Llenó dos maletas con toda su ropa y accesorios antes de ver a una soñolienta Aikaterina, vistiendo aun una larga camiseta blanca usualmente utilizada para dormir, recostada en el umbral de la puerta de la habitación.
–¿Pero qué está pasando aquí?
–Si anoche hubieras llegado más temprano te hubiera podido contar lo que está sucediendo –dijo Aileen, sin voltear a mirar a su hermana.
–No me digas que vas a tomar en serio lo de abandonar este pueblo cuanto antes…
–Creo que eso es claro, y si quieres venir conmigo, será mejor que empieces a empacar de una vez.
–Por favor, hermanita, ¿podrías dejar de empacar tus quinientos pares de zapatos –Aikaterina sonrió al ver a su hermana empacando su único par de zapatos– y explicarme qué es lo que está pasando?
Aileen, dejando los zapatos en un rincón de la maleta, se sentó en el borde de la cama y relató a su gemela lo sucedido la noche anterior.
–¡Ese tipo es un miserable! ¡No puedo creer que te haya hecho eso!