Mundo ficciónIniciar sesiónEl SUV blindado avanzaba por las calles nevadas de Moscú bajo la noche oscura, la nieve cayendo en copos gruesos que se pegaban al parabrisas como algodón blanco. Viktor manejaba con los puños apretados en el volante, hace un par de horas habían cambiado de puesto debido a que Klaus necesitaba buscar información.
La mirada de Viktor estaba fija en la carretera mientras se concentraba en manejar, mientras Klaus iba al lado con la laptop abierta, sus dedos volaban en el teclado para rastrear señales en tiempo real. El aire dentro del vehículo estaba cargado de silencio tenso, roto solo por el zumbido del motor y el ocasional bip de la computadora de Klaus. —Puerto abandonado a diez minutos —dijo Klaus, voz grave con acento alemán preciso, ajustando las gafas mientras miraba la pantalla. —Mi amigo hacker ya confirmó, el Maybach parece estar estacionado en el contenedor 47. Tres guardias visibles en cámaras de seguridad hackeadas, pero podría haber más dentro. Zelenyy no aparece, pero el patrón encaja, los mercenarios contratados están preparados por una venganza vieja, quizá contra Dimitri por algo del pasado. Viktor asintió lentamente escuchando sus palabras, su mandíbula apretada hasta que siente la fuerte tensión en el músculo. —Entramos por el este, como dijiste, el equipo se reunirá en el punto de encuentro, Boris y Sergei con tres hombres cada uno. Silenciosos, nada de tiros hasta confirmar que Dimitri esté dentro y sin ningún rasguño. Klaus miró el mapa. —Bien. Yo entro primero, para hacer reconocimiento del terreno, mientras tanto tú me cubres, y si es trampa, salimos rápido. El SUV se detuvo en un alley oscuro a dos cuadras del puerto, la nieve cruje bajo las ruedas hasta que se estacionan. Bajaron, con abrigos negros fundiéndose con la noche, armas discretas bajo las chaquetas pesadaa. Boris y Sergei esperaban con sus hombres, como unas sombras en la penumbra, los rostros duros de viejos aliados y años de experiencia. Boris, de estatura baja pero con una musculatura entrenada, le apretó fuerte y amistosamente la mano de Viktor. —Volkov. Hace tiempo, por Dimitri, lo que sea, como en los viejos tiempos. Sergei, alto y delgado pero cuerpo atlético, asintió en de acuerdo. —Cuanto tiempo, amigo, esta vez no me pierdo de nada, todo por Dimitri, hermano. Viktor asintió sintiendo la camaradería de sus compañeros correr por sus venas, entonces, empezaron a plantear ideas y planes. —Excelente, el equipo ya está listo, hay tres guardias confirmados, pero aún no hemos visto movimiento dentro, eso es lo que falta, así que vamos. Se escondieron en un edificio abandonado al borde del puerto, vigilando, habían varios contenedores entre nuevos y oxidados apilados como laberinto, el Maybach negro estacionado junto a uno grande marcado 47, luces tenues y bajas que complican la iluminación dentro, tres guardias patrullando con rifles, abrigos largos y oscuro, con las caras cubiertas por pasamontañas para cubrir su identidad. Viktor tomó los binoculares para ver más de cerca, su voz es baja, casi silenciosa. —Guardias armados, rotación cada diez minutos. Entrada lateral abierta. Dimitri debe estar dentro. Klaus ajustó su bufanda y su pasamontañas revelando solo esos ojos enigmáticos e imponentes. —Entramos en cinco. Yo por la parte lateral, tú cubres la entrada principal con Boris y Sergei por atrás. Todo el grupo asintió de acuerdo al plan de Klaus, todos se pusieron manos a la obra. Mientras, en el penthouse, Sofía y Ana caminaban como leones enjaulados por el salón amplio, la nieve seguía golpeando los ventanales como dedos insistentes. Doña María mecía a Nikolai en la habitación, Alexei dormido al lado. Sofía apretaba el teléfono en la mano, mirando en la pantalla negra su reflejo cada dos segundos, el corazón le late fuertemente con un presentimiento que intentaba ignorar. —Sofía... ¿por qué no llamas? —preguntó Ana, voz temblorosa, caminando en círculos, pasándose una mano por la cara, jalando mechones de pelo por la frustración y angustia con una mirada perdida y ojos rojos de tanto estar llorando. Sofía se detuvo por un momento, respiró hondo para intentar calmarse ella y calmar a Ana. —No. Es peligroso. Imagina si el ringtone de Viktor suena fuerte... lo delatan, hasta ahí llega todo, es mejor esperar a que él llame, él prometió llamar si es caso. Ana se sentó en el sofá con ansiedad, sus manos descansando temblorosamente sobre su regazo. —Tienes razón... pero el desespero no se va. Siento como si... algo peor viniera. Sofía se sentó a su lado, abrazándola fuertemente una vez más, como si quisiera absorber todo su dolor. —Calma, Ana. Viktor y Klaus saben qué hacer. Dimitri es fuerte, sabes tan bien como yo que es así, vamos a preparar té o algo, para distraernos un rato. Ambas fueron a la cocina, y doña María estaba saliendo ya con una bandeja y con Nikolai calmado y soñando fuera del tumulto adulto. —Hijas... el té está listo. Siéntense y vamos a calmarnos un poquito. Se quedaron conversando, las voces apenas se escuchaban bajito en murmullos, doña María contando anécdotas de partos para intentar distraer el elefante en la habitación, Sofía asintiendo como si quisiera seguir el ritmo y poder calmar a la más angustiada, Ana solo estaba escuchando con una media sonrisa triste, como si no sospechara nada, que a pesar de seguir la corriente, el dolor en el corazón era mucho más fuerte. Sofía miró el reloj para ver la hora. —Ya pasaron dos horas... él llamará pronto. De repente, justo en ese mismo instante, Sofía lo invocó, el teléfono en su mano vibró y obviamente no dudó en contestar de inmediato, su voz sale algo acelerada y baja. —Viktor... ¿estás bien? Al otro lado de la línea, la voz de Viktor suena igual de baja, un poco entrecortada por el viento que sopla frío en las afueras. —Sofía... estamos escondidos. Vigilando el puerto, el contenedor 47, hay guardias armados, un poco de movimiento dentro, estamos en equipo reunido, Boris, Sergei, seis hombres en total, y Klaus entra primero. Todo controlado está No preocupes, dile a Ana que por ahora todo está bien. Sofía suspiró con alivio momentáneo, con una mano apoyada en el pecho. —Gracias a Dios... ten cuidado, no te hagas el héroe solo y cuida de los demás y a ti también. Llamas de nuevo cuando hayan buenas nuevas. —Te lo prometo. Te amo. Dijo Viktor al final y cuelga con un clic decisivo. Sofía miró a Ana dedicándole una pequeña sonrisa. —Están bien, están vigilando, tienen un equipo listo, son profesionales, nacieron para esto, lo rescatarán pronto. Ana sonrió con tristeza, calmada de repente, como si un peso se le quitara de encima un poquito, momentáneamente. —Bien... gracias, Sofía. Sofía se levantó y fue a la cocina con doña María para preparar una merienda, sándwiches, jugo, algo para poder calmar estos nervios. —Mamá, ¿crees que metamos policía? —preguntó Sofía, cortando pan. Doña María negó, con una mano en la cadera. —No, hija. Viktor fue el mafioso más grande en Moscú y Nueva York, además, la policía no se mete en temas así. Terminan comprados o peor... así que mejor para Viktor y Klaus que lo saben manejar, la policía no. Sofía suspiró casi con decepción, no por los pensamientos de su madre, sino porque tenía razón, en estos casos, la policía nunca mete las narices en un clan mucho más grande y peligroso. —Sí... tienes razón. Viktor sabe, siempre había sido bueno con las... armas. De repente, Ana se acercó, con una voz aparentemente calmada. —Voy a salir un momento, está buena la merienda, pero necesito algo de café fuerte, vi una cafetería allá abajo en el edificio, voy y vuelvo rápido. Sofía miró la bandeja repleta de sándwiches, pero Ana ya salía. —Mm... está bien, pero no demores. Te esperamos. Ana sonrió, y sin decir más, salió. La puerta se cerró suavemente con el pestillo resonando como si supiera lo que estuviera apunto de pasar después. Sofía miró a doña María con algo de duda e inquietud, aunque se decía así misma que sólo eran ideas suyas. —Está rara... de repente, la siento muy calmada. Doña María se encogió hombros restando importancia. —Angustia viene y va, quizá sólo necesita algo de aire fresco y momento a solas. Pasaron los minutos, y Sofía miró el reloj. —Está demora demasiado, creo que voy a ir a buscarla. Salió corriendo al ascensor, y bajó al lobby, caminando rápido hacia la cafetería. Mira por todas partes buscando reconocimiento de Ana, pero no la ve por ningún lado, así que se acerca al recepcionista del café. —¿Vio a una mujer morena, doctora de ojos verdes, viniendo por un café? El hombre negó con vehemencia. —No, señora. Nadie en última hora. Sofía sintió un escalofrío subir por su nuca y sentir el palpitar por su cabeza, ese presentimiento frío en toda la espina. Corrió de vuelta al ascensor, y subió al penthouse con las manos heladas por los nervios y el miedo que comienza a invadirla. Sin recordar las reglas, Sofía llamó a Viktor de golpe. Mala idea por supuesto. En el puerto, Viktor estando escondido detrás de un contenedor, el teléfono le vibró en el bolsillo. Intentó callarlo rápido, pero se cayó al suelo nevado, sonando fuerte. Los guardias cercanos se alertaron por el ruido inmediato, y se enceisparon con los músculos tensos listos para atacar. —¡Sonido! ¡Por allí! Y sin más el tiroteo empezó, las balas volando, Viktor rodando y cubriéndose atrás del metal, Klaus disparando desde su posición lateral. La llamada que hizo Sofía nunca fue contestada. En penthouse, ella sintió y se imaginó lo peor, con el corazón latiendo fuertemente contra su caja torácica y el frío calando hondo por los huesos y palmas sudorosas. Doña María salió de inmediato, con un plato de ensalada cayendo de sus manos al suelo, shards esparcidos. —¡Hija! ¿Qué pasa? La voz de Sofía tembló y el frío ya la cubrió por completo. —Viktor no contesta. Y Ana... no llegó a la cafetería. En ese momento se le ocurrió llamar a Ana, esperando contra todo pronóstico que conteste. Después de segundos de vacilación, la voz del otro lado suena débil y temblorosa. —Sofía... ya no puedo más. Voy a buscar a Dimitri cueste lo que cueste. —Ana, no! Espera!— dijo Sofía con urgencia en un dolor agudo y angustioso en la voz. Pero Ana no dio chance y simplemente colgó. Sofía miró a doña María, con el pánico subiendo hasta que su rostro palidece de miedo. —Mamá... algo va mal. Muy mal. Doña María la abrazó sin ya saber qué más hacer o como solucionar esta situación que ya se le sale de las manos, con una voz apenas audible, le acaricia el cabello a su hija. —Calma, hija, vamos a pedirle a los ángeles que los protejan, ellos volverán, estoy segura. Sofía se queda abrazando a su mamá com Fuerza, sollozando un poco mientras se queda viendo a Nikolai aún durmiendo pero en su cuna, ella tampoco sabía qué hacer, no tenía poderes o palabras que pudieran cambiar el destino o la situación, deseando que en estos momentos estuvieran todos en casa, pero así se dieron las cosas y ahora no sabe nada más que hacer que quedarse a llorar co su mamá y pedirle a Dios que proteja a todos.






