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Capítulo 112: La cuerda se rompió.

El todoterreno negro devoraba los kilómetros de regreso al penthouse, con Klaus al volante y Viktor en el asiento del copiloto, mirando fijamente la carretera como si pudiera obligar al destino a rendirse. El viejo hacker había dado con algo sólido, una ubicación aproximada en las afueras de San Petersburgo, un complejo industrial abandonado que había cambiado de manos varias veces en los últimos años. No era la dirección exacta de Dimitri, pero era una pista caliente, la primera en días.

Viktor sentía una chispa de esperanza ardiendo en el pecho, algo que no había sentido desde la explosión.

—Cuando lleguemos, se lo decimos a todos,— murmuró Viktor, rompiendo el silencio. —Ana necesita saber que no está muerto. Que lo vamos a traer de vuelta.

Klaus solo asintió, los nudillos blancos sobre el volante. —Sí. Pero algo me dice que esta noche no va a ser fácil.

Llegaron al penthouse justo cuando el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un rojo sangre que parecía un mal augurio. Subieron en el ascensor privado en silencio, y cuando las puertas se abrieron al salón principal, el ambiente los golpeó como una pared.

Sofía estaba de pie, rígida, frente al sofá donde Ana se hundía como si quisiera desaparecer. Los hombros de Ana temblaban ligeramente, la mirada perdida en el suelo. Doña María, a unos metros, cargaba a Nikolai en brazos, el bebé dormía plácido contra su pecho, ajeno a todo.

Alexei jugaba en el piso con sus figuritas de soldados, pero hasta él parecía sentir la tensión, sus movimientos eran más lentos, más callados. Doña María miraba hacia la ventana, con el rostro marcado por la preocupación y una contemplación profunda, como si estuviera rezando en silencio.

Viktor se detuvo en seco. Klaus entró detrás, quitándose la chaqueta con un gesto lento.

—¿Qué carajos pasa aquí?,— preguntó Klaus, su voz grave cortando el aire como un cuchillo.

Sofía giró la cabeza hacia ellos. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de furia contenida y dolor.

—Llegaron justo a tiempo.— Su voz era firme, la voz de la esposa de un ex mafioso que había aprendido a dejar de temblar hace tiempo. —Ana tenía una carta. Una carta que le llegó a ella y a Dimitri hace unos meses. La encontramos en su bolso. La leímos.

Viktor sintió que el estómago se le contraía. —¿Y qué decía?

Sofía señaló la mesita de noche al lado del sofá, donde la carta arrugada descansaba abierta. Klaus se acercó primero, la tomó y la leyó en voz alta, su tono frío y preciso...

—…El proyecto avanza. Pronto necesitarás decidir de qué lado estás. No hay vuelta atrás. Firma: L.R. – V.V.

Klaus frunció el ceño, sus ojos gris azulados clavándose en el final. “V.V.” Repitió en voz baja, como si las iniciales le quemaran la lengua. —¿V.V.?

Levantó la vista hacia Ana, que seguía sin moverse.

—¿Cuál es tu apellido, Ana?”, preguntó Klaus, su voz baja pero afilada como una hoja.

Ana levantó la cabeza lentamente. Sus labios temblaron. “V… Voronin”, susurró, y la palabra cayó como una bomba en el salón.

Doña María soltó un jadeo ahogado. Alexei dejó de jugar y miró a su mamá con ojos grandes. Nikolai se removió en brazos de la abuela, pero ella lo acunó más fuerte.

Klaus no perdió el tiempo. Sacó su teléfono y marcó al viejo hacker sin apartar la mirada de Ana.

—Coronel. Escucha bien, Voronin. ¿Te suena?

Del otro lado se oyó un silencio pesado, y luego la voz del viejo, grave y cargada de reconocimiento...

—Voronin… Sí. Una rama secundaria de la familia. Allegados a la mafia desde hace generaciones, pero se especializaron en médicos privados. Doctores de élite para los capos. Cirujanos que no preguntan, que no reportan. Los que hacen… experimentos. El padre de la chica era uno de ellos. Vincent Voronin. Murió hace diez años, pero dejó herederos. Es lo único que sé hasta ahora.

Klaus agradeció y rápidamente colgó sin decir nada más. El salón quedó en silencio absoluto. Todos los ojos estaban en Ana. Ella se levantó de golpe, tambaleándose.

—¡No! ¡Yo no tengo nada que ver con esto!— Su voz salió rota, desesperada. —Me negué. Cuando mi padre me habló del ‘proyecto’ hace años, le dije que no. Que me iba, que quería una vida normal. Me fui de Rusia, cambié de ciudad, corté contacto, cuando murió volví pensando que estaría en paz de nuevo.

Ana hizo una pausa, casi no podía respirar por la presión y las miradas acusadoras, pero agarró valor y aliento para poder expresar todo su lamento.

—¡No sabía que seguían con eso! Cuando llegó la carta… pensé que era una amenaza vieja, que Dimitri la había recibido por error porque trabaja contigo, Viktor. ¡No sabía que era por mí! ¡No sabía que me estaban buscando otra vez!

Las lágrimas le rodaban por las mejillas, pero no eran de pena, eran de rabia y miedo.

—Me quedé callada porque… porque tenía miedo. Miedo de que me vieran como una traidora. Miedo de que todos me cayeran encima, de que pensaran que yo entregué a Dimitri. ¡No sabía cómo decirlo! ¡Me siento culpable todos los días desde que explotó ese contenedor, desde el día de su secuestro!

Se desplomó de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos, sollozando con un dolor que parecía haber estado conteniendo por años.

Sofía fue la primera en reaccionar. Se arrodilló frente a ella, la tomó por los hombros con firmeza pero sin violencia.

—Mírame, Ana. Mírame.

Ana levantó la vista, los ojos verdes hinchados y desesperados. y ahí Sofía pudo confirmarlo, pues el color de los ojos de ella, son del mismo color que los que tenía aquel hombre enorme de traje negro, ya no podía negarse, todo esto se había vuelto un gran lío.

—Te entiendo— dijo Sofía, su voz suave pero inquebrantable. —Entiendo el miedo. Entiendo la culpa. Yo también guardé secretos que quemaban. Pero escúchame bien, si hubieras dicho esto antes… si hubieras confiado en nosotros desde el principio… nos hubiéramos ahorrado muchas cosas. Muchas noches sin dormir. Mucho dolor. Mucha sangre.

Ana sollozó más fuerte con lágrimas y baba se se mezclan por su rostro con el dolor. —Lo siento… lo siento tanto…

Sofía la abrazó con fuerza, apretándola contra su pecho. —Ya está. Ya lo dijiste. Ahora lo usamos. Ahora sabemos quién está detrás. Y vamos a traer a Dimitri de vuelta… juntos.

Viktor se acercó despacio y con cuidado como si estuviera apunto de espantar a un animal herido, su rostro una máscara de furia contenida y dolor. Se arrodilló al lado de las dos mujeres y puso una mano grande en la espalda de Ana.

—No te voy a perdonar todavía,— dijo con voz ronca, Sofía inmediatamente lo vio con algo de enojo, pero se calmó porque comprendió el mismo dolor que sentía Viktor así que se quedó en silencio dejándolo hablar. —Pero tampoco te voy a dejar sola. Eres familia. Y la familia… la familia pelea sus guerras junta.

Klaus, desde atrás, cruzó los brazos. —Tenemos una ubicación. Tenemos un apellido. Y ahora tenemos un motivo. Mañana vamos por Dimitri. Y que se preparen los Veronin… porque esta vez no van a escapar.

El salón quedó en silencio otra vez, pero esta vez no era de tensión. Era de determinación. La cuerda se había roto… pero en su lugar, se estaba tejiendo algo más fuerte, una promesa de venganza y rescate.

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