La de la noche anterior había sido una despedida seca, con las emociones negativas atravesadas por doquier, la tristeza como la gran invitada. Pero había sido su tristeza, no la de Marize. Ella, dominada por la confusión, se había limitado a darle un fugaz pico en la boca antes de continuar su marcha. No sería antes del final del día o probablemente al siguiente día, cuando con el regreso de la joven rubia de Vancouver todo se estaría definiendo. Pablo recordó cómo, la noche anterior, hab