dos... harían la diferencia? Doña María mira a Sofía y a Ana, pero por supuesto que comprendía, sin embargo ese miedo que la embarga de perder a alguien más, sobre todo a su hija, es algo de lo que jamás se podría perdonar. Sofía sintiendo su angustia la abraza y Ana, que por fin encontró el valor para dejar de llorar, también la abrazó. —No se preocupe, Doña María, Sofía sabe lo que hace, y yo, voy a estar ahí para ayudarla. Las tres se abrazan y lloran un poquito, Doña María entonces alista más almuerzo, y las otras dos mujeres se visten para la ocasión, aunque a Sofía aún no le agrada la ropa ajustada, sin embargo, Ana ya sabía qué hacer, se despidieron de la señora y los niños y salieron del penthouse, arrancaron en una vieja camioneta que alquilaron ya que ninguna tenía auto, Ana empezó a conducir. —¿Cómo es que tienes la ruta de ubicación? Sofía sonríe ampliamente, —bueno, cuando Viktor perdió su trono en el Imperio de la mafia, yo tomé su puesto, y aprendí muchas cosas, y una de ellas... fue esconder un rastreador en el traje de Viktor sin que se diera cuenta. Se ríe entre nervios ay pícara y a la vez orgullosa de haber hecho tal locura. Ana sonríe a medio lado sacudiendo la cabeza con diversión pero aprobando su ingenio. —Estás loca— dijo Ana. —Lo sé— respondió Sofía. Y ambas, manejaron con rumbo a la dirección donde los hombres estaban llendo, sabían que el terreno iba a ser peligroso, traicionero y culebrero, pero ¿Qué se puede esperar de ellas? Ambas son pareja de dos mafiosos, y esa sangre, también se les ha traspasado tanto a ellas como sus hijos y próximos en venir. —Voy por ti, mi amor. Dimitri— esa última voz se escuchó bajo las ruedas y el motor del vehículo, desapareciendo a lo lejos en el camino.






